Madrilánea

La abadía del comediante

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Hace diecisiete años, el Teatro de la Abadía tan solo era el sueño de un actor. Ahora, este espacio se ha convertido en uno de los pulmones creativos de Chamberí, además de uno de los teatros más prestigiosos de la ciudad

La fachada del teatro La Abadía

Las instalaciones del teatro La Abadía (Foto: P. Manzano)

En 1995, el actor José Luis Gómez tenía una idea: crear una casa de teatro que influyera en la vida cultural madrileña. El resultado fue el Teatro de la Abadía, un espacio escénico que habita el corazón de Chamberí, en la calle de Fernández de los Ríos, y que antes fue punto de congregación religiosa del barrio.

«Nuestra singularidad es que somos uno de los poquísimos teatros con gestión privada de un servicio público, por tanto, somos una fundación», aclara Carlos Aladro, director de escena e integrante de la dirección artística del espacio. El proyecto se basa en los teatros de arte europeos, «una entidad y discurso artístico sólidos, que a lo largo de los años sustenta un proceso de creación y formación», señala. A pesar del ruido mediático de los grandes recintos, este hombre de escenario afirma que el teatro se ha convertido en «uno de los más prestigiosos de la escena española». Y añade: «hemos creado casi 50 espectáculos, a parte de otros en el resto de España y el extranjero».

Un lugar singular

Otro de los aspectos que hacen de este lugar algo diferente, es el origen de sus instalaciones. «La Comunidad de Madrid ofreció establecer el proyecto en un lugar abandonado por aquel entonces: una antigua iglesia y un salón de actos. Enseguida se comprendió que ese era el espacio natural para arrancar». Y de una forma muy natural surgió el nombre: «cada vez que visitaban las obras, decían, en tono de broma, que iban a visitar la abadía; de ahí viene la denominación», explica.

«Siempre intentamos que los espectáculos que creamos hagan preguntas sobre la realidad, que el teatro esté vivo. Queremos ser ese refugio de la crisis, donde la gente pueda ver las cosas de otra manera», aclara en relación a si los escenarios se fijan más en la cotidianidad de estos tiempos. Y añade: «se han conseguido muchas de las cosas que se perseguían; lo que pasa es que en la propia esencia de este arte está lo efímero, por lo que hay que estar reinventándose continuamente». Mirando al futuro, no duda al decir que «más allá del ámbito artístico, nuestro mayor desafío es atravesar el tsunami de la crisis».

Presupuestos

No es secreto que el mundo de la cultura no pasa por sus mejores momentos. Para La Abadía, sustentado principalmente por dinero público, no son tiempos distintos: «las instituciones nos siguen cuidando, pero es innegable que estamos sometidos a duras reducciones presupuestarias». «La cultura es un bien que cualquier sociedad avanzada debe mimar. En España, en este campo queda mucho por hacer», puntualiza. En lo que no parece titubear es en la posibilidad de una existencia alejada del dinero público: «el modelo de democracia española hace prácticamente inviable que una entidad cultural como esta sobreviva sin apoyo estatal. En el fondo, es un dinero que se le devuelve al ciudadano en forma de cultura con mayúsculas, que no es lo mismo que entretenimiento».

Carlos Aladro en La Abadía

Carlos Aladro, director artístico, en las oficinas de La Abadía (Foto: J. Fernández)

En una época de continuas aperturas y cierres, de gran inestabilidad, resulta interesante conocer la fórmula de supervivencia de este modelo. «La historia del teatro moderno ha demostrado que sólo es posible la existencia de proyectos como éste si hay un discurso artístico en continuidad», apostilla Aladro, que no niega que «la experiencia alemana, francesa o inglesa son nuestros referentes inmediatos». En ello destaca que este teatro se encuentre en continua conexión con propuestas similares provenientes de fuera de nuestras fronteras. El programa Ciudades en Escena «es un ejemplo en el que seis teatros de Europa se juntan para, a lo largo de varios años, crear diferentes espectáculos en torno al tema: el teatro en las ciudades». Al mirar hacia fuera, reconoce que la salud de la cultura española es mucho más débil que la de otros lugares: «el tejido de otros países es mucho más fuerte, lo que les permite soportar mucho mejor los recortes. Aquí, cuando hablamos de reducciones presupuestarias se puede llegar a alumbrar el precipicio». Una tónica distinta en el caso de la Unión Europea, donde el programa cultural entre 2014 y 2020 tiene un presupuesto «que ha aumentado».

La inherente sonrisa de este director de escena no puede evitar concluir con cierta esperanza: «La Abadía siempre ha reivindicado el valor de la palabra española, castellana. Tenemos un patrimonio enorme y necesitamos espacios para que la gente pueda disfrutarlo en boca de buenos actores».

 

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