Cómo ser el mejor librero del barrio


La Librería Taranco, con más de 50 años de historia, cerrará debido a los problemas de memoria de su propietario. Los vecinos han tratado de disuadirle, sin éxito
Jesús Taranco

Jesús Taranco detrás del stand de los libros más vendidos. Foto: J.C

En la avenida Marqués de Corbera, nada más salir del metro La Elipa, dos señoras de avanzada edad entran en la Librería-Papelería Taranco. Un local demasiado reducido para ser una librería si solo se conoce la FNAC o La Casa del Libro, pero lo suficientemente atractivo para ser el punto de encuentro de los vecinos que quieren iniciarse en la lectura. Jesús Taranco, su dueño, es «El mejor librero del barrio» según la placa del escaparate situada entre lo nuevo de Arturo Pérez-Reverte y el premio Planeta de este año. Pero el veterano librero ha decidido echar el cierre, tiene problemas de memoria y no puede seguir transmitiendo su amor por la lectura tal como le gustaría.

El pasado julio la librería cumplió 50 años de existencia. Taranco recomienda nuevas lecturas a los vecinos que le acompañan, también charlan sobre la situación del barrio. En toda la mañana no se ha acercado ningún joven. La Elipa ha sido siempre un barrio obrero que acogía a los que huían de la dureza del campo en los años sesenta, según comenta Taranco. Él mismo procede del pueblo abulense donde nació Isabel la Católica, Madrigal de las Altas Torres, para ir luego a Ávila a comenzar Veterinaria por deseo de su padre. Sin embargo, lo suyo era la lectura y siempre había deseado tener su librería. Por ello, y con apenas 20 años, decidió abandonarlo todo para ir a Madrid y cumplir, así, esa aspiración.

«Creo que soy el único en todo Madrid que lleva al frente de su propia librería más de 50 años», asegura orgulloso Taranco. «Algo habré hecho bien cuando desde hace 20 años soy el único librero del barrio, les he echado a todos», añade con tono jocoso. Con respecto a la crisis, afirma que hasta este año no la ha notado, «pero este es un barrio donde ahora hay mucho paro y poca gente joven, los clientes de toda la vida han ido muriendo». Lejos quedan aquellas tardes en las que recibía a un nuevo vecino que buscaba trabajo como fontanero y que apenas sabía leer. «De lo que más orgulloso me siento es que a toda esta gente inculta, que venía de arar en el campo, les pudiera iniciar en la lectura», presume para decir que era ese señor que no había pisado la escuela quien más podía compartir su pasión por las letras.

«Estoy perdiendo la memoria»

Ahora vive su ocaso particular. «No vendo como antes y, además, lo paso muy mal porque estoy perdiendo la memoria», declara resignado Taranco al no poder recordar el título del libro que ha estado leyendo en las últimas semanas. Las grandes cadenas también son responsables de la decadente marcha de la Librería Taranco. Rechaza el trato impersonal de estos establecimientos: «Tú vas a El Corte Inglés y te señalan donde se encuentra el libro por el que preguntas, no tienen ni delicadeza ni ganas de molestarse en ir a la estantería para acercártelo». «¿Eso es atender al cliente?», pregunta sin buscar respuesta. Su mala opinión se extiende a las grandes editoriales, de las que desconfía: «Hacen leer libros escritos por gente que no tiene ni idea y, entretanto, las librerías ya no quieren grandes clásicos», apunta indignado.

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El exterior de la librería. Foto: J.C

Acaba de entrar un viejo amigo. «Cliente de los de toda la vida, al igual que mis hijos», asegura, e insiste en que son muchos los que intentan evitar el cierre de la Librería Taranco. Conversa con la esposa de Taranco sobre el alto nivel de paro en el barrio. En el intercambio de opiniones, la señora asegura que con Franco pagaban bastante menos impuestos; vivían «muy bien» en la dictadura.

«Se le quiere mucho en el barrio», dice Conchi García, de la asociación de vecinos La Nueva Elipa. Cree que se ha mantenido todo este tiempo porque «vive por y para el libro», disfruta tanto de su trabajo que «nos lo contagia a todos». Esa pasión para difundir la cultura entre los vecinos llega hasta el punto de sus múltiples colaboraciones en las actividades que promueve la asociación. «Nos asesora y nos apoya donando libros o impartiendo charlas», explica. Pero, pese a todos los intentos por evitar el cierre de la librería, García entiende la decisión tomada por el propietario. «Mis tres hijos tienen su propia vida, yo también me alejé de los deseos de mi padre», comenta el librero.

«¿Tiene papel vegetal?», pregunta una señora de mediana edad a quien no reconoce el veterano librero. No lleva mucho tiempo en el barrio, aunque ya ha oído hablar de la librería a través de su hermano mayor. «No, ya no me queda», le responde Taranco. «Pues tendré que ir al chino», se despide en una metáfora de los nuevos tiempos.

El librero con las letras de la imprenta

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Texto por: Javier Calero Sánchez

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