El Palanquilla


Nuestros abuelos no podían ni besarse en la calle y yo me despierto la semana pasada con un tipo que sale en un vídeo retirándole el pelo a una menor que le está practicando una felación a su novio
Cartel de peligro niños

La pornografía infantil es uno de los grandes problemas que afectan a internet (Foto: Yuichirock)

De jóvenes, nuestros abuelos no podían ni besarse en la calle y yo me despierto la semana pasada con una polémica en Twitter sobre un tipo que sale en un vídeo retirándole el pelo a una menor que le está practicando una felación a su novio. Una felación utópica en estos días: pública y sin recortes. En un parque y a plena luz del día. Pública y con público, porque había tanta gente viéndolo en directo, que daba la impresión de que tenían un anfiteatro delante y el cartel de entradas agotadas. Tan numerosos eran los asistentes, que uno lo grabó, se lo pasó al novio y este, cuando la dejó, lo difundió. Son cosas del ser humano, que de venganzas y exhibicionismos sabe un rato.

La opinión pública centró el asunto en lo terrible (lo es) de que un vídeo de menores practicando sexo pueda tener una difusión inmensa y descontrolada en apenas unas horas. Sin embargo, no hubo tanto debate sobre el verdadero protagonista de la performance, el sujeto que recogía y retiraba con delicadeza los cabellos de la dama: el Palanquilla.

Gordote, rubio y con gafas, el chaval logró en unas horas 18.000 seguidores en Twitter. No es para menos. En un internet infestado de porno, una felación tiene más bien poco de interesante; se trata ya de algo mundano, coloquial, incluso didáctico. Pero encontrar al Palanquilla y su acción sí es novedoso. Por supuesto, carece de todo interés erótico, pornográfico o sexual. El hecho es tan bizarro y surrealista, que su valor debe tocar a filósofos, teólogos, historiadores, biólogos y, si queda tiempo, algún psicólogo. Sin quererlo, el Palanquilla puede habernos enseñado una evolución de las relaciones entre los seres humanos, quizá influidas por una secularización imparable que relativiza el sexo y su difusión entre personas que se tienen confianza. No lo sé. Entrar en la mente de una generación ajena es una tarea casi imposible, y puede que el Palanquilla nos quede lejos a los que nacimos en los ochenta. Aunque probablemente también se les escape a muchos de los noventa.

Al final, uno acaba buscando la explicación en lo más bello porque todos somos de carne y hueso, y pertenecemos a la misma raza (siempre gusta dejar el patio lo más limpio posible). Por eso quiero pensar que el Palanquilla hizo eso por amor, porque esa chica era su reto imposible, mariposas en el estómago y noches tragando techo sin dormir. En el fondo, no todos los hombres tenemos el mismo aguante para intentar conquistar a una mujer. Yo me compré una moto porque teóricamente se ligaba, luego me enteré que para eso además era necesario cambiar el tubo de escape para que hiciera ruido y preferí no pillar cacho a tomarme la molestia de ir a un taller. Por eso hay que creer en un amor ciego y en el mérito del colega para pelear por un deseo incontrolable. El «pagafantas» ha evolucionado a «sujetapelos» pero todo cambia para que todo siga igual. Por eso, mientras el Palanquilla aguantaba el tipo y el pelo, mientras se tragaba el orgullo y el peso de la ambición, pensaba: «Este gilipollas no te merece».

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Texto por: Juanma Fernández

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Historiador reciclado en periodista. Escribo columnas en Heraldo de Aragón y mantengo un blog de opinión en La Vanguardia. Estuve dos años en ABC Punto Radio Aragón, donde hice casi de todo. Llevo gafas y mido 1,72.

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