El «cementerio de los artistas» donde brotó un jardín


Cadalso intentó exhumar a su amada en el mismo camposanto donde enterraron a Lope de Vega. En este lugar de la calle Huertas se levantó una floristería que lleva 125 años en pie

El puesto de flores que pertenecía a la familia Martín desde 1889

LORENZO.- Y el sol va saliendo, de modo que estamos en peligro de que vayan viniendo las gentes y nos vean.

TEDIATO.- Razón tienes. Podrán sorprendernos. Esconde ese pico y ese azadón. No me faltes, mañana a la misma hora y en el propio puesto. Tendrás menos miedo, menos tiempo se perderá. Vete, te voy siguiendo.

Objeto antiguo de mis delicias… ¡Hoy objeto de horror para cuantos te vean! Montón de huesos asquerosos… ¡En otros tiempos conjunto de gracias! ¡Oh tú, ahora imagen de lo que yo seré en breve! Pronto volveré a tu tumba, te llevaré a casa, descansarás en un lecho junto al mío; morirá mi cuerpo junto a ti, cadáver adorado, y expirado incendiaré mi domicilio, y tú y yo nos volveremos ceniza en medio de las de la casa.

En la penumbra de la noche madrileña, el tenue destello de un candil alumbra al militar y escritor José Cadalso que acude desolado al «cementerio de los artistas» para despedirse por última vez de su amada. Nada quedaba ya de la belleza de la actriz María Ignacia Ibáñez («La Divina») que siempre le había embelesado y que el tifus le arrebató. Ayudado por un fiel amigo, un pico y un azadón, trataban en vano de exhumar los restos de la joven. Con esta escena se toparon los soldados de la Santa Hermandad en la oscuridad del 22 de abril de 1771. Su intentona, mezcla de la pasión y el alcohol, provocó tanto revuelo que el rey Carlos III decidió prohibir todos los enterramientos circunscritos al centro de la ciudad. Estas desdichas inspiraron a Cadalso para escribir la novela Noches lúgubres, donde narra su propia historia. Allí mismo, en la confluencia de la calle Huertas con la plaza del Ángel, fue donde la familia Martín decidió instalar  –una vez retirados los cuerpos– una de las primeras floristerías de la capital en 1889: «El Jardín del Ángel». «Es un verdadero oasis, la vida que hay aquí ahora contrarresta con la muerte», expresa convencida Pilar Vigara, la actual propietaria.

Lope de Vega, Práxedes Mateo Sagasta, Ventura Rodríguez, Ramón de la Cruz y otros tantos literatos, artistas, cómicos y arquitectos formaron parte de la historia del célebre Barrio de las Letras. En la Iglesia de San Sebastián figura el acta de defunción de todos ellos, que fueron sepultados en el camposanto sobre el que florece este vergel desde hace 125 años. «Alguna vez me han preguntado si aquí ocurren fenómenos paranormales». «Es cierto que se perciben energías, pero son simpáticas, nos llevamos bien. Cuando desaparece algo siempre digo: “Ya está Lope de Vega tocando las narices”», bromea Vigara.

La propietaria, Pilar Vigara, escoge flores para un ramo. Foto: Gabriela Grech

Después de varias generaciones regentando el negocio, la familia Martín decidió ceder su invernadero a Pilar Vigara, una extremeña que dejó una productora de televisión hace tres años para hacerse cargo de la «boutique de las plantas», como a ella le gusta denominarlo. «Me pasaba la vida en la televisión y no veía a mis hijas. No tenía tiempo para nada, vivía demasiado deprisa. Este negocio también es muy esclavo pero trae muchas alegrías, te permite estar en contacto con la naturaleza y volver al origen en plena ciudad», explica sonriente la empresaria.

Inspirada por la pléyade de virtuosos que coexistieron en el vecindario, Vigara ha organizado una asociación de amigos del jardín a través de la cual busca aunar el arte y la música con las flores. «Una mujer extremeña que vive en el barrio hace unos poemas deliciosos, a veces viene a recitarlos; otra chica que toca la flauta travesera, vino y se puso a tocar; y también tengo cantantes y pintores que vienen casi todos los sábados. El objetivo es que la gente disfrute del arte, que fomenten los sentidos y que expresen todo lo bueno que tienen dentro».

«La jardinería une a padres e hijos»

Junto a un olivo centenario, del que cuelgan decenas de lazos con mensajes optimistas que los clientes suelen dejar al marchar, dos niños se entretienen dibujando entusiasmados por el entorno del que disfrutan. Con el anhelo de despertar las emociones de los más pequeños, Vigara también organiza talleres para niños. «Vi la necesidad de hacer actividades con niños por mis hijas, para que se despeguen de la televisión. Tienen 3 y 6 años y no conocen las cosas simples que permite estar en contacto con la naturaleza. La jardinería es una actividad que une mucho a padres e hijos», asegura la propietaria con conocimiento de causa.

La magia y «la intimidad del lugar», que menciona Pérez Galdós en su obra Misericordia, ha atraído también a anunciantes que se han rendido al encanto y al colorido floral. «Aquí se han grabado anuncios para alguna empresa inglesa, para la Liga de Fútbol e incluso para un banco». No obstante, Vigara no acepta celebrar cualquier tipo de evento, solo aquellos que «armonizan con el sitio». «Hace tiempo, me comprometí para organizar un evento porque me pagaban bien, pero al día siguiente las plantas estaban mustias». Vigara cree que interactuar con las flores hace que estas luzcan más esplendorosas, por eso evita «todo aquello que pueda perturbarlas».

«Me encanta cuando la gente dice que parece que está en París»

Consciente de que está inmersa en un negocio que no retorna grandes beneficios, trata de buscarse las mañas para llegar a fin de mes sin renunciar a su vocación creativa. Tanto es así que para decorar el invernadero se deja llevar por la iniciativa de los vecinos. «El mensaje escrito en el suelo de la entrada –“Hay gente extraordinaria que pone color a nuestras vidas”– lo dejaron unos chicos con síndrome de Down que vinieron a exponer sus dibujos. Me dijeron que no me podían ofrecer nada, pero todo lo contrario, su visita fue un regalo y ahí está la prueba. Yo me aferro a ello para no perder las ganas».

Los clientes, en su mayoría turistas –por este enclave pasan al año más de un millón de viajeros–, en muchas ocasiones entran atraídos por la estética del colorido jardín. «La mayoría llegan sin intención de comprar, pasean y disfrutan del entorno. Me encanta cuando la gente dice que parece que está en París». La aspiración de Vigara es que la floristería llegue a convertirse en un lugar de encuentro y de reposo en medio de la vorágine de la urbe. «Deberíamos pararnos un poco, reflexionar y acercarnos más los unos a los otros. La gente necesita hablar y que le hablen, algo que hacemos poco. Lo que quiero es que este sea un lugar donde venga la gente a relajarse, que estimule los sentidos y que, al menos por un rato, sea feliz».

Calle Huertas nº2

28012 – Madrid

Abierto todos los días de 10.30 a 21.00 horas.

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El puesto de flores en 1889, cuando pertenecía a la familia Martín

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Texto por: Marta R. Domingo

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