Striptease intelectual


La librería Tres Rosas Amarillas propone a los visitantes una «cita a ciegas» con los relatos de sus estanterías. ¿Es posible sentir amor a primera vista por una obra anónima? ¿Nos enamoramos del interior o del exterior? ¿Etiqueta o contenido?

Reportaje de Noemí López Trujillo/Javier Villuendas

Interior de la librería Tres Rosas Amarillas. Por E. Vasconcellos

¿Compraría un cuadro sin conocer el nombre del autor? ¿Sería capaz de reconocer un poema de Antonio Machado si no estuviese firmado por el ilustre poeta? ¿Influye la rúbrica que acompaña a una obra en el juicio de las personas? José Luis Pereira quiso desafiar el criterio de los amantes de la literatura e inventó hace tres años la «cata ciega», que celebra cada viernes noche en su librería Tres Rosas Amarillas –en honor al cuento de Raymond Carver sobre la muerte de Anton Chéjov– en el madrileño barrio de Malasaña.

Esta actividad consiste en leer un relato sin conocer el nombre del autor. Puede ser un cuento de un autor célebre o, por el contrario, el de uno novel. «La gente puede decir que no le gusta nada Dostoievski sin saberlo. ¿Y qué? No pasa nada. El problema es que hay gente que lee una novela de Dostoievski con otros ojos sólo porque es suya», explica Pereira.

¿Cómo surgió el experimento? «Los sábados por la noche algunos amigos venían a la librería, abríamos una botella de vino y compartíamos nuestros nuevos escritos: una poesía, el último capítulo de la novela o algún cuento. Lo que hacíamos en los talleres de escritura, pero de forma privada», cuenta Pereira.  Estos talleres fueron el esqueleto del negocio, que comenzó a tener cuerpo hace cuatro años. «Con todo el ajetreo no llegaba, todos tenían sus textos y yo nada, así que cogía cualquier libro y lo leía», revela. «Si escogía a un gran autor, procuraba leer lo más desconocido. Es prácticamente imposible que te descubran», bromea el librero. Así nació la idea de la cata ciega.

Exterior de Tres Rosas Amarillas, en Malasaña. Por J. Villuendas

Juan Antonio Vizcaíno, profesor de la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, afirma que las obras hay que interpretarlas «con las tripas, las entrañas, y no con el cerebro». «Hay que aprender a desaprender», dice refiriéndose a todo el bagaje heredado del colegio, instituto y universidad. Un bagaje que incluye a clásicos como Becquer, Góngora, Cervantes o Larra. Un «star system» de la literatura que aparece en los libros de texto y que obvia a aquellos autores a los que el tiempo no concedió una segunda cita.

En el universo del arte, a veces, las etiquetas conquistan más que el contenido. El artista Taquio Uzqueda resume en una encuesta realizada por Arte Informado esta idea: «Alguien entendido en arte es posible que compre una obra sin saber de quién es, pero la inmensa mayoría no. ¿Tu te comprarías un Mercedes, al precio de Mercedes, pero sin estrellita?».

El escritor Pedro Sorela opina que «a ver los cuadros hay que ir desnudo y vestirse con la ropa del artista». Es entonces cuando el espectador comprende al autor, cuando es virgen. Quizá, para algunos, llevar la vestimenta de una firma consagrada implique prejuzgar la obra. Por ello, José Luis Pereira propone una especie de striptease intelectual en el que desnudar la mente de conocimientos previos y juzgar, como dice Vizcaíno, «con las tripas».

«Copia de la firma de un artista» de Luis Camnitzer

El artista uruguayo Luis Camnitzer relanzó recientemente el debate de la relación, en ocasiones sobrevalorada, entre obra y firma. Así, exponía en la galería madrileña Parra&Romero Reflejos y reflexiones, una muestra que cerraba con la obra Copia de la firma del artista que consistía únicamente en su autógrafo.

El librero de Tres Rosas Amarillas pone a prueba en su laboratorio de relatos a todo aquel que se preste. «Hay gente que guarda mucho las apariencias», explica. «La literatura, el arte en general, es para todo el mundo, pero no para todos los momentos. Puede que un día leas a Borges y te parezca horrible. Pero te vas formando, cambias, y un buen día, vuelves a abrir el libro y, de repente,… se te inyecta, te conquista».

Tres Rosas Amarillas, un lugar de cuento

La librería Tres Rosas Amarillas abrió hace casi 4 años –los cumplirá en abril– gracias al esfuerzo y la ilusión de tres socios. En ella sólo venden cuentos y de ahí el nombre, por uno del mismo título de Raymond Carver, el cuentista favorito del único socio que resiste.

«Nos conocimos en la Escuela de Escritores, nos fuimos haciendo amigos y esto era el deseo de los tres», cuenta José Luis Pereira, nacido en Madrid hace 48 años, rememorando los inicios. Los tres provenían de mundos ajenos profesionalmente a la lectura y el primer paso de los socios fue ir a comprar los libros a una editorial: «El editor nos miró preguntándose de dónde había salido esta gente y nos explicó que los libros se piden a las distribuidoras», recuerda entre risas.

Detalle de uno de los libros de Tres Rosas Amarillas. Por E. Vasconcellos

«Escribir un buen cuento es tan difícil como una buena novela. Hay auténticas obras maestras en cinco líneas», explica este madrileño con un acento que delata sus raíces extremeñas. El riesgo de una empresa tan particular y especializada él lo traduce a números: «Sólo la mitad de la población lee. De esa mitad, el 50% lee por estudio o trabajo. De esta nueva mitad, otro tanto lee best sellers. En total, de toda la población española sólo un siete u ocho por ciento son buenos lectores, con criterio. Es muy minoritario. Y luego pusimos en el rótulo especializada en relatos, porque en España el cuento tiene poco prestigio, no como Sudamérica».

Pero, ¿qué es exactamente un cuento?: «La novela tiene la pretensión de explicar el mundo. El cuento escoge solo un momento de un personaje donde le ocurre algo que le cambia», sostiene Pereira. «Lo que decía Cortázar, una flecha que debe ir directamente a la diana. En pocas páginas te tiene que hacer un roto», se explaya como experto.

Si Pereira tuviese que elegir el mejor libro de la tienda, escogería Geometría del amor, del maestro americano John Cheever. Pero hay una razón: «Están todos en un único volumen. Carver tiene cuatro o cinco libros, si no mi Carver…», se redime este enamorado de los cuentos.

Crónica de una «cata ciega»

Robert Loehr escribía en su libro La conjura de los sabios cómo un grupo de intelectuales alemanes liderados por Goethe emprende una peligrosa misión: rescatar al heredero de la corona francesa y restaurar así el orden en una Europa dominada por Napoleón. Del mismo modo, un grupo de sabios liderado por José Luis Pereira, propietario de la librería «Tres Rosas Amarillas», se propone cada viernes una misión: rescatar al autor de un cuento sin nombre. En círculo y rodeados de cerveza y vino, unas veinte personas deciden despojarse de prejuicios –positivos y negativos– que vienen adheridos a un nombre. Una cata ciega de literatura en la que deben determinar si les gusta o no, y por qué; y como meta final, rescatar a su autor de un anonimato momentáneo. Igual que los discípulos de Goethe, los de José Luis Pereira tienen como armas la erudición y la astucia. Y, por qué no, el instinto. Esta vez toca sumergirse en el relato A caballo.

París. Siglo XIX. Hector de Gribelin, noble de título pero no de riqueza, mantiene a su familia con un sueldo humilde. Se mezcla con viejos aristócratas y trata de aparentar lo que nunca fue.

Un trabajo extraordinario le proporciona un sobresueldo, y Hector decide invertir una parte en una excursión al campo. Alquila una diligencia y un caballo. Al volver a casa, atravesando los Campos Elíseos, el corcel se desboca y atropella a una anciana.

El noble se ofrece a pagar su estancia en un hospital hasta que se recupere. Pero cada vez que acude al sanatorio, la mujer, recuperada, finge tener dolores. Los fondos de la familia se van acabando, y los médicos no pueden demostrar que la anciana está sana. Arruinados, la mujer de Hector le propone cuidar a la mujer en casa.

 — ¡Aquí —replicó indignado—, en nuestra casa! ¿Tú piensas eso?

Ella responde, resignada ya a todo y con lágrimas en los ojos:

¿Qué quieres? ¡No es mía la culpa…!

(Puedes leer el cuento completo aquí)

Se hace un silencio en el que parecen escucharse las reflexiones de los sabios. «Más que pobres son pobre gente», dice uno de ellos. «El relato habla de personas que organizan su vida en torno a lo débiles que son», añade. La mujer de su izquierda replica: «Yo creo que este relato, que es evidentemente clásico, es un reflejo de la sociedad. La señora Simon se autovictimiza, y eso ocurre muy a menudo cuando te dañan, sientes un derecho a recibir. De hecho, en algunas zonas de Asia se automutilan para pedir limosna en la calle».

«Yo creo que el título es muy adecuado, se te sube la señora ‘a caballo’», opina otro de los presentes. «O que están entre dos mundos: el de fantasía y el real», contraataca el primero, quien apunta a un primer nombre: Anton Chéjov. Pero rectifica: «Este relato es de un escritor, y Chéjov era un genio».

La chica de gafas se decide a hablar: «Resulta divertido porque hoy en día este relato no sería posible. Ahora te hacen un escáner y averiguan si finges o no. Por eso también sabemos la época de la que es. Está escrito para el lector costumbrista, que sabía reconocer las escenas que describe». «También resulta curioso que quede la duda de si ella finge o no, o incluso de si ella misma ha provocado que la atropellasen», añade.

Portada del libro «Bola de sebo» de Guy Maupassant

«Maupassant», se oye en la sala. «Desde el punto de vista sonoro, Maupassant le pega al cuento», dice el hombre de barba. José Luis ríe. «Pero si lo escribí ayer», bromea. El primero en opinar retoma la conjura: «No creo que sea Maupassant. El final es algo atropellado, habría que darle una vuelta de tuerca… Bueno, puede ser él. ¿Lo es?».

José Luis se gira, bebe de su cerveza holandesa y coge un libro. Lo tapa y mira a sus discípulos. Lo destapa. En efecto, es el francés Guy Maupassant. «Es uno de los grandes maestros del relato breve de la literatura universal», lee José Luis de la contraportada del libro Bola de sebo y otros relatos. Y añade: «Pero no es Chéjov, evidentemente. Anton mejoró a Maupassant, como buen discípulo suyo que fue».

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