Madrilánea

Repaso en taxi a la industria discográfica

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El protagonista de esta historia no es un taxista cualquiera. Es un conductor que vivió durante una década y desde dentro el «boom» de una industria discográfica que ahora se desmorona

Un taxista con una máscara

Carlos vivió intensamente la trastienda que esconde el mundo de la música y las discográficas (Foto: EFE)

Esta historia comienza un sábado invernal a las dos y media de la madrugada, en la madrileña glorieta de Bilbao. Tras elevar el brazo con la mirada fija en la calle de Carranza un vehículo blanco con una banda roja diagonal en cada puerta delantera se detiene y gira un cartel que cambia de «libre» a «ocupado». El taxímetro está en marcha. «Antes vendíamos 200.000 discos por una sola canción, eso ha pervertido la música». Eso me confesará el autor. Pero pasados unos días.

Al darle la dirección de destino, nuestro protagonista (al que llamaremos Carlos porque prefiere no revelar su verdadero nombre), mete primera y pregunta: «¿Un poquito de música, no?». Tras comentarle su buen gusto en la improvisada selección, explica que es un melómano y que trabajó durante diez años en la industria discográfica. Ante la sugerencia de concertar una entrevista para que cuente su historia, asiente. «Llámame», dice antes de seguir su jornada.

Han pasado 48 horas. Es domingo por la tarde y llueve en un barrio del sur de Madrid. Carlos baja de su casa ataviado con ropa entre deportiva y montañera, propia de la abstemia resaca del último día de la semana. Acudimos a un bar cercano, donde un hombre de jersey morado vocifera un extraño dialecto moldeado tras varios whiskies. Nos alejamos todo lo posible, pedimos un café y «una cerveza sin». También un cigarro de liar apagado entre sus manos. Ahora es la grabadora quien pone el cartel de «ocupado».

La música desde un despacho

«Estudié piano y estuve en el Taller de Músicos de Madrid. Además, mi madre era cantante lírica», explica sobre su relación con la música. Sin embargo, el papel protagonista de Carlos en este mundo estuvo al lado de la industria. En 1991 alternaba un trabajo en unos grandes almacenes con sus comienzos en una compañía de discos. Poco después, la ya desaparecida Twins, una discográfica, le ofreció un contrato a jornada completa. «Estuve un año y medio trabajando en el departamento de promoción de artistas», aclara. Tras esa etapa, a Carlos le fichó una multinacional. «Te has pasado al enemigo», le decían los que le conocían bien.

El cambio fue brusco: «tanto en lo cualitativo como en lo ideológico». Si su nuevo puesto de trabajo le ofreció una mejor remuneración, en el aspecto artístico se asomó a la cara más dura del negocio: «Primaba el criterio económico sobre cualquier dimensión artística». Ese era el precio que tendría que pagar.

Para Carlos, la introducción de tantas propuestas musicales extranjeras en el mercado nacional hizo que dejaran de fijarse  «en lo que se estaba haciendo dentro». Hijo de la Movida Madrileña, en los ochenta prefería un concierto en el Rockola a un macroespectáculo en Las Ventas: «Recuerdo a Aviador DRO, Siniestro Total, Nacha Pop…, aquella dimensión cercana». También cómo los grupos variaban su temática y su estilo en función de la clase social de sus componentes. «No nos engañemos, muchas de las bandas españolas las forman niños y niñas de clase media-alta que hacen pop; el rock era de los humildes», dice.

Detalle de las manos del taxista

Por sus manos han pasado buena parte de los artistas más importantes de los 90 (Foto: J. Fernández)

Los medios de comunicación son parte fundamental del negocio. Carlos explica las complicadas negociaciones para que sonaran unas determinadas canciones: «La decisión última era del medio, aunque se podía presionar en favor de unos u otros, dirigir los gustos de la mayoría». Y añade: «La homogenización de gustos que imponían e imponen las radiofórmulas es intencionada; el recelo hacia artistas con cierto compromiso ideológico era absoluto». Por supuesto, la radio es el gran altavoz musical. «En los ochenta, Radio 3 inauguró una época de libertades, era la gran referencia en este país», explica. El paso de los años quiso que «Los 40 Principales» le comieran el terreno a la cadena pública: «Tuvo un importantísimo papel en la tarea de trivializar la música». El hoy taxista recuerda al mítico locutor Joaquín Luqui como un hombre «con una intuición para los éxitos poco común, absolutamente entregado a la música comercial».

Para los profanos en el negocio disquero, las experiencias más impresionantes de la carrera de Carlos serían aquellas en las que viajó a Miami, donde pudo conocer a artistas de la talla de Brian Adams o Stevie Wonder. Él rehúye hablar de eso y prefiere evocar la mejor vivencia de su carrera: «una gira con Rosendo en mi primera etapa en ese mundo. Lo bien que trataba a su equipo y lo buena persona que es permitieron que disfrutara muchísimo durante aquellos días».

Y llegó la crisis del disco

Carlos ve la vida desde su taxi: «Aquella época terminó hace unos diez años. Las compañías buscaban un perfil distinto para mi puesto». Ahora observa desde un volante cómo el negocio discográfico se desmorona atacado por la piratería. Un problema que afecta a muchos trabajadores y empresarios, en el que cree que «no hay culpables ni inocentes». De hecho, pone sobre la mesa una paradoja: «Sony, que es una discográfica multinacional, inventó el CD, que abrió la puerta a la copia masiva de discos». Cree que, como tantos otros sectores, «estaba sobredimensionado hasta límites irreales». Y se acuerda de aquellos artistas que se quejan de no poder vivir de la música: «Me suena raro que ciertos artistas digan que no tienen para comer cuando se han forrado durante muchos años; pasa como en todo, las ganancias son privadas y socializamos las pérdidas».

Al preguntarle sobre si volvería a ese mundo, Carlos asegura que no: «Se trata de un trabajo que exige una gran dedicación y es muy estresante». Lo cierto es que antes de dejarlo pasó por dos compañías discográficas independientes. Más tarde trabajó en el sector de la publicidad y colaboró como conductor de Cruz Roja. «Incluso retomé mis estudios de Filosofía», añade. Fue en esta última ocupación cuando conoció a quien le facilitó su trabajo como taxista.

Apura su cerveza, el cigarrillo gira cada vez con más velocidad entre sus dedos. Tiene ganas de salir y respirar humo. Se queda pensativo y unos segundos después afirma riendo que los éxitos comerciales son «el hakuna matata de la música».

 

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