«Vine a buscar setas y llevo en el pueblo catorce años»


Enrique Flórez, tras su jubilación, ha comenzado una nueva vida partiendo de cero en una de las aldeas más solitarias y hermosas de Asturias
La Focella (Teverga) | Fotos: J. L. G.

La Focella (Teverga) | Fotos: J. L. G.

Me recibe puntual en la puerta de su humilde casa. Con su estilo abierto y campechano propio de estas tierras asturianas, me ofrece algo de beber además de chorizo y cecina para comer. Le digo que acabo de desayunar. Entonces descorcha una botella de vino y se sirve una pinta.

La vida de Enrique Flórez, cuya máxima es «siempre hay que empezar algo nuevo», no se ha detenido tras la jubilación. Al contrario, se diría que ha comenzado una nueva partiendo de cero. Sin dar un paso atrás, ha ascendido una por una las cien montañas «más bellas» de Asturias. En realidad han sido 99. En la base del Naranjo de Bulnes, un guía le pidió dinero y se negó a que lo subieran «como a un fardo». Ha recorrido la costa asturiana de punta a punta, partiendo del puerto de Bustio. Sin detenerse en las grandes ciudades «¿qué pintaba yo en Gijón y Avilés?», al llegar a Vegadeo tomó un autobús y regresó a casa.

Fuente Alonso | Año 1949

Fuente «Tomás Alonso» | Año 1949

«¡Es una pena que los asturianos no conozcan su tierra!» Su siguiente reto consistió en conocer todos los bosques de la región, que dicho sea de paso «son unos cuantos». En su excursión al de Montegrande, una de las mayores extensiones de hayas de la cornisa Cantábrica, tras patear la senda que atraviesa la cascada de los Xiblos, se topó con la aldea de La Focella. No lo sabía, pero aquel camino «encantador» le condujo a una casa de piedra con pisos bajos, situada en lo más alto de estos valles de acebo y texos, a un paso del puerto de La Mesa y las moles calizas de las Ubiñas. Una modesta vivienda, arracimada junto a otras formando una quintana, (conjunto de casas bajo un mismo techo).

«Aquí duermo a pierna suelta»

A medida que la niebla se disipa, se iluminan las crestas nevadas de Trobaniello y Peña Viguera. Sentado en un gran tazo de madera, que sirvió en tiempos para picar la leña, la luz blanquecina que entra por el ventanuco sin cristal de la bodega, muestra un rostro de 75 años con cejas pobladas, que forman un cómico triángulo sobre los ojos con expresión de chigre, (taberna asturiana).

Puerta

Puerta I

Enrique, un químico que ha trabajado para la empresa DuPont cuando ésta se estableció en Barcelona, es también un experto micólogo que maneja e identifica más de 350 especies diferentes de setas. Presidente en el pasado de una asociación micológica, en la actualidad imparte seminarios gratuitos sobre el tema, con salidas al campo en las temporadas de primavera u otoño. «Hay que ‘pedalear’ mucho para encontrarlas. Muchos enseguida ‘pinchan’ y se cansan». Más concurridas son las veladas, en las cuales se reúnen diez o doce amigos para comérselas y entonar cantares tradicionales.

Muchos de ellos pertenecen al coro del concejo. Realizan galas benéficas, la última durante las pasadas Navidades, con el fin de recaudar fondos destinados a un campamento de refugiados saharauis. En la misma, además representaron una comedia de tema popular ‘Las manzanas del pomar’, con divertidos monólogos −a los cuales es aficionado−. El éxito de público les obligó a repetir cartel hasta en dos ocasiones más. Perfeccionista en los ensayos «si hay que preparar el recital, se prepara», le gusta rescatar obras antiguas del repertorio, así como las tradiciones de nuestros abuelos en materia médica, lo que vulgarmente se conoce como ‘melecina casera’. Sin apenas ayudas oficiales, ha recopilado en un folleto los usos y virtudes de las plantas medicinales de la comarca de Teverga.

Puerta II

Puerta II

En esta aldea de montaña, a 1.100 metros de altitud, la nieve arrecia con dureza durante el invierno, dejando incomunicado al pueblo. «¡A mí Teverga me encanta! Aquí duermo a pierna suelta» Es la única persona que vive permanentemente en La Focella y debe hacer de todo: lavar, coser, planchar… Entre las tareas que se acumulan se cuenta la de amasar el pan. «He aprendido a cocer en el horno de leña y a esperar con paciencia el reposo de la masa, dándole tiempo a fermentar. Tengo fama de ermitaño». Sus antiguos amigos, en chanza se refieren a él como «el chiflado de Enrique», el mismo que buscó refugio «por su propia voluntad» en un pueblo prácticamente deshabitado, como reza la placa que ellos le regalaron a modo de despedida. En alguna ocasión, alguno de ellos se acerca por el verano a visitarlo. «Vienen para acá y me preguntan: ¿pero no te aburres? ¡Qué me voy a aburrir! Con un libro o con la música te trasladas a donde haga falta».

Noches de lobo

Entre corredores de madera desvencijados y muros de piedra semiderruidos, «una noche de Luna, que parecía que podías alcanzar las estrellas con sólo estirar los brazos, salí a dar un paseo. Al doblar la esquina y acercarme a la huerta se me heló la sangre. Un lobo sorprendido, estaba en la penumbra inmóvil frente a mí. Sus ojos rojos y encendidos me paralizaron». Tras unos instantes difíciles de precisar, el animal, que se encontraba solo, dio media vuelta y bruscamente saltó el cerco, perdiéndose su rastro monte abajo.

Una experiencia que añadir a la lista. Todos los fines de año, así como el día de Año Nuevo, sube a un pico distinto. Sin importar las condiciones climatológicas, mantiene su palabra incluso ante sí mismo. Sin negociaciones ni contemplaciones.

Alguien podría pensar, al encontrarse por casualidad con él en ese techo natural donde habita, que se encuentra ante un monje budista alejado de la realidad. En meditación con el reflejo cambiante de las aguas de la laguna de La Focella. Nada más lejano a su carácter. Alegre, cercano, un poco obstinado. Solidario en el trabajo con los vecinos. Amigo de la sidra; de cantar en compañía de sus amigos. Con esa voz curtida en centenares de chigres. Un incansable recorrido hasta llegar a esta solitaria loma de Teverga y convertirse en lo que es: un paisano que ama profundamente su tierra.

Álamos

Álamos

 

La Focella

A la entrada del pueblo se encuentra su huerto, un terreno rectangular con una ligera pendiente y distinto a los demás. Siete bancales negros sobresalen acolchados sobre los senderos de piedras, extraídas al cavar el lecho profundo en que se asientan las verduras y los ajos. Las plantas, cercanas unas de otras, cooperan mutuamente para defenderse del viento y mantener la humedad en la estación seca. Tierra cultivada en profundidad como las raíces de Enrique, hundidas en la agreste geografía de Teverga.

Este pueblo, prácticamente deshabitado a lo largo de los ochenta, intentó ser comprado para desarrollar un proyecto turístico. El plan no prosperó debido al afecto de algunos vecinos que no estaban dispuestos a desprenderse de sus casas, hórreos y propiedades. Cercano al Camino Real de La Mesa, vía de comunicación de Asturias con la meseta y posteriormente utilizada como cañada para el tránsito de ganado ovino, sus habitantes han vivido en contacto con los arrieros dedicados al comercio de vino, cereales y ganado atendiendo las diferentes ventas que jalonaban el Camín Real. Aldea tradicional de vaqueiros de alzada, sus vecinos no cumplían con el servicio militar hasta bien entrado el siglo XX gracias al privilegio de hidalguía, que desde el siglo XI, el rey Bermudo III concedió a Manulfo Bellido, natural del pueblo. En adelante, todos los vecinos gozaron del privilegio de hidalgos, ofreciendo anualmente al rey «un caballo rosillo y un rocín sendero», además de encender un cirio el día de San Miguel en la iglesia de la cercana localidad de Páramo.

 

 

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Vista I La Focella

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Texto por: J. López García

Ver los artículos de J. López García
(Asturias, 1969) Tras pasar los últimos 20 años como físico en la Universidad de Oviedo, ahora me encuentro de corresponsal en la calle Montera.

7 Respuestas to “«Vine a buscar setas y llevo en el pueblo catorce años»” Subscribe

  1. Midoun Bravo 6 abril, 2013 en 7:36 #

    SI que es un boniito pais !

  2. hamahiru 6 abril, 2013 en 13:56 #

    Joer, sí que había setas en ese pueblo.

  3. Ana Mª. García 6 abril, 2013 en 20:36 #

    Que nadie se llame a engaño. Aunque la vida de Enrique Flórez pueda parecer paradisíaca a primera vista, no
    lo es tanto. Tiene su contrapartida: además de la soledad que puede resultar muy dura en las noches del largo invierno tevergano, la supervivencia en el aislamiento social conlleva unos sacrificios y un precio que no siempre estamos dispuestos a pagar. Hay que ser fuerte, física y mentalmente y saber superar constantemente los miedos y temores que continuamente asaltan al ser humano.
    ¡Hurra, Enrique!.

  4. montymeer 20 mayo, 2015 en 9:47 #

    Yo no podria vivir en un pueblo asi.
    Es verdad que esw bonito y seguro que para unas vacaciones está genial.
    Pero pasar toda tu vida en un pueblo pequeño donde apenas hay cambios y los inviernos son duros…
    Yo soy mas de ciudad.
    Aunque me encanta ir a buscar setas!!
    Saludos

  5. inmobiliarias en granada 17 febrero, 2017 en 14:57 #

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