Madrilánea

El barrio que rechazó a Norman Foster

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El mismo año que el arquitecto británico recibió el premio Príncipe de Asturias de las Artes, Hortaleza se negó a acoger un edificio suyo

Imagen aérea de una actuación de los vecinos. Por AA VV La Unión de Hortaleza

Amanece en Hortaleza. Es domingo y el mercadillo empieza a desperezarse. Lo que dentro de unas horas será un hormiguero de compradores es todavía un tímido crujir de metales. Los puestos estiran sus patas de hierro y los mercaderes afinan las gargantas por las que luego saldrá una lluvia incesante de ofertas y requiebros. Es domingo y como cada último día de la semana de los últimos treinta años, el rastro del barrio se prepara para recibir a sus vecinos.

«Llevo vendiendo aquí desde hace más de veinte años. Aquí la gente es más o menos la misma de siempre. Se nota que en los últimos años hay más inmigrantes, pero es algo normal. Soy yo el que se adapta para mantener vivo el negocio», comenta uno de los tenderos. Un negocio que pudo haberse venido abajo en 2009.

Al otro lado de la calle está el Polideportivo de Hortaleza. Como cada mañana de domingo, toca comulgar con el credo de lo que Juan Villoro llamó «Dios redondo». Jóvenes y grupos de amigos aprovechan para hacer parroquia en torno a un balón. «Hace tres o cuatro años un grupo de compañeros de trabajo montamos un equipillo para jugar los fines de semana. Ahora nos sirve para mantener el contacto», hilvana Sergio mientras busca resuello.

También el polideportivo, como el pinar que lo rodea y la extensa zona verde del monte del Canto del Águila, pudieron perder su aspecto si los vecinos no hubieran luchado por conservarlo intacto.

La historia se remonta a 2006, cuando Repsol, la multinacional petrolífera, ganó un concurso público para hacerse con dos terrenos por los que pagó (según la información publicada en los medios) más de 6 millones de euros a cambio de los derechos de superficie durante 75 años. La intención era construir allí una nueva gasolinera y un centro de formación, un planteamiento en el que participarían los arquitectos Rafael de la Hoz y Norman Foster.

La base era un Plan de Ordenación Urbana de 1997 en el que ambas parcelas fueron calificadas como «servicio público para estaciones de servicio de combustible». La reclamación por parte de las asociaciones de vecinos y comerciantes fue simple: el Ayuntamiento de Madrid cometió el error de tomar la decisión «después de casi 10 años, sin tener en cuenta que las necesidades y prioridades del barrio han podido cambiar».

Para entonces, el barrio ya contaba con cuatro estaciones de servicio en apenas dos kilómetros cuadrados, por lo que no había razón para perder suelo verde y deportivo a su favor. Cuando los vecinos tuvieron conocimiento de que el plan se iba a ejecutar, comenzó una campaña que, además de una manifestación y un pasacalles de disfraces aristocráticos, incluyó la recogida de 8.000 firmas contra el proyecto.

Finalmente, en la primavera de 2009, la Dirección General de Evaluación Ambiental de la Comunidad de Madrid emitió un informe negativo sobre el estudio de impacto remitido por la empresa petrolífera, lo que invalidó el proyecto. «La actuación se pretendía ubicar en un área sensible, por la presencia de dos colegios en un radio de unos 200 metros, así como la existencia de amplias zonas verdes, piscinas públicas, bloques de viviendas, un polideportivo o un carril bici», subrayan desde la Consejería de Medio Ambiente de la Comunidad.

Las Declaraciones de Impacto Ambiental son vinculantes, por lo que Repsol deberá plantear un proyecto diferente o situarlo en otra ubicación. Y así Hortaleza mantiene hoy en día su rastro, su polideportivo y su pinar. Los domingos siguen siendo domingos y sus vecinos viven, como escribió Cortázar, «con la satisfacción perruna de que todo está en su sitio».

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