Moratalaz, cogida por los pelos


Crecen las peluquerías y disminuyen los locutorios. En Moratalaz cada negocio es una historia, un mundo afectado en mayor o menor medida por la crisis. La radiografía de sus comercios refleja las tendencias de una sociedad en la que no todo está perdido.

Pelo a lo árbol. Por Paperkin

El barrio de Marroquina, en Moratalaz, sufre una curiosa —aunque lógica— saturación de peluquerías. En poco más de una hectárea, seis establecimientos de este tipo compiten por adueñarse de los cabellos de los morataleños. El corte de pelo es un elemento de primera necesidad para señores, señoras y presumidos. Aunque de lo que más hay en Moratalaz son señoras. Los jóvenes, en su caso, consideran su pelaje como un factor vital que, según qué persona, podría arreglarse en su propia casa.

En Moratalaz existen negocios que van bien y otros que van mal. Las peluquerías, antes empresas pujantes, ahora lo son menos debido a la dura competencia entre ellas.

Funcionan

Olympo stilistas y Max peluqueros comparten el número 12 de la misma calle. La primera en establecerse fue Max peluqueros, regentado por Mónica. Me recibe con mirada amable, aunque con un reflejo de susto. Hace diez años llegó a Marroquina, aunque previamente trabajó otros diez años como peluquera en Diego de León. «La peluquería es un lujo. Ahora se nota mucho la crisis». Su negocio es sencillo y tradicional —como Moratalaz, dice—, sin faltar los clásicos pósteres de modelos retocadas hasta las cejas. Me mete prisa porque espera a la primera señora del día. Su público es muy diverso, aunque sobre todo recibe a mujeres mayores. Hace unos dos años y medio, cuando Olympo stilistas aterrizó en el local anexo, Mónica se encontraba en casa por baja maternal. Ahora, los clientes se han reducido de forma considerable. Ella lo ve con optimismo: «Sobrevivo», sentencia.

Suenan Los cuarenta principales mientras una chica con el pelo morado coloca los últimos champúes del día. La dueña  de Olympo stilistas lleva el pelo amarillo y varios piercings. Me atiende Gloria. Su sonrisa derrocha seguridad. Acto seguido, me invita a sentarme mientras ella permanece de pie. «Aquí no hay crisis. El negocio no hace más que subir». El secreto del éxito, según ella, es abrir de nueve de la mañana a nueve de la noche prestando un buen servicio. Para ella, «la peluquería todo el mundo la necesita».

—Qué rico está este café

—¿Cuánto falta? ¡Que cuánto falta!

Milagros, dominicana de 32 años, bebe a sorbos un café con leche mientras una amiga suya mantiene incrustada la cabeza en el interior de un secador.  Azabache es casi la peluquería por excelencia de las señoras de Marroquina. Comenzó a funcionar hace poco más de un año, a escasos 50 metros de la peluquería Cardenal, cuyo cartel publicitario refleja un estilo de tiempos inmemoriales. Milagros es peluquera desde los 14 años. Ya cortaba el pelo en la República Dominicana, donde ejerció este oficio durante 16 años: «Allí somos más creativos, más modernos. Aquí tenemos otro tipo de pelo y la gente es más tradicional». También destaca la cantidad de señoras mayores que existe en Moratalaz. Señoras que van cada semana a cortarse, cada 15 días a teñirse y que siempre, en todos los casos, utilizan mucha laca. Mientras que en España los clientes suelen solicitar el mismo peinado y el mismo tono de tinte y muchos peluqueros solo saben cortar el pelo, en la República Dominicana los peluqueros suelen poseer una preparación más completa. «Ahí primero dominas las manos, luego los pies y luego el pelo. Rulos y después peinados». Milagros lleva dos años en España y, por ahora, le va bien. «Me gustaría seguir aquí hasta la jubilación», dice con una sonrisa.

«Por aquí todo son señoras mayores y muy tradicionales». Beatriz, de Venezuela, fue contratada por Patricia, de Brasil, el pasado noviembre. Un mes más tarde, en diciembre, otra peluquería abrió a menos de cien metros. En Venezuela, Beatriz cortaba el pelo en su casa. En España realizó un curso de belleza de dos años. A pesar de tener que cortar el pelo a las mismas señoras una vez por semana en Constan’s peluqueros, se muestra optimista. «Moratalaz es un barrio muy tranquilo y amable».

Begoña es la recién llegada. Apostó por Moratalaz (su barrio) a pesar de tener la competencia a escasos cien metros. Después de 24 años cortando el pelo fue despedida por pedir siete meses de baja tras sufrir una dura operación. A su vuelta ya no tenía el trabajo. Demandó a su jefe y montó su propio negocio en Marroquina (Con-stilo peluquería). Es una emprendedora. «Esta calle está bien. Hay un buen boca a boca entre el público mayor. Pero febrero es un mes muy malo para las peluquerías», explica. Es la cuesta abajo después de Navidad.

No funcionan

Mientras haya señoras habrá peluquerías. Pero mientras no haya inmigrantes no habrá locutorios. El avance de internet y la vuelta a los países de origen de muchas personas ha propiciado que las llamadas internacionales se reduzcan de manera exponencial. Es la tragedia de los locutorios.

Angélica, colombiana de 28 años, es dependienta de uno de estos establecimientos en Marroquina. Tiene el título de auxiliar de clínica. Buscó otros trabajos, aunque el sueldo nunca alcanzaba los 400 euros que necesitaba para sobrevivir y para la guardería de su bebé. Ahora, su marido es a la vez su jefe. «La crisis se nota muchísimo», dice. Su pose de tedio y aburrimiento va, sin embargo, acompañada de una sonrisa llena de dulzura. Sus ojos parecen preocupados, pero mantienen el brillo del atrevimiento de quien no tiene nada que perder.

Me explica que la mayoría de los clientes entran para conectarse a internet. Aunque cada vez menos. ¿Quién no lo tiene ya en su casa? El chat, una hora: un euro. Llamada a un teléfono fijo, una hora: 9 euros. «Ahora solo llaman para dar un saludo a sus familiares. La llamada se ha convertido en un lujo. Y muchos se han vuelto a sus casas», explica con resignación. Me enseña el gran problema actual de los locutorios: las tarjetas telefónicas distribuidas por las grandes compañías para llamar desde casa. Esas tarjetas les están echando abajo el negocio. «Me gustaría ir a otro sitio. A donde sea».

«La gente llama cada vez menos y viene solo a internet. Y luego están las tarjetas…». Ricardo lleva desde 2008 en su locutorio. Desde 2010 nota cómo la gente se está volviendo a sus países. También vende cerveza Malta, infusiones, galletas y todo tipo de refrescos. «Reúno un poquito de aquí y otro de acá para llegar a fin de mes». Una gruesa ventana de cristal se interpone entre él y yo. Junto a su cabeza, una exuberante chica en bikini posa en un póster excesivamente hortera.

En la entrada del local, varios latinoamericanos leen El periódico latino, la voz de nuestra comunidad. Junto a mí, varias personas hablan desde unas webcams. Hablan desde alguna parte que desconozco. Una mujer ha dejado abierta la puerta de su cabina telefónica. El interlocutor, seguramente, se hallará a miles de kilómetros. Y entonces, sin previo aviso, se escucha un «te quiero». No todo está perdido.

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2 Respuestas to “Moratalaz, cogida por los pelos” Subscribe

  1. Lis 13 febrero, 2012 en 21:39 #

    Dejas muy bien reflejada esta realidad q se palpa en las calles de moratalaz

  2. María 23 febrero, 2015 en 16:59 #

    Buen artículo. Fantástica la Peluquería Cardenal. Dedicación, experiencia, profesionalidad y trato muy cercano con las clientas. Es una peluquería de las de toda la vida, de las que se echan de menos hoy en día.

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