Único por su decencia musical


Malasaña es un barrio que ama la música. Desde la Movida a la inclasificable actualidad, sus calles deben tener algo

Vía Láctea. Por Casasroger

En un cartel rosa, clavado en todas las paredes de la sala, se lee: Elefant Club, fresh rounds in pop music. Un numeroso público concurre en la planta baja de Siroco, donde cada primer sábado de mes el sello discográfico español Elefant Records organiza una velada a su gusto y estilo. Esta noche el menú lo componen Kokoshca, Linda Guilala y dos Djs de la compañía poppie. La audiencia espera hasta que salga el primer grupo, mientras un «pincha» ameniza (si se atiende al altísimo volumen, tortura) el prólogo. Nunca sonaron tan desagradables The Jesus&Mary Chain, Paraíso o Astrud.

Linda Guilala en Siroco. Por Javier Villuendas

La sala Siroco no es una anécdota dentro de Malasaña, que como dijo Blanca del Amo: «Es un barrio único por la decencia de su música, desde la cabina de los bares». El Groovie, Tupperware o el novato Weirdo tratan de cumplir esta máxima. De la Movida, aún resisten los míticos la Vía Láctea, donde pinchaban Diego Manrique o Juan de Pablos, y el Penta, al que el difunto Antonio Vega cantaba lo de: «Por la noche al Penta a escuchar canciones que consiguen que te pueda amar».

Más tarde, después de La Movida, aparecería lo que se denominó «El sonido Malasaña», cuyo centro de reunión era el Agapo. «Un antro de unos 100 metros cuadrados, allí Los Enemigos tocábamos casi todas las semanas, incluso en una semana tocamos cinco días seguidos. Se juntaba gente de toda Malasaña.», explica el bajista de la banda recién reunida, Fino Oyonarte. Este lugar vio nacer y crecer, entre finales de los ochenta y principios de los noventa, a los propios Enemigos, Sex Museum, Pleasure Fuckers o Los Ronaldos. Para Josele, líder «enemigo», eso de «Sonido Malasaña» es una invención, aunque también relata que tocaron tantas veces que tuvieron que buscarse nombres alternativos «para no dar el cante», por ejemplo Boinica Doble o Balón Flojo. El estatus de barrio musical queda confirmado.

Si se avanza en el tiempo, la siguiente parada malasañera relevante comenzó exactamente el 17 de abril de 1993; tiene que ver con la irrupción de la escena indie española. El Festival de Benicassim (FIB), el Donosti y Xixón Sound, y, lo que más nos interesa, la Sala Maravillas de Malasaña, eran algunas de las diferentes caras de este fenómeno. Por Maravillas, ahora llamada Nasti, pasó la flor y nata de la escena, es decir, El Sr Chinarro, Australian Blonde, El Inquilino Comunista o también grupos de fuera, como los escoceses The Pastels. El 17 de abril de 1993, Los Planetas (que aún no habían editado ningún disco, después se convertirían en las máximas figuras del movimiento) daban el primer concierto de esta nueva sala, donde los miembros del psicodélico grupo granadino pasaron tantos ratos que tenían su propio sitio entre el camerino y la barra. Más tarde, sus dueños crearían el FIB, lugar de peregrinación por antonomasia del sonido indie.

Tiempos modernos

Actualmente, no se reconoce ningún movimiento musical aglutinador en el barrio, una escena, que en cierta manera concuerda con la realidad global de los últimos años. Ignacio Vázquez Codesido, Dj Filete en el Nasti, cree que «todo es muy heterogéneo, aunque está tirando un poco hacia la electrónica». Maravillas, que cambio a Nasti, sigue siendo una referencia en el barrio. «El Nasti antes era muy rock, pero ahora si vas es raro escuchar guitarras, aunque depende del Dj», relata Vázquez Codesido. «Lo que se lleva son más fiestas de electrónica, por ejemplo en la sala Siroco. O también traer a grupos pequeños y luego una fiesta con Djs», explica.

Kokoshca en Siroco

De vuelta al primer sábado de febrero, en Siroco, el trío pamplonés Kokoshca acaba de terminar la presentación del single «La Fuerza», desplegando su pop garagero de pinceladas surf. Los puntos fuertes de la actuación estuvieron en la suciedad de «Salou»; el final de «Mi chica preferida», con Iñaki, irónicamente solemne, gritando «alísate el pelo»; y, sobre todo, cuando tocaron su himno generacional llamado «La fuerza».

Después de un breve descanso, le tocará el turno al suave noise pop de Linda Guilala. La música del «pincha» ameniza de nuevo este rato y el público (con alta coincidencia de parecido con Isabel Coixet) baila en la espera.

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Texto por: Javier Villuendas

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Periodista, aunque debería administrar y dirigir empresas. Ex-líbero de los que pone el corazón en un puño y músico precario.

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