Madrilánea

Ramón Lobo y los buscadores de contextos

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Ramón Lobo aportó su visión crítica del periodismo en su visita al Máster de ABC, habló sobre su experiencia en el ámbito internacional y sobre los nuevos modelos de negocio en internet

Ramón Lobo durante la charla. Por Luis Prados Roa

«Yo hacía prácticas en la sección de Internacional del Heraldo de Aragón. Era feliz subrayando teletipos. Un día salió el redactor jefe y preguntó ‘¿Alguien sabe dónde está Afganistán?’. Contesté un poco acojonado que en Asia Central y dijo ‘¡Muy bien, tenemos un especialista! Ven a mi despacho, vas a hacer tu primer viaje’. Yo ya estaba preparado para decirle que no tenía pasaporte, cuando me soltó: ‘Te vas a ir a la facultad de Derecho, que está ahí enfrente, y le vas a hacer una entrevista a un tío que es profesor de Derecho Internacional’».

Así es la vida del periodista. Como diría Woody Allen, está llena de miseria, sufrimiento, tristeza, y sin embargo se acaba demasiado deprisa. El testimonio salió por la boca de (Ramón) Lobo, que reclamó en su visita al Máster de ABC un lugar irreemplazable para el periodismo: buscar contextos.

«Aquel profesor me estuvo hablando durante cuatro horas. Cuando terminó le pregunté cómo era posible saber tanto y me respondió: ‘Lo único que hay que tener claro es el contexto. Todo lo demás son perchas’. Y a mí es algo que me parece fundamental para nosotros». Según Ramón Lobo, por tanto, la razón de ser del periodista es saber proporcionar al lector las herramientas necesarias para hacer comprensible el mundo.

Rodeado de un halo de bohème-bourgeois (bo-bo, en francés, autoironizó) del que no duda en presumir, Lobo arremete contra la «cultura de la celeridad» que ha creado internet y demanda para la prensa un espacio más relajado. «Todo tiene que ir deprisa, todo tiene que ser trending topic y aquí nadie piensa. No hay contextos y, si renunciamos a ellos, seremos irrelevantes. Si no somos útiles, desapareceremos».

Aunque no lo afirma abiertamente, Ramón Lobo ve en la red la excusa perfecta para que la prensa escrita se desembarace de algo tan incómodo como el periodismo de declaraciones. «Un buen ejercicio es abrir el periódico, contar el número de corbatas que salen en un periódico y dividirlo por el número de páginas. Así te sale el índice de aburrimiento. Las historias no tienen corbatas, tienen gente». Y la gente está en la calle.

«Quiero una historia con pasión. Algo con lo que vibre, sufra o me alegre. Quiero sentir. Y si no podemos escribir eso, no somos periodistas».

Periodista pirata

Nació en Venezuela hace más de medio siglo, pero se confiesa mitad español, mitad inglés (por parte de madre). Después de dos décadas en El País, alardea de nadar a la contra en aguas internacionales, de no casarse con nadie en su blog personal, pero su rebeldía esconde un propósito. «La objetividad no existe, pero sí creo en la honestidad. Hay que permitir que, una vez acabado el reportaje, el lector pueda sacar conclusiones distintas a las tuyas». Sólo existe un límite: «Contar lo contrario de lo que se está viendo».

Lamenta que una práctica tan sana tenga tan pocos seguidores. El periodista pierde así sus razones para quejarse. «Es posible que no haya una cultura periodística en España, pero puede que los culpables seamos nosotros por no haberla creado», apunta. Porque a su juicio, «la gente está dispuesta a pagar por contenidos de calidad». Ocurre con la HBO americana y podría ocurrir si [la revista] JotDown lo intentara, por lo que exige valor para que alguien «cambie de ruedas» en el periodismo.

Hasta que aparezcan los osados, sigue acumulando horas con un lema bajo el brazo: experiencia, humildad y trabajo. ¿Horas?

«Hay un hombre que llega a un pueblo y va al cementerio. Se pone a ver las lápidas y lee ‘3 horas’, ‘2 semanas’, ‘7 años’. Entra en el lugar y se encuentra con un pueblo normal. Jóvenes haciendo botellón, viejos jugando a la petanca… Entonces se acerca a un viejo y le dice: ‘Perdón, es que yo no entiendo. He estado en el cementerio y veo que aquí se vive muy poco. Pero luego veo que es un pueblo normal. Y el anciano le contesta: ‘No, es que aquí sólo medimos las horas que somos felices’. Y creo que esa es la esencia de la vida. Acumular horas para que las pongan en la lápida. Y da igual la profesión que hagas».

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