Detrás de cada risa


El psicólogo Rafael Ubal imparte talleres de risoterapia en los que enseña a la gente a vivir con optimismo y a superar los problemas de su día a día
Rafael Ubal, presidente de Donantes de Risas. Foto: S. M.

Rafael Ubal, presidente de Donantes de Risas. Foto: S. M.

La risa salvó a las enfermas de su infierno. Estigmatizadas por su esquizofrenia y un alto coeficiente intelectual dejaron de medir su tiempo en minutos y empezaron a medirlo en pastillas. Entonces conocieron a Rafael Ubal y empezó a aplicarles, entre otras terapias alternativas, sesiones de risoterapia.

Rafael era aún un joven psicólogo cuando descubrió el poder curativo de las carcajadas. Junto a un equipo de psiquiatras, supervisaba el tratamiento de enfermas mentales superdotadas y las ayudaba a curarse. Para su sorpresa, observó cómo aquellas pacientes que recibían sesiones de risoterapia y musicoterapia comenzaban a reducir su dosis de medicación.

El nombre de Matilde le suscita orgullo. Es uno de los logros profesionales y personales más importantes para Rafael. La joven sufría fuertes episodios de alucinaciones, que combatía con grandes dosis de medicación y lágrimas. Matilde compartía enfermedad con genios de la pintura como Edvard Munch o Vincent van Gogh. Inspirado por estos ejemplos, el psicólogo le ayudó a convertir sus alucinaciones en argumentos para crear historias fascinantes: «Ahora es cuentacuentos y escribe libros», comenta satisfecho Rafael mientras señala una foto de ella colgada en su despacho.

Aunque parezca una terapia moderna, el buen humor se receta desde hace siglos. En el siglo XVIII, el doctor William Battie ya aconsejaba la risoterapia (aunque el tratamiento aún no tenía un nombre propio) a sus pacientes, al igual que Sigmund Freud en el siglo XX, que afirmó que ayudaba a liberar energía negativa. Numerosos estudios científicos le dieron la razón después: descubrieron que el córtex cerebral libera los impulsos eléctricos cuando aflora la risa.

La ‘felizsofía’ y las enfermedades sociales

Desde esa experiencia han pasado más de 20 años y Rafael ya no trabaja con enfermos mentales. Tiene menos pelo en la cabeza y más en la barba. Sus pesadas ojeras contrastan con su amplia sonrisa, que en mucha ocasiones se abre para soltar una larga y sonora carcajada. Desde sus talleres de risoterapia enseña técnicas para ser feliz a personas corrientes. Lejos de ser algo banal, el uso de la risa en la vida cotidiana esconde toda una compleja filosofía: la felizsofía. Rafael fundó la asociación de Donantes de Risas junto a Dora Ballabriga para curar lo que ellos llaman «las enfermedades sociales».

En sus sesiones de risoterapia ayudan a las personas a averiguar por qué están tristes sin motivo o a superar algo tan humano e irracional como el miedo. «Una enfermedad social es la quejorrea. Tenemos ventanillas para las quejas, pero no para los agradecimientos. Es más saludable agradecer que quejarse», comenta Dora. «Generación tras generación hemos heredado la belicosis congénita», afirma el psicólogo, comentando lo instauradas que están palabras como «guerra», «combate», «polémica» o «pelea» en nuestro vocabulario.

La felizsofía es una vacuna para la cultura del miedo. Tenemos pánico a todo: a perder un trabajo, a que nos robe un desconocido o a sufrir una enfermedad. «Tenemos sobredosis defensiva. Cada vez surgen más instituciones que tienen que ver con la palabra defensa: el Ministerio, el defensor del pueblo, el del menor, el universitario… Además estamos rodeados de Policía y aún así contratamos seguridad privada. Estamos socialmente a la defensiva y esto nos hace ser enfermizamente serios», dice Rafael, que utiliza la risa como sinónimo de libertad.

Terminator, 300 o Rambo son algunas de las películas que estimulan o sacian nuestra necesidad de violencia. Para Rafael, este arcaico espíritu guerrero es fruto de la ignorancia. «Las primeras veces que te tiraban a las piscina cuando no sabías nadar peleabas por estar a flote. Luchabas porque no sabías. Ahora que ya sabes te atreves a hacerte el muerto en el agua porque has descubierto que es más fácil flotar que hundirse», explica Rafael.

Los políticos también sufren estas enfermedades sociales. Son víctimas y verdugos de ellas. El discurso de estos risoteraupeutas tiene un matiz antisistema: «Nosotros trabajamos para promover la inteligencia», comenta el psicólogo, «si hubiera una vacuna de desimbecilización antes de ir a votar cuando hay elecciones, cambiarían los resultados electorales», afirma entre risas y continúa, «nuestros políticos están haciendo su trabajo muy en serio. Igual si lo hicieran de cachondeo nos robarían un poco menos».

Esta seriedad crónica nos la inculcan desde pequeños. Los padres utilizan la seriedad como sinónimo de honradez. La frase «eso no es serio» suena como argumento recurrente en todas las discusiones.

Aprender a ser feliz

Algunas personas se acercan a los talleres de risoterapia porque han olvidado reírse de los problemas o porque están pasando un momento crítico en su vida personal. Otros ya lo han incorporado a su modo de vida, como Diana, que cumple ya su séptimo año como alumna: «En dos horas tu cabeza se libera. La mochila de problemas que llevamos todos a cuestas la dejamos fuera y nos dedicamos al libre pensamiento». Es gerente de una denominación de origen de vinos y ha incorporado a su estrategia de empresa un «plan de desarrollo y felicidad»: «Si llegas un día contento al trabajo, todos lo notan».

Al entrar a una sesión de risoterapia se respira un ambiente de tranquilidad y desinhibición, donde personas aparentemente desconocidas se abrazan sin pudor. De fondo suena la canción Ser feliz es gratis, de Rosana. No les importa sentirse observados. No les importa realmente nada. Están concentrados solo en sí mismos. Estas clases duran dos horas: media de teoría y hora y media de práctica. Dora ha sido la gran anfitriona de la clase de este miércoles. Han imaginado cada uno un objeto y han interactuado con él haciendo gestos como si lo tuvieran en las manos: «Contactas con un compañero visualmente, le lanzas el balón y tiene que convertirlo en el objeto que él haya elegido», explica Dora mientras gesticula. El contacto, tanto visual como corporal, es el pilar central. Acaban la sesión dándose besos y abrazos y con la promesa de ir a tomar una caña. Una actitud que a cualquiera le parecería rara fuera de clase o del ambiente familiar.

Mónica es también alumna y una mujer todoterreno. Trabaja como presentadora de eventos, de cuentacuentos o haciendo espectáculos de magia. Pero entre tanta tarea, siempre encuentra un hueco para la sesión. Es una cura contra su timidez y reconoce que le ayuda bastante en su trabajo: «Me ayuda a a la hora de subirme a un escenario y a relativizar y calmar los nervios». El placer de soltar una carcajada sin motivo devuelve a las personas a una de las épocas más felices de su vida: la infancia: «Saca el niño que hemos olvidado, ¿por qué los adultos no podemos jugar?», pregunta Diana. En sus clases de risoterapia, se sienten realmente libres.

Además de Pepe Viyuela (el nombre del cómico con el que inauguró su escuela en la que desarrollan los talleres), Rafael pide prestadas estrofas de Silvio Rodríguez o de John Lennon y se confiesa heredero de los Monty Python’s. Pero sobre todo, lleva con él un poema de Miguel Hernández. Uno de los poemas más tristes de la literatura española –Nanas de la cebolla– suena en su boca como un esperanzador homenaje a la risa: «Desperté de ser niño. Nunca despiertes. Triste llevo la boca. Ríete siempre».

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Texto por: Sara Montero Minguez

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