Historias de una terminal


Las lágrimas de las despedidas y los rostros de desesperación ante los retrasos contrastan a diario en Barajas con las sonrisas de los reencuentros
Pareja se reencuentra en el Aeropuerto de Barajas. Foto: E. R.

Una pareja se reencuentra en el aeropuerto de Barajas. Foto: E. R.

Siete de la mañana. El susurro de las maletas deslizándose por la terminal despierta a los viajeros noctámbulos. Mientras el sol aparece por las cristaleras, el aeropuerto arregla sus pasillos para recibir a cerca de 125.000 personas, como las del avión de Ryanair con destino Oporto. A las 9.20 estará en el aire.

En ese vuelo viaja Iván. O debería. Son las 9.18 y aún no ha llegado a la puerta de embarque. La larga cola que esperaba para entrar en el avión ha llegado a su fin y la azafata espera que den las 9.20 para cerrar la puerta. «Creo que falta uno», se le oye decir a una de sus compañeras. «Da igual, nos vamos», responde antes de romper la última esperanza de Iván de coger ese vuelo. Siete minutos más tarde aparece él corriendo a lo lejos. Es demasiado tarde. No puede esconder su enfado al contar que ha tardado mucho en el control de la Policía, pero acaba bromeando: «Será la primera vez que un avión sale a la hora».

Iván no es el único que tiene problemas para pasar el arco de seguridad. En el mismo lugar en el que ha sido retenido se encuentra Tomás quitándose los zapatos. Cristina –su mujer– y su hija Alba ya han superado el registro y le esperan con paciencia. Mientras, Tadeo sigue haciendo sonar el detector de metales. Está descalzo y ya se ha quitado hasta el cinturón. Su cara muestra la desesperación del momento, pero consigue mantener la calma. Prefiere no entrar en conflicto con la Policía y se desahoga al alejarse del puesto de seguridad. «Me quitan el champú, la colonia y yo que sé qué más y todavía siguen tocando los cojones», dice enfadado.

Son imágenes habituales que se ven en el cruce a la zona internacional, en la frontera entre lo que ha ocurrido y lo que queda por vivir. En un lado está Tomás, que acaba de empezar su viaje a Perú. Ha conseguido mantenerse sereno al despedirse de su novia Laura y darle el último beso, pero rompe a llorar cuando la pierde de vista. Acepta un pañuelo de un viajero que se conmueve al verlo y saca una sonrisa cuando le da una palmada en la espalda.

En el otro lado, Laura no es capaz de calmarse. Diez minutos después del adiós continúa con los ojos rojos. Una lágrima amenaza con caer por su mejilla. Bebe un poco de agua de una botella que acaba de sacar de la máquina. Su hermana, junto a ella, la mira preocupada y explica que Laura aún no ha pronunciado palabra desde que se despidió de Tomás. Al fin consigue superar el nudo que tiene en la garganta y comenta que su novio se marcha «con la intención de no volver». No será «fácil» visitarlo.

Situaciones dispares

Mika y Sarah presencian la escena desde lejos. La pareja, procedente de Finlandia, lleva una semana en Madrid y confiesa –no sin dificultades para hablar español– que se ha quedado sin dinero y que lleva dos días en el aeropuerto. «No teníamos dónde ir», dice Mika con resignación. Sarah busca el lado bueno y asegura que tendrán «una historia que contar», a falta de tres horas para que tomen el vuelo de Finnair 3184 con destino Helsinki.

En la zona de llegadas, los amigos de Nuria cuentan los minutos para verla de nuevo. Viene procedente de Mánchester, donde se marchó hace más de un año. Las pantallas indican que el avión ya ha aterrizado y sus amigos empiezan a ponerse nerviosos. Despliegan una pancarta en la que se lee «Nuria, welcome home» («Nuria, bienvenida a casa») y esperan inquietos diez minutos hasta que Nuria aparece a lo lejos. «Ahí está, ahí está». Cuando se acerca, ve a Raúl, el más alto de sus amigos; lee la pancarta y empieza a reír. «¿Quién va a su lado?», pregunta Álvaro. Las miradas se centran inmediatamente en el chico rubio que le lleva la maleta. Nuria no viene sola.

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Texto por: Eduardo de Rivas

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