Merkel, Sarkozy y Monti en la minicumbre de Estrasburgo. Por ABC

Los tecnócratas han tomado el mando en Grecia e Italia. La gestión ineficiente, en el caso de Papandreu, y deliberadamente temeraria, en el de Berlusconi, ha contribuido a engordar la doble crisis de Europa: la democrática y la económica. El nombramiento de los economistas Lukas Papadimos y Mario Monti al frente de sendos gobiernos ejemplifica la interesada confusión actual entre el poder político y el financiero.

“Si ceden los verdaderos y normales poderes históricos –raza, religión, política, ideas-, toda la energía social vacante es absorbida por el dinero”, advertía Ortega y Gasset a principios del siglo XX, y con acierto describió el escenario global de la última década. El panorama es insólito. La Unión Europea ha impulsado la promoción pública de dos gestores que no cuentan con el respaldo de las urnas. Ambos han sido elegidos por Bruselas para que apliquen sus recortes y recuperen la estabilidad de la franja mediterránea, pero nada se sabe de su compromiso con los derechos sociales de la población, que se pregunta qué hacen los cómplices de la crisis en sus palacios presidenciales.

El término cómplice no es exagerado si tenemos en cuenta lo siguiente: Monti es asesor internacional de la firma de inversiones Goldman Sachs y Papadimos fue vicepresidente del Banco Central Europeo entre 2002 y 2010. Ambas instituciones han contribuido a empeorar la situación económica mundial; bien especulando (Goldman Sachs está detrás de las hipotecas basura de Estados Unidos), bien aplicando medidas económicas escasamente positivas para Europa. Por otra parte, cuando Papadimos fue gobernador del Banco Central de Grecia, se falsificaron las cuentas públicas griegas para poder entrar en la zona euro.

Max Weber describió tres formas de legitimidad del poder político. La tradicional, heredera de la historia y las instituciones del pasado; la carismática, apoyada en el carácter excepcional de los gobernadores; y la legal-racional, fundamentada sobre normas jurídicas o, en todo caso, sobre pactos sociales anteriores al derecho de los Estados. Las democracias responden a esta última; los gobiernos de Monti y Papadimos, a ninguna de las anteriores. Su investidura se debe únicamente a sus buenas relaciones con las autoridades del capital mundial.

Weber explicaba que la estabilidad de los gobiernos se asentaba más en la obediencia voluntaria de los ciudadanos que en la justicia o la forma óptima del Estado. El gobierno legítimo no siempre era el mejor, pero los súbditos entendían que una razón superior otorgaba el mando a sus gobernantes (Dios, la Corona, las leyes). En virtud de dicha razón, los respetaban.

La eficiencia económica perseguida por la Unión Europea no basta para justificar la autoridad de Monti y Papadimos. El interés financiero no puede imponerse al bienestar de los pueblos estafados. No cuando se ha ignorado la voluntad de los que asumen lo “recortes”. No cuando está en juego la paz social. No cuando falta legitimidad.

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Texto por: E. Vasconcellos

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Licenciada en Periodismo, Universidad Carlos III de Madrid.

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