Salamanquesas en El Corte Inglés


Un grupo de vecinos de La Guindalera ha convertido un edificio abandonado en un centro social que pretende ser un punto de encuentro, participación y ocio para los vecinos del barrio

Unas jóvenes hablan en la puerta del centro social. Por E. Vasconcellos

«Como todo el mundo sabe, cualquiera que entre en un centro social sabe hacer malabares, tocar la flauta y debería tener un perro, aunque no es obligatorio». Carcajadas de complicidad y empieza el espectáculo. El maestro de ceremonias del centro social «La Salamanquesa» hace un par de números con tres mazas de plástico, recibe el aplauso del público, escaso pero entregado, y se rasca la cabeza con un gesto vergonzoso, indicando que no es para tanto (y no lo es).

«Ahora lo voy a intentar con cuatro mazas». El showman pide la colaboración de dos voluntarios. Señala a una mujer y le ordena: «Tú tienes que decir muy sorprendida: ‘¡Cuatro mazas!’». A continuación se dirige a otro chico y le dice: «Y tú dices después: ‘¡Eso es imposible!’». Los cómplices interpretan su papel y los aplausos se multiplican ante el ejercicio de metateatro para principiantes.

Un niño observa uno de los espectáculos de la inauguración del centro. Por E. Vasconcellos

La actuación termina con la interpretación de una pieza clásica a cuatro carrillos. Dos chicos, entre ellos el malabarista, entonan la melodía soplando una veintena de botellas de cerveza llenas con diferentes cantidades de agua. La gente pide un bis, pero el acuático instrumento tiene las notas contadas y la coda se deja para otra ocasión. La audiencia migra entonces a la sala 2, donde recibe un chocolate caliente con opción a tarta.

¿Delito o punto de encuentro?

El pasado 28 de diciembre, un grupo de jóvenes okupó un antiguo almacén en el distrito de Salamanca. Un edificio de tres pisos que se encontraba abandonado desde hacía más de diez años y que aseguran haber «liberado» con fines sociales. «Liberar» un espacio significa saltarse el argumento de la propiedad y ponerlo a disposición del ciudadano. Tanto la empresa como el Ayuntamiento han consentido, de momento, que se convierta en un centro social de barrio. Pero nada garantiza su supervivencia durante el próximo año.

Un mes después de la okupación, los miembros del grupo, cuyo distintivo es el animal que le da nombre, inauguraron oficialmente el centro e invitaron a los vecinos a conocer el edificio. Su «protocolo de prensa» prohíbe sacar fotografías en el interior. Eso y casi cualquier acercamiento a un periodista.

– Tenéis unas normas un poco excesivas, ¿no? Así no promulgáis la transparencia que vosotros mismos pedís.
– Tienes razón… El protocolo se redactó después de que un medio nos diese un palo, pero es verdad que habría que cambiarlo.

La que habla es Paula, una estudiante de Comunicación Audiovisual de la Universidad Complutense que accede a saltarse el protocolo para ser coherente con lo que piensa. Charlamos con ella después de que dos chicas vayan a buscar a una «responsable de comunicación» que no llega y una tercera ponga cara de póker cuando la universitaria decide confiar en nosotros. La democracia asamblearia con la que se organizan es una carga burocrática que se percibe hasta en las acciones más simples de los centros autogestionados: todo se consulta, todo se debate.

Los pisos superiores están vacíos y lo estarán hasta que los «habiliten» y piensen qué hacer con ellos. El bajo está dividido en dos grandes estancias. La primera tiene un pequeño escenario al fondo, una zona infantil con moquetas y juguetes a la izquierda y una puerta que da al segundo espacio a su derecha. Éste a su vez está subdividido mediante telas colgadas del techo y es una especie de sala de estar con sillones, mesas improvisadas y una barra en la que ahora (entonces) distribuyen chocolate a medio centenar de personas de todas las edades. Desde niños en carrito hasta ancianas de las que no se pierden nada que sea gratis, aunque se lo sirva un rastafari. No obstante, por el callejón pasan otros tantos que fruncen el ceño y farfullan y cuchichean y hacen gala del tópico español.

Características del almacén

El almacén sin número del callejón del Peyré pertenece a El Corte Inglés, pero en 2010 la Junta de Gobierno anunció que la empresa cedería esta y otras construcciones al Ayuntamiento para «uso público». Nada es gratis y, a cambio, la administración municipal modificaría el Plan General de Ordenación Urbana de 1997 para que la gran superficie pudiese construir en altura más de lo que actualmente le está permitido. El proyecto está en barbecho y los miembros de La Salamanquesa justifican su okupación alegando que es su muestra de rechazo a la especulación y el uso de la vivienda y el suelo «como modo de enriquecimiento».

A pesar de todo, «prefieren» que siga perteneciendo a la cadena de tiendas porque cuando el propietario es un particular o una sociedad el trámite de desalojo es más complicado.

– Pero si se lo cediesen al Ayuntamiento, ¿no sería lícito que estuviéseis aquí?
– Es más legítimo (que no es lo mismo que legal), pero es más fácil que te echen de un edificio si es público. Viene la Policía en cualquier momento y listo. Del otro modo, el propietario tiene que pedir que te saquen.

Son okupas pero no son tontos. La nave no fue elegida al azar (lleva más de diez años cerrada) y conocen el marco legal en el que se mueven. Paula asegura que el edificio ha sido inspeccionado por un arquitecto y un perito y que no tiene problemas de estructura. Tienen suministro eléctrico, pero no agua corriente. «La luz no es de la calle, estaba cuando llegamos». «¿Quién la paga?». «Ah, eso no lo sé».

– ¿No habéis dicho que hay que echar agua cuando se mea?, la interrumpen
– Hay una nota en el baño…

Dentro de los servicios hay bidones de agua para suplir la sequía de las cisternas. «¿Ya nos han cerrado una fuente, sabes?».

***

La Salamanquesa se mide en detalles. Un mural del artista Vicente Chumilla, una «tienda gratis» en la que cada uno puede dejar y coger lo que quiera (especialmente libros y ropa) o una «Caja del tiempo». Un bote de vidrio para capturar el pasado y el presente y preservarlo para un futuro desconocido. Un cartel indica que el frasco será guardado en un lugar secreto del edificio hasta que «se acaben sus días» y alguien lo encuentre. ¿El tesoro? Los «objetos significativos» que los visitantes hayan guardado en él. Pero hasta que eso ocurra, los vecinos que no farfullan piensan en su futuro cercano. Piden ciclos de cine, un taller de costura, un «trueke de tiempo» (sic), un HUERTO (en mayúsculas) y un taller de danza africana. De la auténtica, no de la moderna.

 

Protocolo ante prensa:

  • Toda información necesaria se podrá obtener en (blog)
  • El contacto para más información es (dirección de correo)
  • Nadie podrá ser entrevistado en nombre del csv  «Salamanquesa» ya que no representa nada (OJO: manipulación)
  • No fotos al interior (toda la información está en la web)
  • Acreditación de prensa

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Texto por: E. Vasconcellos

Ver los artículos de E. Vasconcellos
Licenciada en Periodismo, Universidad Carlos III de Madrid.

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