Detalle de un torreón neomudéjar de la calle Castelar. Por E. Vasconcellos

Un grafiti de BoaMistura en el patio de una casa con 100 años. Refugiados políticos tras una fachada neomudéjar única en Madrid. Un okupa en un apartamento construido para la gente bien de los años 20 y 30. Y a 3 minutos en línea recta, la Plaza de toros de Las Ventas.

BoaMistura significa «buena mezcla», y eso es justo lo que encontrará el madrileño que se pierda por la Guindalera y tenga la oportunidad de conocer a los actuales propietarios de lo que un día fue «una linda e higiénica barriada» apartada de la urbe. «Un lugar de ameno y honesto esparcimiento» donde pasar el estío y los días festivos, relataba un cronista de ABC en 1906.

Casas modernistas en la calle Roma. Por E. Vasconcellos

La colonia Madrid Moderno, construida entre 1890 y 1906, nació con la vocación de ser el más europeo de los barrios de Madrid, pero el paso de los años ha borrado la huella de un distrito de hotelitos y viviendas unifamiliares hecho a medida de la burguesía. En la actualidad, solo una veintena de edificios concentrados en las calles Castelar y Roma recuerdan lo que un día fue un bulevar con restaurantes, cafés, jardines y alguna que otra casa de citas. El resto ha desaparecido o están abandonadas.

Las primeras casas que se alzaron eran de estilo neomudéjar, con fachadas de ladrillo y azulejos; las últimas, rematadas con motivos vegetales y chapiteles en los miradores, eran de inspiración modernistaLos miradores que aún se conservan sobresalen como los últimos dientes de una calle anciana, y albergan vecinos con historias peculiares. Tres de ellos nos han dejado entrar en sus casas.

La periodista exquisita

Elvira Cordero compró el número 12 de la calle Castelar a un matrimonio alemán hace 14 años. Es la propietaria del patio centenario que luce un grafiti de cuatro metros de altura del grupo BoaMistura. «Me gusta combinar lo antiguo y lo moderno, pero con moderación». En la casa de Elvira es posible encontrar una silla de barbero auténtica, “la compramos en la Latina”, una chapa metálica en el baño con la inscripción «Dispensario antipalúdico» y figuras de  Keith Haring decorando la habitación de su hijo. El resultado es un cocktail de estilos sin estridencias.

La vivienda conserva en perfecto estado su mirador de madera (ahora acristalado) y la distribución de los pisos. “Ahora no podríamos haberla comprado. Después del subidón de estos años sería imposible”, explica Elvira. Su marido y ella trataron de reproducir el estilo original de la construcción cuando empezaron a reformarla. «Hablamos con un vecino que estudia la historia del barrio para que nos ayudase a elegir los azulejos más parecidos a los auténticos».

Pero todas las casas han recibido la misma atención. La calle Roma tiene varias casas tapiadas y una tercera, irreconocible y cubierta de cemento, ha sido puesta en venta por una entidad bancaria. “Es una lástima que algunas estén en tan mal estado, pero también es verdad que cuesta un dinero recuperarlos”.

El okupa escéptico

Entrada de Villa Sara, casa okupada de la calle Roma. Por E. Vasconcellos

«Villa Sara» conserva unos azulejos azules con su nombre. El resto de la fachada del número 30 de la calle Roma está en ruinas, aunque en Google Maps todavía puede verse una imagen de cuando conservaba sus balcones. Ahora, la vivienda está reducida a piel muerta de pintura y cemento, cerrada con chapas metálicas y okupada por un grupo de personas que piden a los policías amablemente que llamen antes de entrar.

Toco en la chapa metálica, ladra un perro y sale un hombre de mediana edad con una cresta rosa desteñida, dos imperdibles de unos cinco centímetros en la nariz y el labio y un collar de perro adornado con huesitos de metal.

–  Perdona, estaba echando un ojo a estas casas…

– No te recomiendo que te metas en esta porque tiene alarmas – me corta el tipo sorprendido

Le explico que no tengo intención de colarme en ninguna casa y le pido que me enseñe la suya. Gomi, el inquilino que me separa del esqueleto de principios de siglo, se resiste un poco a mostrar la vivienda. Sólo la policía o la prensa querría entrar en un edificio completamente apuntalado y sin luz eléctrica hasta las seis y media de la tarde, hora en la que se encienden las farolas de la calle y puede disfrutar de su «propio» alumbrado público.

Los destrozos –resultado del vencimiento de la estructura de la casa, más que de la presencia de extraños– impiden hacerse una idea del aspecto original de la vivienda. La penumbra y las prisas de Gomi por terminar la ruta tampoco ayudan. «Aquí vive más gente, y claro, no me apetece que se enteren de que estoy enseñando esto, porque están sus cosas, y…», se excusa con torpeza.

Al final de la visita me explica que hace contorsionismo y malabares en el metro para ganarse unas monedas, de ahí su apodo, «El Gominola». «Pregunta por ahí, verás cómo la gente me conoce». Se despide, le ofrezco la mano para darle las gracias y la retira porque la tiene sucia. Se la doy igualmente y a medida que me alejo me pregunto si Sara sabrá, si aún vive, lo que ha sido de su villa.

El fraile atípico

El número 21 de la calle Castelar alberga una residencia juvenil de la Fundación La Merced Migraciones, una organización sin ánimo de lucro que acoge a refugiados políticos y religiosos de África de entre 16 y 21 años de edad. Los chavales abren la puerta de la vivienda y enseguida se percibe que el español les suena a chino. La mayoría procede de Costa de Marfil y Senegal.

Luis, fraile mercedario, repasa la historia del edificio desde mediados de siglo. Las escrituras del edificio datan de 1914, pero desconoce quiénes fueron sus primeros dueños. «Hace unos años vino un hombre y nos contó que en los 50 era una residencia estudiantil. Vivió aquí mientras estudiaba arquitectura y quería ver en qué se había convertido la casa», relata el religioso. El aspecto de Luis está a años luz de lo que comúnmente se tiene por un fraile –túnica de saco, cuerda atada al hábito y calva en el cogote. Ronda los 30 y es del Atlético de Madrid, «un sufridor». Viste ropa deportiva y parece un profesor amable de educación física.

En algún momento indeterminado entre los años 50 y 70, una congregación de monjas de la caridad se instaló en el edificio, y en 1987 dejaron el espacio a la rama masculina de la orden, que actualmente se encarga de la Fundación.

La fachada es única en su especie. Ningún otro edificio de la colonia tiene un mirador de fachada completa. El resto de la vivienda, excepto los artesanados de los techos, ha sido reformada. Sólo la escalera de madera de su interior siembra sospechas sobre su antigüedad histórica.

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Texto por: E. Vasconcellos

Ver los artículos de E. Vasconcellos
Licenciada en Periodismo, Universidad Carlos III de Madrid.

Una respuesta to “«Buena mezcla» en la colonia Madrid Moderno” Subscribe

  1. Jacin 29 enero, 2012 en 15:00 #

    Me gusta, está bién que nos recuerden que las casas rehabilitadas unas y desvencijadas o medio en ruinas otras, siguen teniendo vida, la vida de quienes las habitan ahora y lo más atractivo para el periodista,escritor o novelista ;las pequeñas historias de quienes las habitaron.

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