Dejar el empleo ideal por un sueño


No todos los jóvenes se pelean por conseguir trabajo, algunos lo tienen y lo cambian por experiencias fuera de España. Por ejemplo, Laura y Alba, dos jóvenes JASP (Jóvenes Aunque Sobradamente Preparadas) que renuncian a una vida monótona
Alba (izda) y Laura, dos jóvenes que inician un viaje para encontrarse a sí mismas. Foto: I.M.B

Alba (izquierda) y Laura, dos jóvenes que inician un viaje para encontrarse a sí mismas. Fotos: I. M. Búa

Laura es una joven de 28 años con el trabajo perfecto: ingeniera química en una gran compañía, un buen salario, acaba su jornada laboral a las siete de la tarde y mantiene una gran relación con sus compañeros. Levantarse cada mañana para estar enfrente de un ordenador, encapsulada en una oficina gris, apartada del ruido de la calle, se le hace monótono. Decide pedir una excedencia —pese a que tiene el empleo ideal— para realizar un voluntariado europeo en  la ciudad belga de Amberes en el que recibe una ayuda de 200 euros mensuales. Alba es una chica de 19 años. Trabaja como camarera en la cafetería de su madre, en La Ventilla. Ha estudiado peluquería y estética, pero se niega a ser peluquera de barrio. Decide salir por primera vez fuera de casa y viajar a Londres. Quiere aprender inglés. Las dos se van de España. No buscan dinero. Buscan encontrarse a sí mismas.

La ingeniera química trabajando desde su oficina

La ingeniera química, trabajando en su oficina

Laura aparece en la parada de metro de Las Tablas. Lleva  vaqueros y un abrigo negro que cubre su delgada y pequeña silueta, y gafas de pasta cuadradas. Un gorro gris cubre su media melena larga y despuntada. Desprende un aire bohemio. Su móvil tiene más de cuatro llamadas perdidas. «Soy un desastre con el teléfono. Nunca me doy cuenta cuando suena, pero siempre devuelvo las llamadas», dice riéndose con gran desparpajo. Al observarla se puede hacer una radiografía de su personalidad. Una ingeniera diferente: perfeccionista y a la vez despistada. Pide una jarra de agua para beber en un restaurante de sillones rojos y estética minimalista, pero tiene que beberla en botella porque no la sirven en jarras: «No me gusta el plástico. Contamina al medio ambiente».

Habla de manera afectuosa. Cierra cada frase con una carcajada. Su lenguaje desprende que detrás de ella hay años de formación y dedicación a su carrera. La clase de mujer que solo le espera crecer dentro de una gran empresa. Laura no habla de su trabajo. Prefiere recordar su experiencia en Vietnam. Se fue durante dos semanas en junio del 2011 como voluntaria a un orfanato a Hanoi, ciudad situada al norte del país: «Me gustó mucho, pero no me dio tiempo a hacer nada». Después de madurar la idea decidió dar un paso radical y realizar un voluntariado a tiempo completo.

Habló con su jefe para pedir una excedencia de un año. En febrero del 2013 empieza un nuevo proyecto en Amberes. Le pregunto qué opina su madre: «No me dice mucho», sonríe de manera pícara. «Le da miedo que pierda la estabilidad, pero está orgullosa de mí y me apoya. Mi padre todavía dice menos». Desprende una gran vitalidad. La misma vitalidad que entrega cuando trabaja como voluntaria de payaso de hospital junto con otro compañero en su tiempo libre. Trabajan pintando sonrisas en las caras de los niños ingresados en las habitaciones  de oncología, traumatología y la UVI, en las salas blancas del Hospital Universitario Niño Jesús.

A Laura no le gusta el agua embotellada porque el plástico contamina el medio ambiente. Foto: I.M.B

A Laura no le gusta el agua embotellada porque el plástico contamina el medio ambiente

La ingeniera JASP (Joven Aunque Sobradamente Preparada) tiene el trabajo soñado. Le parece aburrido. Acostumbrada a errar entre fronteras. Se fue de Erasmus a Finlandia durante la carrera, viajó sola por Asia, y visitó a uno de sus mejores amigos en Nablus (Palestina), con quien hizo un viaje político por Cisjordania. Siempre quiso irse a África, pero se dejó atrapar por los contratos laborales y sus restricciones hasta que se percató de que buscaba otras metas.  Un conocido le habló del programa de voluntariado europeo. Su requisito es tener menos de 30 años. Estaba en la edad límite. Pensó, ¿por qué no?

Se aventura a emprender una experiencia que muchos temen por desconocimiento. «No me da miedo. Cabe la posibilidad de que mi empresa no me vuelva a contratar si no tiene un puesto libre cuando vuelva, pero no les va mal. Están contratando a gente y no han hecho ningún ERE», dice segura de sí misma. Se nota que ha ponderado con exactitud todos los pros y contras de su decisión.

En Amberes va a participar en un proyecto de ayuda humanitaria en una casa de acogida para adolescentes gestionado por la ONG española AIPC Pandora y subvencionado por la Unión Europea: «No me voy a lo loco. El programa de voluntariado europeo me paga el avión, el alojamiento, la manutención, el transporte y me dan 200 euros al mes para mis gastos». Le pregunto por qué se va a hacer un voluntariado a Amberes cuando en España hay más pobreza que en Bélgica (un país con una tasa de desempleo del 8,4% y 4,5 millones de habitantes). Responde que «el programa europeo sólo admite países de la Unión Europea. Pedí varios destinos, sobre todo países en Europa del este, pero me tocó el proyecto en Bélgica y acepté. Quería dedicarme al voluntariado a tiempo completo y en España no me daban ninguna subvención».

Pagar por trabajar

Lejos de su oficina y de su vida privilegiada, Alba, una joven de 20 años conversa con Patri, el camarero del bar Toledano en La Ventilla. Es sábado y  está lleno de hombres del barrio que ven el partido de fútbol tomando cervezas. Apoyan los codos en la barra de mármol. Alba tiene una mirada inocente. «Me parece muy bien que te vayas a Londres», le dice Patri. Trabajaba como empleado cuando el padre de la joven era el dueño del bar. El Toledano es conocido por vender bocatas de tortilla del tamaño de una barra de pan por tres euros con cincuenta. No tiene carta con menú. Los precios de los platos se anuncian en fotos colgadas en la pared que está detrás de la barra. Alba llena de Coca Cola un vaso con hielo. Fija la mirada. Explica por qué decide irse a Londres.

Alba explica por qué cambia su trabajo de camarera para irse a Londres. Foto: I.M.B

Alba explica por qué cambia su trabajo de camarera para irse a Londres

«Siempre he estudiado. Dejé el instituto para hacer un grado medio en peluquería y estética. Fui la mejor de mi promoción. Estuve trabajando para los estudios de Telecinco en Fuencarral, de prácticas. Me contrataron durante un mes cuando acabé». La madurez con la que habla no se corresponde con su edad. «Mi madre montó un bar en junio y necesitaba mi ayuda, así que aparqué mis estudios. Voy todas las tardes a trabajar de camarera. Pero me siento estancada. No quiero quedarme en el bar ni ser peluquera de barrio. Quiero trabajar en hoteles internacionales como masajista. Me hace falta inglés».

Alba no se va gracias a un programa europeo subvencionado, ni ha contactado con ninguna empresa. Gestiona su viaje a través de un intermediario: una agencia. La agencia le cobra 500 euros por buscarle alojamiento (por el que pagará 135 euros a la semana) y trabajo de camarera en un hotel (cobrando mil euros netos al mes). Si hiciera el trámite directamente se ahorraría el pagar esa tasa. El gran problema de Alba y de muchos jóvenes es que no tienen información de cómo irse, ahí es donde nace el negocio de los intermediarios. Pocos jóvenes conocen la red EURES, un portal europeo que ofrece una gran bolsa de trabajo y asesoramiento gratuito. Dispone de consejeros de cualquier país de la Unión en todas las comunidades autónomas. Otra herramienta muy útil son los foros de trabajo y contactos que ofrece la red social Linkedin.

Con o sin intermediarios, Alba y Laura tienen claro que aunque tienen su vida resuelta en España fuera hay un mundo repleto de posibilidades. Sólo hace falta tener iniciativa e ir a por ellas. “Los premios son para los que se arriesgan, y los fracasos también, pero a veces puedes convertir los fracasos en premios”, afirmó Laura. Algunos trenes sólo pasan una vez.

Alba comparte su aventura a Londres con sus amigos en el bar del barrio. Foto:I.M.B

Alba comparte su aventura a Londres con sus amigos en el bar del barrio

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Texto por: Iara M. Búa

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Me gusta desconectar de Madrid. Sumergirme. Recordar los atardeceres rojos, intensos, de Oriente Medio y los dorados, cegadores, de Sudáfrica. Hago el master para "hacer las paces" con una Europa que tenía olvidada. Blog personal, http://www.fronterad.com/?q=blog/2182

2 Respuestas to “Dejar el empleo ideal por un sueño” Subscribe

  1. Lidia 14 diciembre, 2012 en 18:48 #

    Un trabajo bien pagado, estable, con buen ambiente y buen horario es el trabajo ideal … sólo si te hace feliz. Si no, es simplemente un trabajo. No confundamos … ;)

  2. RAFAEL 15 diciembre, 2012 en 16:05 #

    Bueno Iara, el titular es mucho más sugerente que el contenido.No dejan un “trabajo ideal”, más bien una pide una excedencia y la otra pasa de ser camarera a media jornada con su madre a camarera de hotel en el Reino Unido.
    Aún así, si que hay que hacer la maleta alguna vez en la vida,tú lo sabes bien,y hay que hacerlo cuando nuestra mochila aún está vacía.Cuando la llenamos con hipotecas, matrimonios, hijos, …ya nos pesa demasiado.

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