Madrilánea

Ander Izagirre y «la libertad de hacer lo que te da la gana»

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Un periodista que camina por el Monte Ulía junto a un jubilado, viaja a Bolivia para escribir sobre una niña minera, publica sus crónicas de viajes en medios internacionales, no para de ganar premios y le llaman el «esparraguín de Navarra»

 

Ander Izaguirre relata los momentos que vivió junto a los protagonistas de sus reportajes. Foto: I.M.B

Ander Izagirre relata los momentos que vivió junto a los protagonistas de sus reportajes. Foto: I.M.B

Una vida buscando historias por los rincones del mundo. Una vida con poco dinero. Y en solitario. Así se podría definir la trayectoria del periodista Ander Izagirre, uno de los reporteros freelance más conocidos en España. La mayoría de sus seguidores ha hablado con él y visto sus fotos a través de Facebook o Twitter. Pero el mundo cibernético es incapaz de reproducir su vitalidad y su pasión al hablar de las personas sobre las que ha escrito.

No le gusta hablar de él, sino de la gente con la que ha vivido, con la que ha compartido su tiempo, capturando con palabras pedacitos de sus vidas. Tiene 37 años y ya ha realizado reportajes sobre la mafia siciliana para Jot Down y ha ganado el premio Manos Unidas por su conocido reportaje Mineritos, en el que escribe sobre los niños bolivianos que trabajan en las minas. También ha escrito un libro sobre Groenlandia, Groenlandia cruje, ha publicado en Ebook con Ecícero, ha dado la vuelta a España en Vespa y escrito varios libros de deporte como Plomo en los bolsillos, que va por su quinta edición. Pero Ander no relata sus premios, sino las vivencias de los protagonistas de sus textos.

Llega a la clase del máster. Enciende el proyector. Comenta las historias de sus personajes mientras conversa con los alumnos. Bromea. Se nota que ha disfrutado escribiéndolas y viviéndolas. Las imágenes de sus reportajes se remontan atrás en el tiempo. En el verano del 2007 tuvo un encargo turístico «en la época en la que los periódicos hacían encargos a un freelance» del Diario Vasco y El Correo. Le dieron la oportunidad de publicar todos los días, durante dos meses seguidos, una pieza a doble página. Él decidió buscar temas «distintos», y entonces encontró a Josetxo.

—Yo vivo en San Sebastián en el barrio de Gros, al lado de la playa Zurriola y el Monte Ulía. Cuando estoy harto del ordenador me voy a dar un paseo. Un día escuché hablar de un jubilado que todos los años cuidaba los caminos del Monte Ulía. Ponía losas en los tramos más complicados e incluso ensanchaba las curvas para que la paseantes no se agarraran a las ramas de los castaños cuando perdían el equilibrio. Este hombre (de 75 años) iba todos los días del año, lloviese o nevara, para cuidar cada rincón del monte; salvo el primero de cada mes. Porque hacía cola para cobrar la pensión.

En el bosque con un jubilado

Ander dedicó una mañana entera a pasear con Josetxo. La experiencia le valió la pena, para su reportaje, para conocerle. «Josetxo se daba cuenta de todo, hasta de las piedras que se movían en el monte. Me decía: «Esta piedra no estaba aquí ayer. Alguien me la ha movido». Él, que al principio era una fuente, se convirtió en la historia del reportaje. «Es lo bueno del periodismo lento, que puedes seguir a las personas», cuenta Ander mientras las imágenes del jubilado de 75 años recorriendo el monte —como si fuera su guardián— brillan en el proyector.

Josetxo, cuidando los rincones del bosque durante el reportaje. Foto: Ander Izagirre

Josetxo, cuidando los rincones del bosque durante el reportaje. Foto: Ander Izagirre

Lo mismo ocurrió con Reguilla Arruabanera, un hombre que decidió dar vida a raíces porque ellas le dieron la vida a él. «En 1993 cayó al vacío desde lo alto de una escalera, en una obra de Guernika, y quedó en coma tres días. Un día salió de su casa de Elorrio y entró a rastras en un bosque cercano. Allí encontró una raíz muerta. La tocó, la movió y empezó a sentirse cada vez mejor. Volvió a casa caminando a pie. Y en ese momento,comenzó su segunda vida». Izagirre decidió contar esta historia y compartirla. «Este hombre ya había aparecido en medios locales, pero su familia estaba harta de cómo le trataban los periodistas», comenta.

«Yo le propuse hacer una entrevista diferente. No quedamos en una cafetería sino que me fui con él al medio el bosque. Así conseguí un montón de detalles y escenas que enriquecían el reportaje». Escenas como cuando Juan obedece a las instrucciones del sol. «Se planta en mitad del camino, levanta el brazo izquierdo, apunta con el índice hacia lo más alto y fija su mirada en la bola de luz. Está acostumbrado al resplandor. Algunos de los acontecimientos más importantes de su vida le han llegado mirando directamente al sol». Escenas como las que vivió junto al jubilado Josetxo, recogidas en su libro Cuidadores de mundos.

Reencuentro con su minerita

Un océano separa la historia de Josetxo y Juan de la de Abigaíl, una niña que Ander conoció en Bolivia durante el 2009.  Abigaíl era una adolescente de14 años y «trabajaba en el Cerro Rico de Potosí, en unas galerías deterioradas, empujando vagonetas con cientos de kilos de mineral, a cambio de dos euros diarios. Lo hacía gratis, en una situación muy parecida a la esclavitud, porque debía cancelar una deuda injusta que los mineros cargaban a su madre viuda, guarda de la bocamina», escribe el periodista en su blog. Cuenta su testimonio a la clase mientras las imágenes de Abigaíl, entrando en la montaña minera, suceden a las de los cuidadores de bosques.

La historia de Abigaíl y la de 13.000 niños bolivianos que trabajaban en la mina (recogidas en el reportaje Mineritos) fue ganadora del premio Manos Unidas, publicada en diarios locales y nacionales. La foto de la niña fue portada en la revista italiana Popoli. Dos años más tarde Izagirre decide volver a esa montaña de mineros. Se encuentra con su personaje. Y con otra historia.

«Cuando volví me di cuenta de que había algo que no había visto: la violencia que sufrían las mujeres». Entonces decidió escribir la segunda parte de la vida en El Cerro, un territorio sin ley: «El primer día no, pero el cuarto o el quinto, las mujeres y los niños del Cerro empiezan a contarte historias tremendas. Lo terrible es que se repiten, con pequeñas variantes, en casi todas las casetas de adobe. Una señora te explica que tuvo dos abortos por las palizas que le daba su marido. Te enseña las cicatrices, las huellas de los mordiscos, te cuenta cómo le arrancaba el pelo… y todo delante de sus hijos, a quienes también zurraba de vez en cuando», explica el reportero en su blog.

Mientras pasa las fotos, una retahíla de escenas capturadas de los momentos que compartió con sus personajes se muestran en el proyector. Ander sonríe al ver una foto de Abigaíl, en su manos la niña lleva la revista Popoli «cuando volví le traje la revista y le hizo ilusión ver su foto en la portada». Ahora la niña tiene 16 años, va a la escuela por la mañana. Ya no trabaja más en la mina. «Aquella deuda esclavizadora quedó zanjada con la ayuda de Cepromin y algunos donantes». Ander cuenta que la joven participa en debates políticos. Dentro de dos años acabará la Secundaria y quiere ahorrar dinero para irse con su madre y sus hermanos a vivir a la ciudad.

Ander vuelve a Bolivia y le regala a Abigaíl el ejemplar de la revista italiana Popolo, donde publicó el reportaje Mineritos. Foto: Ander Izagirre

Ander vuelve a Bolivia y le regala a Abigaíl el ejemplar de la revista italiana Popoli, donde publicó el reportaje Mineritos. Foto: Ander Izagirre

Izagirre sigue hablando. Por un momento, se despega de las vidas de sus personajes y habla sobre él. Afirma que le gusta trabajar en «solitario», pero si hay alguien, una mano derecha que le ha acompañado, es sin duda Daniel Burgui. «Lo conocí hace nueve años, recién licenciado, ahora tiene 28. He viajado con él a Bolivia y a Groenlandia pero nunca hemos escrito nada juntos». Daniel Burgui ha sido el fotógrafo de algunos de sus reportajes y ha realizado otros trabajos «por su cuenta», aunque a Ander no le gusta escribir a «cuatro manos».

El espárrago de Navarra

El periodismo lento, al que le gustaría dedicar las 24 horas del día, no le da de comer, pero no «lloriquea». Dos alumnas del máster del año pasado se encontraron con él hace poco y le llamaron el «esparraguín de Navarra», porque en realidad vive del «espárrago de Navarra», de hacer trabajos «poco atractivos» como rutas de denominación de origen para la guía Repsol, junto con otros «proyectos de comunicación». Gracias a los dos meses que trabajó documentándose sobre el espárrago de Navarra, pudo permitirse ahorrar dinero y viajar. En busca de nuevos rincones. En busca de nuevos personajes.

«Lo bueno de ser autónomo es que tienes la libertad de hacer lo que te da la gana», espeta a los alumnos convencido de su filosofía de vida. La libertad de coger la maleta e ir a buscar una historia a cualquier parte del mundo. Pero no todo es tan fácil. Confiesa que está harto de comenzar una nueva lucha cada vez que quiere publicar un reportaje, que no puede gastar mucho ni tener familia, y que nunca sabe dónde va a aparecer el dinero ni qué revista le va a publicar. «El 2012 lo salvé gracias a 5.000 euros de un premio que gané y a otros 5.000 euros de uno de mis libros que se vendió como churros. A veces me pagan 100 eurillos por dar una charla al lado de mi casa». Ander pierde su vitalidad por un momento.

—¿Renunciarías a tu vida como freelance si te ofrecieran un trabajo estable?

—Justo ahora me acaban de ofrecer un contrato con un sueldo razonable. Creo que voy a decir que no. Aunque es un lujo decir que no, hasta suena a chulería. Me revuelve las tripas. Pero si lo acepto voy a estar frustrado tuiteando en casa pensando que me podía haber ido.

Pese a que su fuente de ingresos es imprevisible,  él ha decidido «hace mucho tiempo» tener la vida que tiene. Dedicarse a su periodismo «lento». Aunque matiza que hoy viaja a Salamanca para ver a unos amigos. «Quién sabe, igual  me echo novia mañana mismo, pasado mañana decido ser padre y el mismo viernes acepto el trabajo», bromea. La clase suelta una carcajada. Es un auténtico espíritu libre.

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