Casa Emaús: La solidaridad como militancia


Este centro abre sus puertas para mostrar su compromiso y solidaridad con los más desfavorecidos. Allí, cristianismo y socialismo no son incompatibles

Gonzalo López / Miguel Jorquera

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Cristianismo y socialismo van de la mano en la Casa Emaús. Un lugar donde el nombre de Jesús de Nazaret puede oírse junto a términos como «dictadura del capital» y «autogestión». Este complejo situado a las afueras de Torremocha del Jarama alberga un proyecto de convivencia, clases y seminarios encaminados a emitir un potente mensaje: «La solidaridad es la única respuesta frente a la injusticia y la pobreza». Es el hogar del Movimiento Cultural Cristiano (MCC).

Al traspasar el umbral de la extrañeza, la casa abre las puertas y muestra en su propia génesis, los valores que profesa. Este edificio, con sus 80 habitaciones, su biblioteca y sus comedores, fue construido sin ningún tipo de patrocinio a partir de la solidaridad de los voluntarios. Una constructora levantó la estructura con el dinero que los asociados reunieron, pero el resto fue construido con el tiempo y el esfuerzo de alrededor de 300 personas. Ingenieros, abogados, filósofos y también obreros. Actualmente, las personas que acuden allí los fines de semana son asignadas en grupos de trabajo para aclimatar la vivienda y preparar las actividades. Julián García, uno de los responsables del MCC, lo resume como «colaboración entre profesionales y entre generaciones». Carpintero de profesión, cuenta los sacrificios que hicieron los militantes para levantar la casa: «Yo, que no sé de fontanería, he puesto 90 cuartos de baño. Me enseñó el único compañero fontanero que había. Creemos que hay que colaborar para existir y no luchar para sobrevivir», dice Julián.

Al pasear por las instalaciones, parece evidente que la filosofía a la hora de elegir el mobiliario ha sido la humildad y la audacia: habitaciones vestidas con lo mínimo necesario, vajilla y muebles obtenidos a partir de donaciones, lámparas elaboradas con latas de conserva. Nada sobra en la Casa Emaús. Ni siquiera la comida. De hecho un cartel recuerda la importancia de servirse solo lo que se vaya a comer. Elena Gutiérrez, estudiante de Medicina en la Universidad de Alcalá de Henares, cuenta que lo que más le impresiona es «el hecho de que dejar restos en el plato sea un feo a los pobres».

Quizás la temperatura de los pasillos recomiende llevar un jersey de cuello vuelto, pero la actividad en la que está sumergida la casa caldea el ambiente. Los estudiosos pueden acudir a la biblioteca mientras los niños reciben clases de música, teatro o planean acciones reivindicativas. Las familias pueden alojarse gracias al trabajo de Judith: su marido y sus hijos hacen las veces de guardeses del albergue: «Somos una familia normal». Su día a día consiste en tener acondicionada la casa y ocuparse de la llegada de los grupos. También hay cursos de formación cultural en los que se imparte desde Filosofía hasta Economía. La casa está bien provista para todo ello. Cuenta con pistas de baloncesto, aulas, colecciones de minerales, talleres y hasta un pequeño estudio de radio.

«Es posible vivir de otra manera»

Una lata se puede convertir en una lámpara en la Casa Emaús. FOTO: G.López

Según la revista Autogestión, la principal tarea del MCC es la «educación como tarea apostólica», promover el cambio demostrando que «es posible vivir de otra manera». Y la mejor forma de demostrarlo, en palabras de Julián García, «es el ejemplo por el hecho». Eso consiste en promover la solidaridad por medio de la solidaridad, al tiempo que se educa acerca de la realidad incómoda que rodea a la sociedad. El origen de este movimiento de la Iglesia se encuentra en el obrerismo católico contestatario al régimen de Franco, en la figura de Guillermo Rovirosa y en las Hermandades Obreras de Acción Católica (HOAC) surgidas en los años cuarenta como alternativa al sindicalismo oficial.

Su firme intención de pasar de las palabras a los hechos se resume en el concepto de «militante cristiano», que es aquel capaz de «ver, juzgar y actuar» al tiempo que se «acerca a la figura de Jesús de Nazaret». Pilar, una gallega que llegó al MCC a los veinte años, es una de estas personas. Según ella, se encuentra en «la parcela de la Iglesia» donde su familia y ella pueden «transformar activamente el mundo».

En una de las aulas, varios jóvenes preparan una marcha que el movimiento realizará en julio de 2014 contra la esclavitud infantil. Para ello, están planeando acciones reivindicativas que van desde «miniobras de teatro» o recogida de firmas, a la elaboración de carteles de protesta. Magye, una de las chicas que participa en un taller, afirma: «La sobriedad te hace valorar las comodidades de casa». Para Josefina, otra de las estudiantes que ha acudido a la biblioteca para estudiar, «la caridad empieza en el de al lado, y no solo en tiempos de crisis».

La denuncia

Paro e inmigración son algunas de las injusticias que el movimiento denuncia. Según Cáritas, la desigualdad se ha incrementado en España y la pobreza severa (con ingresos de menos de 307 euros al mes) alcanza ya a tres millones de personas, el doble de los que estaban en esta situación antes de la crisis. En cuanto a la inmigración, el Sindicato Unificado de Policía (SUP) declaró recientemente: «Hay redadas contra inmigrantes, millones de actuaciones arbitrarias e ilegales, y unos CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros), deplorables que atentan contra la dignidad mínima exigible para cualquier ser humano».

Ante estos problemas, el MCC tiene varios proyectos en marcha además de la Casa Emaús: una editorial de libros, Voz de los Sin Voz, para difundir la cultura con libros a precio simbólico; la revista Autogestión; una Campaña por la Justicia en las Relaciones Norte-sur; un Proyecto de promoción en Venezuela y una Red de Casas de Cultura y Solidaridad con más de 32 alojamientos en la geografía española, según la web Solidaridad.

Mientras tanto, en el pueblo, no mucha gente tiene claro cuál es el propósito del edificio. «Es una casa de acogida para gente con las mismas creencias», dice María. Pero en general parece valorarse que la casa actúe como reclamo para atraer turistas y clientes. Según Elisa, que regenta uno de los bares de la localidad: «Me parece bien todo lo que traiga gente». Aparte del turismo y el ocio, Torremocha del Jarama es un lugar para la solidaridad y el activismo.

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