Las hormigas


Se olvidaron de fiestas, vacaciones o celebraciones y se dedicaron a complacer a su reina hambrienta

Por s.alt

Es la reina y tiene hambre. Todos sus súbditos tienen que trabajar hoy para complacerla. Hoy y siempre. En el hormiguero no hay fiestas, sólo trabajo y más trabajo, por lo menos para las obreras. Esas hormigas hembras infértiles que sólo sirven para expandir, mantener limpio el hormiguero, cuidar y lavar las larvas y buscar alimento para su reina. Hace algunos años invadieron los terrenos en los que esta reina tenía su hormiguero, desaparecieron sus campos y fuentes directas de alimento. Ahora viven otros seres invasores que las atacan con Fipronil y otros venenos. Hoy tienen que salir, se acaban las reservas para la reina. Las obreras son las encargadas de dirigir a sus compañeras afuera del hormiguero, en fila. Con sus antenas se van comunicando. Hay un olor penetrante, se puede tratar de alimento, quizás mucho alimento. Van bordeando la pared, ya han trazado rutas en el ladrillo. Se van a enfrentar a algo grande.

La líder de las hormigas obreras, esa de cabeza y tórax rojo, ese himenóptero de 4,5 y 9 milímetros, va con las antenas comunicando al resto de sus compañeras el camino al manjar. A lo lejos hay una estructura: no es un árbol pero tiene madera, encima de ese árbol está el botín. Es raro. Los invasores no suelen tener tan a la vista sus provisiones. Esta vez está todo. Los seres están lejos, nadie cuida del gran animal que está cocido y recubierto de un líquido viscoso, las tartas con arándanos, o las hallacas envueltas en esas hojas de plátano gigantes, y ese dulce de papaya con mucha melaza de caña de azúcar.

El formícido da señales: unas deben succionar la salsa del cordero, otras cortar la hoja de plátano; otra comisión de hormigas tiene la labor de invadir el dulce de papaya y coger la mayor cantidad de melaza posible. Parece una fiesta. Con sus ocelos no pueden distinguir bien los detalles de las formas, pero alcanzar a ver a seres con objetos puntiagudos y rojos en su parte superior.

Mandíbulas a la obra. Algunas levantan 50 veces su peso y se llevan con ellas pequeñitos trozos de cordero en sus espaldas, pedazos de hojas cocidas o bizcocho dulce. Van de vuelta por el camino marcado por la líder de las obreras que va dejando feromonas para guiarlas. Otra vez vuelven a la pared de ladrillo, en fila india. En menos de 30 minutos han tomado sus provisiones, algunas se han quedado atrapadas en el dulce o en la salsa. Son las pérdidas en vidas de una misión arriesgada.

Cuando ya son muchas las que marchan camino al hormiguero, los seres invasores se percatan de su presencia. Uno de ellos se comunica en un idioma extraño con ellos y varios salen al ataque. Dos, tres, cuatro aplastadas. Se desata la alarma, se quedan unas a defender y otras a seguir trasladando el alimento a lugar seguro. Al parecer, estas provisiones eran parte de una celebración, algo así como Navidad. Pero las hormigas no tienen fiestas, no tienen nada de celebraciones, sólo trabajo. La reina pronto estará alimentada.

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Texto por: Andrea C. Fernández S.

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