¿Por qué los perroflautas sí trabajan?


Sus espectáculos continúan en medio del núcleo de las protestas, rodeados de manifestantes y policías
Dos perroflautas actuando en plena calle

Dos perroflautas actuando en plena plaza de Callao (Foto: J. Fernández)

Son las 12.30 del mediodía, Callao y esa parte de Gran Vía sirven de escenario a manifestantes, policías y tocineras. «Qué chulos que sois con la porra cerca de la mano», le dice un manifestante a un antidisturbios que vigila con la mirada puesta en todos los sitios. La protesta tiene actores de diverso registro. Hay jubilados, ciclistas, estudiantes de instituto y universidad, trabajadores y parados. Las banderas hacen una macedonia de colectivos: CGT, CCOO, UGT, Sindicato de Estudiantes… aunque todos gritan los mismos lemas: «¡Huelga general!», «¡No, no, no, no tenemos miedo!».

Los dependientes de las grandes firmas que decoran el Broadway madrileño se asoman por debajo de la persiana de sus establecimientos. Como ya ha ocurrido unos metros atrás, en cuanto la concentración se diluya, volverán a abrir la tienda. De repente, el tumulto aumenta su actividad reivindicativa y diversas tocineras empiezan a desfilar hacia el núcleo de la acción. Es entonces cuando los silbidos dejan paso a una nueva consigna: «¡Vergüenza me daría ser policía!».

Varios antidisturbios en Callao

Efectivos antidisturbios se movilizan en plaza Callao (Foto: J. Fernández)

Hasta aquí, nada sorprendente. Las tensiones entre manifestantes y policía son una tónica general desde hace más de un año, por lo que tales alborotos apenas causan nerviosismo entre los allí congregados. Es curioso que los turistas extranjeros tampoco se extrañan de lo que tienen delante; muchos arrastran sus maletas hacia la Puerta del Sol con una sonrisa, mientras observan el contexto que les rodea.

Lo diferente

De todo lo que en ese escenario se está representando, lo más curioso es la actividad de los perroflautas, aquel tipo de persona, habitualmente joven y con aspecto descuidado que, según definición de la Fundación del Español Urgente (Fundéu), puede verse como un hippie en su acepción más moderna. La primera pareja habita una esquina de Callao con la calle Postigo de San Martín. Son dos chicos que no van más allá de los 28 años. Hacen malabares mientras saludan a muchos de los manifestantes. Entendiendo la supuesta solidaridad de éstos con los movimientos sociales y obreros, toca hacerles la pregunta del millón: «¿Por qué no hacéis huelga?». Uno de ellos mira desconfiado, pregunta que a quién está respondiendo y no tarda demasiado en contestar: «macho, si no curro no como, y a mí me gusta comer todos los días», me dice sonriendo. Después, continúa con sus labores, toca insistir: «Pero, supuestamente, la huelga es para que todo mejore». No contesta, sus malabarismos tienen prioridad. Decide retomar la conversación: «Yo no me creo nada de todo esto, a mí me gusta ir a mi rollo», sentencia antes de volver a convertirse en artista. Arrancarles una palabra cuesta, da la impresión de que cada segundo que malgastan contigo es una moneda que creen perder.

La calle Preciados está cerrada por un cinturón de antidisturbios que sólo saben decir: «puede bajar por la calle de al lado». Por tanto, el camino a la Puerta del Sol discurre por la calle del Carmen. Unos metros antes de llegar a la parroquia de Nuestra Señora del Carmen y San Luis, otra pareja, en esta ocasión un chico y una chica de estética similar, actúan sin descanso. Aquí no hay malabares, hay un artista que toca la flauta dulce (confirmando lo de perroflauta con fuerza) y una improvisada administradora que pasa el gorro en busca de monedas. Tienen peor aspecto, ninguna sonrisa y una edad parecida a la de los anteriores. Cuando comprueban que no hay monedas sino preguntas, deciden contestar sin apenas detener su labor. «Yo curro hoy porque el hambre me lo pide», me dice con cara de pocos amigos. Y sin dar tiempo a réplica, concluye: «vivimos fuera de toda esta mierda que se han montado». La rabia con la que habla él y la complicidad con la que asiente ella dan ganas de preguntar más. Por su parte, no parece haber tiempo ni disposición. Antes de tomar la fotografía, me dice ella: «Ni se te ocurra. No nos gustan las fotos, socio».

Después sólo queda observar que Sol se ha convertido en un plató de radio y televisión repleto de unidades móviles que controlan los movimientos de los manifestantes. Y pensar que los perroflautas no hacen huelga porque, en el fondo, tienen una sana y típica costumbre de nuestros tiempos: comer todos los días.

 

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Texto por: Juanma Fernández

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Historiador reciclado en periodista. Escribo columnas en Heraldo de Aragón y mantengo un blog de opinión en La Vanguardia. Estuve dos años en ABC Punto Radio Aragón, donde hice casi de todo. Llevo gafas y mido 1,72.

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