El cine: con textura y sin palomitas


Agazapado en un rincón de la calle Magallanes, el Pequeño Cine Estudio sobrevive a la crisis programando películas únicas en versión original. Una delicia para los cinéfilos y una rareza en estos tiempos de abrumador cine comercial
La fachada del Cine Estudio

La fachada de este lugar siempre alberga una cartelera atractiva para cinéfilos (Fotos: Pequeño Cine Estudio)

José Gago era un niño que en la España gris de la censura descubrió el cine a través de las películas de Buster Keaton y Charles Chaplin. Embelesado por la magia del celuloide, empezó a interesarse por ese mundo. «Fui cámara, monté un estudio de cine cuando era muy joven, incluso puse la primera lámpara de xenón en un proyector de Madrid», cuenta orgulloso.

Cuando habla, aunque lo hace con tranquilidad, da la impresión que respira cine en cada bocanada. Por eso no tiene palomitas en su sala, porque entiende el visionado de una película como un acto «casi religioso» donde la pantalla es la única protagonista. Apenas una máquina de refrescos decora el vestíbulo: «Es un pequeño harakiri, antes solo había una fuente de agua».

En plena transición a la democracia, él y dos compañeros más montaron el Pequeño Cine Estudio, una modesta sala donde exhibir películas que todavía eran sometidas a la prohibición de los censores. «Las que tenían algún tipo de contenido político o sexual no se podían ver. Así que fundamos este espacio como una Sala de Arte y Ensayo, ya que en ellas estaba permitida la emisión de largometrajes más extravagantes en versión original subtitulada». El lugar sigue catalogado como tal. Comenzó, en 1977, una andadura, que se extiende hasta nuestros días y que tuvo a Gago como único propietario casi desde el principio. «Hay quien dice que las butacas son más o menos cómodas, yo me quedo con lo que dijo un crítico de nosotros: que no importaba como fueran porque las películas que emitimos son para ponerse de rodillas», bromea.

Este lugar ofrece películas poco comerciales a todo aquel que quiera acercarse. «La figura del programador ya no existe, ahora solo siguen un calendario de estrenos», cuenta José, que considera su actividad casi artesanal: «Somos gente que nos gusta el cine y que buscamos satisfacer al público con la película que hemos elegido emitir».

Su apuesta por películas alejadas del circuito comercial tiene un precio. Reconoce que este minúsculo cine no da dinero y que tales carencias las suplen con los beneficios de la distribuidora que posee, con la que han comprado derechos, importado y subtitulado filmes… «Muchas películas las estrenamos aquí y luego recorren la geografía española, con eso obtenemos beneficios. Esto es como un trampolín».

Doblar las películas: mal camino

La crisis y los elevados impuestos a los que se ha sometido al mundo de la cultura afectan a esta sala: «He vivido otras épocas de vacas flacas pero esta es la peor, es demasiado larga». Admite que el incremento del IVA les ha obligado a subir los precios de las entradas, y que muchos espectadores van menos al cine. Sin embargo, la crisis del celuloide patrio no es exclusiva de estos tiempos; hace años que las salas de cine pierden afluencia. «La política española no es la más adecuada. En Francia saben hacer las cosas mejor; por ejemplo, no doblan todas las películas, así que el que quiere ver cine en su idioma, va a ver cine francés», afirma este purista que rechaza las películas dobladas, porque pierden «el verbo del actor», tanto como el cine subvencionado.

El empresario José Gago

José Gago reconoce que la figura del programador apenas existe

Atraer espectadores a las salas se ha convertido en una misión casi imposible. «Hay que educar a los niños desde abajo para que sepan disfrutar de una película, saber verla, tener esa sensibilidad especial». Tampoco se deja en el tintero la parte de culpa de los empresarios: «Deberíamos dar más calidad, y para eso habría que educar a los exhibidores, que supieran hacer una criba oportuna». No duda que el IVA al 21% es tan dañino como los nuevos modelos de consumir cine. No tiene reparos en admitir que «ya no es necesario ir al cine para ver una película» y que si la gente se conforma con la calidad que le ofrece una copia pirata, no se puede hacer mucho por evitarlo. Dice esto a pesar de ser consciente de que las entradas son caras para muchos bolsillos, aunque matiza que del precio de una de ellas come mucha gente, y a la sala apenas le queda un reducido beneficio: «El cine responde a un valor de mercado y si no hay rendimiento económico no se puede continuar».

La nostalgia de formatos sacude el final de la conversación, cuando mira de reojo el viejo proyector de cine que tiene a sus espaldas. «La decadencia de las películas en 35 milímetros es un hecho, sobre todo desde hace un año», dice con resignación. Aunque saca pecho y, mientras muestra el aparato por dentro y explica cada una de sus partes, afirma que él lo va a conservar. «El cine digital es más limpio pero los 35 mm guardan la textura del cine». Palabras que solo podría decir alguien que piensa en fotogramas.

 

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Texto por: Juanma Fernández

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Historiador reciclado en periodista. Escribo columnas en Heraldo de Aragón y mantengo un blog de opinión en La Vanguardia. Estuve dos años en ABC Punto Radio Aragón, donde hice casi de todo. Llevo gafas y mido 1,72.

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