No es país para ovejas


Menos pastores y menos ovejas con la crisis. Algunos intentan reinventar el oficio con tradición, calidad y armonía con el medio ambiente
Ovejas fotografiadas a las afueras de Torrelaguna. FOTO: G. L.

Ovejas fotografiadas a las afueras de Torrelaguna. Foto: G. L.

Los pastores una vez fueron protagonistas de las églogas. Sus ovejas, en palabras de Garcilaso de la Vega, «al cantar sabroso estaban muy atentas, los amores […] escuchando». Ahora parecen tener preocupaciones más mundanas. Un rebaño pace a las afueras de Torrelaguna a escasos metros de una urbanización construida en pleno auge inmobiliario. El esplendor que le dio nombre de lana esquilada (vellón) a un pueblo cercano, parece cosa del pasado. La naturaleza casi paradisíaca a la que hacía referencia la lírica de Garcilaso suena más bien remota al ver a Abdul. Un inmigrante que cuida un rebaño que no es de su propiedad junto a una urbanización de adosados: un pastor de los de ahora.

Abdul es un marroquí que llegó a España en 2008 después de trabajar durante varios años en Francia. Como tanto se oye estos días, trabajó de todo. Albañil, mozo de almacén, jardinero y finalmente pastor. Al preguntarle si le gusta su trabajo, sonríe y afirma que lo que le gusta «es el dinero que gana». No se le puede culpar. Las ovejas no dejan de comer ningún día y a Abdul le han contratado para apacentarlas, haga el tiempo que haga, a la distancia que sea necesaria. Allá donde haya pastos, van Abdul y el rebaño.

Las doscientas cabras y ovejas rubias (una especie en peligro de extinción según el Catálogo de Razas de Ganado de España), escuchan atentamente la conversación con sus cabezas vueltas hacia la voz del pastor. «Si no fuese por los tres perros que me acompañan, las ovejas no me harían ni caso», comenta Abdul. Reafirma sus palabras con un par de gritos secos para evitar que dos de los animales suban una empinada cuesta. Esta vez sí que le han hecho caso. El marroquí tiene la cara enrojecida por el frío, pero admite que el tiempo «en Francia era mucho peor».

Abdul y sus dos perros pastores. FOTO: G.L.

Abdul y sus dos perros pastores. Foto: G.L.

Confiesa que un periodista le hizo algunas preguntas hace unas semanas. Y no es sorprendente, porque a raíz de la crisis, un oficio que estaba tan falto de manos (el perfil de pastor estaba en 2009 en el catálogo de ocupaciones de difícil cobertura del INEM), volvió a ponerse de moda. Este mismo año, según un estudio de la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente, el 90% de los españoles percibía el desarrollo de las zonas rurales como fuente de empleo ante la crisis. Pero, ¿realmente ha sido así?

La decadencia de un modo de vida

Según datos de la Comisión Europea, España pasó, entre 2007 y 2012, de 22 a 17 millones de ovejas. Entre las causas, el encarecimiento que se ha producido desde 2009 en el gasóleo agrícola (40%), pienso (20%), electricicad (7%) y medicamentos para el ganado. El número de pastores también se ha resentido. Por ejemplo, en Castilla y León, entre el año 1988 y el 2008 se ha pasado de 24.236 a los 9.672 pastores que existen en la actualidad, según la Unión de Campesinos de Castilla y León.

Con la crisis, muchos puestos de pastores y esquiladores se han cubierto en condiciones precarias. Es posible encontrar rebaños cuidados por inmigrantes «por 600 euros al mes, sin seguridad social, ilegales», según Fernando García Dory, director de la Escuela de Pastores de Asturias y activista y portavoz de varias iniciativas puestas en marcha por pastores, como el Proyecto Pastor o BAH, Bajo el Asfalto está la Huerta.

El pastor, clave para el futuro

Pero la crisis también es una oportunidad para algunas iniciativas. La Borda de Pastores es un «parque de divulgación del ovino» donde se ofrece la oportunidad de ser pastor por un día o apadrinar a un rebaño. «Trabajar con las ovejas y andar con ellas por el campo te conecta con lo auténtico, con la naturaleza», afirman en su blog. Muy alejada de esta tarea divulgativa y ese enfoque turístico, un pequeño grupo de pastores montaron la cooperativa Los Apisquillos para conciliar el pastoreo con la sostenibilidad forestal, agrícola y social. Lo hacen a las afueras de Puebla de la Sierra, un pueblo situado a poco más de 100 kilómetros al norte de Madrid, en las estribaciones del Puerto de Somosierra. En declaraciones para Soitu de uno de los pastores de la cooperativa, «durante 20 años, el ladrillo ha sido el gran enemigo de los rebaños en todos aquellos lugares donde era factible cargarse el pasto para hacer grandes urbanizaciones». Según él, ahora lo que hace falta son pequeñas explotaciones que ofrezcan «calidad por cantidad».

Además, se han fundado escuelas de pastores en Picos de Europa, Andalucía, Cataluña o Arantzazu. En general, pretenden aumentar el grado de profesionalidad del pastor. En algunos casos, según la web de la escuela de Picos de Europa, se pretende también transmitir a la sociedad «los saberes tradicionales» de «una actividad pastoril renovada» y que sea «económicamente viable, socialmente equitativa y medioambientalmente sostenible». Según el director, García Dory, ya se han formado ocho promociones de pastores, se ha incrementado el interés por el oficio y se ha inspirado a otras escuelas. Se están incorporando personas con «educación media o superior» entre los «25 a 35 años».

«El ganado ovino es el que presenta un mejor aprovechamiento de los pastos áridos o semiáridos», según el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente. En un país donde tanta importancia tienen este tipo de ecosistemas, la figura del pastor tienen cierto papel en el mantenimiento de la biodiversidad. Pero además, es una pieza clave en el desarrollo social de los pueblos y en la transmisión de su legado cultural. ¿Qué ocurrirá si España no es país para ovejas?

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Texto por: Gonzalo López Sánchez

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