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Libertad encerrada en el menos dos

«Ellas», de Raquel Montaner. Por Álvaro Calleja

Sentado, al otro lado de la entrada del Centro Cultural Eduardo Chillida de Moratalaz, don Manuel —un anciano con garrote y sombrero— dormita bien erguido sobre una pequeña silla azul de plástico. Eso, o deja pasar el tiempo con los ojos cerrados. La iluminación me recuerda a algún hospital.

— ¡Buenas tardes don Manuel!— le dice una señorita mientras se acerca

— ¿Y tú quién eres?— responde don Manuel, que ha visto interrumpido su estado de aletargamiento

Pregunto por la exposición de cuadros de Raquel Montaner que hay en uno de los sótanos. La muestra terminó el día antes de mi llegada, pero aun así me invitan a bajar hasta el piso menos dos. En el menos uno, varias parejas de avanzada edad bailan al son de la música de Elvis Presley. Sonríen como adolescentes en la fiesta de fin de curso. Con una extraña sensación, acelero el paso para alcanzar el último sótano. Pero todo está a oscuras. Yo mismo enciendo las luces de la galería. Enseguida, un desfile de cuadros se muestra en todo su color tras mi golpe de luz. A pesar de que Kant opinó que en las tinieblas la imaginación vuela mejor que a plena luz, yo opto más bien por ser un hijo de la luz. Mi primer vistazo se embriaga de colores, espirales, estallidos, giros, arrebatos y requiebros en los que, en muchos casos, nada es lo que parece. Junto a la única puerta de entrada (sobre la cual hay dispuesto un aviso de «No hay salida») aparece un cartel con los precios de cada cuadro: oscilan entre los 200 y los 1.300 euros. En ese momento, la galería parece estar hecha exclusivamente para mí. Dejo mis bártulos sobre una vitrina vacía y recorro la silenciosa estancia.

Primera obra de la exposición de Raquel Montaner

El número uno me gusta. Un sombrero descansando sobre una de las alas de una butaca rodeada de flores. Da ganas de ir a Cuba, o a algún destino exótico. En el número dos, un río desciende con fuerza hasta llegar a un pequeño repecho, donde la espuma brava se convierte en una fina capa de algodón. Más adelante, una rubia contemplativa parece exhibirse en su balcón. No está sola, según ella cree.

A la izquierda del cuadro, destacado sobre la pared, hay un botón de alarma que escolta sin disimulo a la pintura. Arriba, un cartel que reza «Pulsador de alarma» y una flecha que indica la dirección de salida (la misma que desmiente la existencia de cualquier tipo de salida). Mis ojos se desvían ahora hacia la derecha. Allí se sitúa un extintor y, un poco más arriba, un cartel que confirma y advierte de la existencia real y no ficticia de dicho extintor. Ya en el siguiente cuadro (también rodeado de toda la reglamentación de seguridad pertinente), dos rostros femeninos parecen preguntarme algo sin saber qué. Tengo dudas de que realmente pueda ayudarlas. Tan solo son un cuadro. No quiero meterme en líos, como le pasó al profesor Wanley en La mujer del cuadro, la obra de arte de Fritz Lang exhibida en las pantallas desde 1944. Escucho algunos ruidos de pasos. La sala está vacía. Los baños… supongo que también, aunque nunca se sabe. Deben de ser los matrimonios de arriba que bailan Elvis Presley.

El cuadro «Abstracción verde», de 1.300 euros

Llego al cinco. Del número cinco al diecinueve no entiendo absolutamente nada. Solo sé que en el seis quiero ir a un bosque, que en el siete me aplasta la tristeza y que en el ocho me encuentro lleno de incertidumbre. El número once es el más caro de todos. El de 1.300 pavos. Frente a él, una columna de hormigón hace las veces de vigilante jurado. De los que siempre están en medio. Me tengo que hacer a un lado para ver la pintura con perspectiva. Corro entonces al paisaje manchego del número 17. Lo que parecía de lejos una encina es en realidad un abedul. El dieciocho son olas terrosas que discurren en un paisaje de lomas con marea alta. Necesito un descanso.

En una de las esquinas de la galería hay una puerta que da a un patio con cuatro salidas de emergencia. Me imagino una película en la que el personaje debe elegir la puerta correcta para cumplir su destino. El mío, ahora mismo, consiste en irme de ahí. Enfilo bajo el cartel de «No hay salida» y dejo detrás de mí los avisos de emergencia, los «no tocar», los extintores y los pulsadores de alarmas. Y por supuesto, en mitad de los reglamentos, los cuadros; el arte que se abre hueco entre la maraña de advertencias, avisos, prohibiciones y muros de hormigón.

Cuando llego arriba ya no está don Manuel. Estará escuchando a Elvis. En la calle, el frío de Siberia hace tiritar a Moratalaz. La gente lucha por protegerse del viento gélido. Sus caras… ¿De qué estilo son sus retratos?

Datos interesantes

La artista Raquel Montaner es maestra de Artes Plásticas con especialidad en pintura y escultura. Desde 1984 goza de gran reconocimiento en sus exposiciones de Argentina, Italia y España. Actualmente regenta con su familia un Bar-Pizzería en Coslada, de nombre «Artística», donde hay exposiciones permanentes. Montaner trabaja en el diseño y pintura de diferentes casas de moda, donde pone su sello a los vestidos de noche pintándolos a mano. Su galería en Moratalaz es una exposición de arte expresionista con tendencia a la abstracción, uno de sus estilos más logrados.

Algunos de los cuadros de Raquel Montaner. Por Á. Calleja
Exposición de Raquel Montaner en Moratalaz. Por Á.C.

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