El pastor anglicano que reconquistó su fe en Oriente


Tras viajar por todo el mundo, el galés Nigel Thomas se ordenó sacerdote con casi sesenta años y ejerce en la Iglesia de San Jorge
Nigel Thomas en el interior de la Iglesia de San Jorge

Nigel Thomas en el interior de la Iglesia de San Jorge. Foto: V.R.A

Siempre quiso ser sacerdote. Al menos fue así hasta los 16 años. Pero por aquel entonces se describe a sí mismo como «un joven melenudo al que le gustaba el rock and roll». Pensó que necesitaba un poco de libertad y no meterse en un colegio teológico. Natural de Gales, a sus 60 años es hoy sacerdote en la Iglesia Anglicana de San Jorge, una pequeña capilla situada en el distrito de Salamanca, en el cruce de Hermosilla con Núñez de Balboa.

El tiempo discurrido entre aquel adolescente rockero y el pastor anglicano es la historia de Nigel Thomas y su viaje para canalizar una fe que nunca perdió. Lleva casi diez años en España. Desde hace tres años Nigel es profesor de idiomas y estudios religiosos en el colegio King´s College de Tres Cantos. A primera vista, sus ojos claros, su melena cana y brillante y su altura le confieren la apariencia de cualquier guiri que va a Benidorm. Pero hace dos años le ordenaron como sacerdote. «Era ya algo mayorcito», matiza riéndose.

En su juventud, cuando terminó la carrera de Letras en la Universidad de Leeds decidió apartar aquellas ganas que había tenido de ser sacerdote. Estudió un postgrado en educación y estuvo un par de años dando clases en Cardiff, capital de Gales. Aunque ya no vive allí, todavía tiene buen conocimiento del deporte de su país. Habla del Swansea, y de su gran temporada en la Premier League, con un equipo plagado de españoles, de su gran estrella nacional, Ryan Giggs, y de su nueva figura, Gareth Bale. Pero reconoce que su deporte favorito es el rugby.

Este galés habla con fluidez el castellano. Realizó un intercambio en Sevilla, donde pasó un año. «Me lo pasé muy bien pero arruiné un poco mi español», cuenta con humor mientras pone acento andaluz. Poco después se fue a Argentina, donde trabajó haciendo traducciones y dando alguna clase de inglés. En total, siete años en los que vivió el drama de la dictadura: Videla, Viola, Galtieri. Nombres que no olvida. Como británico le tocó vivir en suelo enemigo la guerra de las Malvinas: «Todavía tengo amigos allí y en ese momento me apoyaron mucho. Pero fue un momento muy difícil. Había determinados sitios a los que no podía ir porque me insultaban». Se metían con él por el hecho de ser británico. Nigel tiene su propia visión de la guerra: «Sabía como funcionaba la dictadura. Los soldaditos venían de las provincias norteñas. Cuando se enfrentaron con el ejercito profesional británico aquello fue una masacre». Una guerra inútil. Como todas.

Con el tiempo, una oferta de trabajo de una editorial le devolvió al sur de Inglaterra. Comenzó a trabajar como editor de libros en sus oficinas de Basingstoke. Trabajó allí durante tres años. Las dos décadas siguientes fue trabajando de editorial en editorial. En uno de esos empleos alcanzó el puesto de director de ventas al exterior. Viajó a la India, a Japón o a Pakistán. Aquellos viajes le devolvieron a su sueño original. Nunca perdió la fe.

«Yo no sabía nada sobre el Islam. Empecé a hablar mucho con gente sobre su fe. Es una religión muy íntima». Nigel reflexiona sobre cómo esas conversaciones le ayudaron a pensar en su propia fe. Entonces tomó una decisión. Un proceso de fermentación que le llevó a implicarse en la iglesia desde dentro. Lo que siempre había querido. Vivía en Londres,  cerca de una pequeña catedral junto a la Tate Gallery. Tenía cuarenta años y su fe, que siempre había estado ahí, despertó.

Fachada de la Iglesia de San Jorge. Foto: V.R.A

Fachada de la Iglesia de San Jorge. Foto: V.R.A

Una comunidad abierta al debate

«Al principio yo me encargaba de la escuela dominical». Su experiencia sirve para entender la importante penetración de la sociedad laica en la confesión anglicana, algo que a su juicio es una diferencia importante con el catolicismo. Después llegó a España. Pero no vino solo. Se había casado con una española que había conocido en Londres un poco antes de iniciar su camino en la Iglesia Anglicana. Ahora viven en Manzanares del Real y tienen dos hijos.

«¡Mira, otra cosa distinta!», ríe.

Dice que no hay ningún tipo de incompatibilidad. La mayoría de los sacerdotes tienen familia e incluso los obispos pueden estar casados. De las diferencias más importantes con la religión católica, el papel de la mujer es al que más importancia concede: «Tienen todos los derechos que tengo yo. Cuando llevé a mi mujer a mi catedral de Londres, al entrar no percibió diferencia. Pero, claro, cuando se fijó vio que era una mujer quien oficiaba la misa».

A pesar de todo, Nigel no quiere transmitir la sensación de que todo es sencillo. «Existe mucho debate. Ahora se discute si casar a los homosexuales y la mayoría está en contra. Pero por lo menos tenemos un debate público». Cuenta los problemas en Estados Unidos porque un pastor homosexual dijo que tenía derecho a vivir con un hombre y eso creo una brecha muy grande con los anglicanos de Nigeria, que son mucho más conservadores. Estos debates suceden entre los diferentes países de la comunión anglicana. Ésta tuvo su origen como una relación estatal, ligada al reino de Inglaterra tras el conflicto de Enrique VIII con el Papado. Pero la expansión del Imperio Británico llevó sus leyes, su idioma y también su fe por todo el mundo. El Arzobispo de Canterbury es el jefe espiritual de todas esas comunidades anglicanas que se encuentran en comunión con la Iglesia de Inglaterra. El debate está presente por las divergencias de cada territorio.

Una iglesia para el barrio

Antes de convertirse en sacerdote hace poco más de dos años, tuvo que servir como diácono, una figura que hace de vínculo con los más necesitados. «Es realmente la fe en acción», lo describe Nigel. Es obligatorio servir al menos un año para acceder al sacerdocio. Algunos dedican toda su vida a esa tarea convirtiéndose en diáconos perpetuos.

En la Iglesia de San Jorge, dedicada al santo patrón de Inglaterra, son cinco personas: el propio Nigel, otro sacerdote que ejerce de capellán, una reader, que puede ocuparse de las lecturas pero todavía no puede consagrar, y una pareja de misioneros. Con tan poca gente, «todos hacen de todo». Los anglicanos dan mucha importancia a la eucaristía. Por eso, explica Nigel, realizan tres misas el domingo: A las 8.30, a las 10 y a las 11.30. Pero su actividad no se limita solo a eso. Con la crisis ha aumentado el número de personas que acuden a pedir ayudas. Sus recursos son limitados, solo el capellán recibe una asignación económica, pero intentan ayudarles a encontrar trabajo.

Realizan también charlas de alcohólicos anónimos, gente con deudas, personas con problemas de sobrepeso y también un kindergarten para los niños. A lo largo del año realizan dos rastrillos abiertos al barrio en el que se vende comida, se pone un bar y se realizan juegos infantiles. Además, realizan dos ferias de libros anuales y algunos conciertos de coro. En este punto, Nigel reconoce que están tratando de hacer un esfuerzo para mejorar la web y mejorar toda la comunicación de sus actividades.

El recinto está presidido por una iglesia de pequeñas dimensiones, pero que aparenta cierta monumentalidad si se observa desde el exterior. Data de la década de 1920 y fue construida por el arquitecto vizcaíno Teodoro Anasagasti Algán. Planta de cruz latina. Interior sencillo. Un pequeño rosetón deja pasar la claridad e ilumina el altar mayo. En los laterales de esa única nave central, pequeñas vidrieras adquieren un carácter ornamental al estar diseñadas con las imágenes de los santos británicos: San Patricio, San Andrés, San David y San Jorge, entre otros. Los muros son lisos: «Los ingleses no conocimos el barroco, es un estilo de la contrarreforma católica», explica Nigel.

Una copia de la Biblia y un cojín hecho a mano ocupan cada una de las 150 plazas de esta iglesia. Cuenta Nigel que en la misa de once de los domingos se alcanza la media entrada, pero que hay ocasiones señaladas en las que el recinto está a rebosar. Como por ejemplo el domingo más cerca al 11 de noviembre, día en que recuerdan a los fallecidos en las dos guerras mundiales «y en general de todas las guerras».  En ese mismo día de 1918 terminó la Primera Guerra Mundial. «Es un día especial. Vienen la embajadora de Nigeria y alguna vez ha venido el de Japón».

Altar de la iglesia. Foto: V.R.A

Altar de la iglesia. Foto: V.R.A

Mientras nos muestra el órgano y un púlpito de madera, tallado a comienzos del siglo XX, reflexiona sobre su deseo de estrechar más los lazos con la Iglesia católica «porque son muchos los puntos en común». Pone el ejemplo de las zonas de la costa, donde hay mucha población británica y muchas capillas tienen un uso compartido. Dice que para ellos la colaboración es «fundamental» porque muchos de sus compatriotas también lo están pasando mal con la crisis y ahora no pueden volver a su país después de haberlo perdido todo. Eso en Madrid es algo más difícil, «porque es un clero más político y conservador».

No hay rencor en sus palabras y sí ganas de seguir trabajando. Es consciente que es una relación difícil y la ejemplifica con un caso de universal entendimiento: «Cuando era niño, en todos los pueblos de Gales había iglesia católica y anglicana. Los niños luego se machacaban entre sí cuando jugaban al rugby. Es una relación como el Madrid y el Barça». Termina como empieza, hablando de fútbol.

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Texto por: Victor Ruiz de Almirón

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«Estos son malos tiempos. Los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe libros».Marco Tulio Cicerón

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