Máximo Óptimo, el general de la risa


«La calidad la filtra el público, el auténtico permiso debe darlo la gente que se para. No tiene sentido que haya una selección de artistas callejeros, donde nadie tiene claro los requisitos que exigen»
Máximo Óptimo. Foto: Paolo Gatti

Máximo Óptimo. Foto: Paolo Gatti

Vestido con traje militar de camuflaje, zapatillas rosas y bombín al techo. Máximo Óptimo promete al público dos inverosímiles: cabalgar sobre un monociclo de dos metros de altura y realizar malabares con una motosierra. Promesa dramática mediante, el espectáculo de este artista callejero madura poco a poco hasta concluir en el apoteosis planteado. Y, cuando el ayuntamiento lo autoriza, el fuego añade peligrosidad a la apuesta. «Forma parte de la esencia del show, transmitir más riesgo del que verdaderamente hay. Nosotros somos profesionales», asegura Máximo Óptimo, quien más allá de los artificios arroja contra el público toda la sátira que puede improvisar en los 45 minutos que dura su actuación.

«El acceso a la risa y a la cultura es una necesidad social como la sanidad»

Antón Fernández Rodríguez (Madrid, 1978) es el hombre bajo el bombín. Un actor procedente de la compañía del maestro Hernán Llene, premio Max en 2005 por Mejor Adaptación de Obra Teatral. El madrileño comenzó a formarse como artista callejero en la Escuela Municipal de Circo de Alcorcón y más tarde en la Escuela de Circo Carampa donde aprendió acrobacia, malabares, equilibrios y clown. «La gente piensa erróneamente que nosotros elegimos la calle porque no hay otro sitio. Habrá casos, pero también somos muchos los que elegimos racionalmente trabajar allí. Por mis cualidades y mis técnicas, necesito ejecutarlo en ese entorno».

La vida acontece en la calle. «Las cosas importantes no ocurren en salones, ni en parlamentos, ni en palacios, todo acaba ocurriendo en la calle, en las plazas. Es un lugar tan bueno que muchos artistas elegimos trabajar allí. Es un lugar óptimo, ideal», sostiene el artista madrileño que recuerda que el teatro nació en las calles.

«Creo en mi oficio. El mío es un trabajo que implica un bien social. El acceso a la risa y a la cultura es una necesidad social como lo puede ser la sanidad o la comida», afirma. Por eso mismo, Antón Fernández no comprende la indefensión que sufre este tipo de arte: «Es un limbo legal. No está prohibido pero depende de autorización». Cuando la Policía recibe el aviso de un ciudadano molesto con un artista callejero, el abanico de sanciones es tan largo como la normativa municipal permite. «No es que nos sancionen gratuitamente, suelen avisar varias veces. Pero me ha ocurrido alguna vez que un policía me ha dicho que venía porque una persona se ha quejado de que no le gusta mi espectáculo. Imagínate la de gente que no le gusta el trabajo de un policía», expresa.

«¡La cultura deben protegerla, no sancionarla!»

El pasado noviembre, Antón Fernández, Premio del Público 2013 en el festival de artistas callejeros de Alcobendas, padeció en sus carnes la arbitrariedad de la normativa. Mientras actuaba en la plaza de Ópera, dos agentes de la Policía Municipal le sancionaron «por ocupación de la vía publica y realizar juegos de malabares acotando un espacio sin permiso municipal».  Y no era su primera multa. Desde su cuenta en Facebook, el madrileño mostró su indignación días después: «Le pregunté al policía dónde tenía que pedir ese permiso. El agente me dijo que en ningún sitio. Que nadie me iba a dar una autorización parecida. ¿Entonces? ¿Están pidiendo algo que no existe? ¿Es una multa ilegal?».

Máximo Óptimo en su monociclo. Foto: P.G

Máximo Óptimo en su monociclo. Foto: P.G

Un ciudadano suizo observó con asombro la escena. Mientras el agente escribía la multa, el suizo vociferó en muy buen castellano: «¡La cultura deben protegerla, no sancionarla!». A continuación sacó 100 euros y se los dio a Máximo: «Ven a Suiza, allí lo que haces será muy bienvenido». Sin embargo, aunque el cómico madrileño ha llevado su espectáculo por muchos países –Italia, Marruecos, Francia, Inglaterra…–, no sopesa mudarse al extranjero por el momento. «Mi madre vive aquí, mi hijo estudia aquí. Tengo un arraigo tremendo en Madrid. No me iría, me echarían», manifiesta el cómico, de cuyos ingresos dependen su mujer y dos niños. «Lo que sí te puedo decir es que si fuera un artista extranjero y viera lo que hay en Madrid me marcharía al día siguiente».

La multa sirvió de advertencia para lo que el distrito centro de Madrid preparaba desde finales de verano. La Junta Municipal celebró en octubre unas pruebas de selección entre los músicos callejeros que quisieran actuar en la zona. El jurado dio licencia  a 316 de los 460 músicos que se presentaron al casting. Entre los que pasaron el corte estaba Máximo Óptimo, acordeón en mano. El cómico madrileño, en un alarde de agudeza, o quizá de desesperación,  acudió a las pruebas acompañado del instrumento con el que adereza su show. Sorber un vaso colocado en un largo bolo sobre su cabeza, mientras toca el acordeón, forma parte de su espectáculo callejero. Más parodia que música. Pese a superar el corte, el cómico cuestiona los criterios seguidos por el jurado: «La calidad la filtra el público, el auténtico permiso debe darlo la gente que se para. No tiene sentido que haya una selección, donde nadie tiene claro los requisitos que exigen».

El reparto de licencias no soluciona nada en el resto de barrios, donde la falta de claridad sigue imperando. Antón Fernández, integrado en la Plataforma de Artistas de calle de Madrid, cree que «si las instituciones no pusieran tantas prohibiciones y problemas» los artistas podrían desarrollar plenamente su obra. En su opinión, es algo bueno para el turismo que al Ayuntamiento le sale gratis.

«No me dirijo a los niños, para ello hay gente que trabaja en espectáculos exclusivamente infantiles. No llevo una nariz roja, pero en todo caso los payasos se dirigen a los adultos. Hago un trabajo para todos los públicos, adultos y niños, para izquierda y derecha, un humor universal que no ofenda a nadie. Si ofendo a alguien es que hice mal mi trabajo», asegura.

Máximo Óptimo termina su función convertido en un soldado travestido. La motosierra sigue brillante en el suelo, sin gotas de sangre vertidas, junto al monociclo de dos metros hasta hace un rato izado con Máximo encima. «Soy un idiota que reclama cariño y lo único que demuestro es que soy un imbécil al que todo le sale fatal. Subirme a un monociclo tan alto lo hago para que el público me quiera. El payaso lo único que quiere es que la gente le quiera».

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Texto por: César Cervera Moreno

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«Si estuviera dispuesto a excitar al motín y a la cólera a vuestras mentes y corazones, sería injusto con Bruto y con Casio, quienes, como todos sabéis, son hombres honrados»

Una respuesta to “Máximo Óptimo, el general de la risa” Subscribe

  1. Mario Cazzaniga 14 octubre, 2015 en 14:09 #

    Este pibe, ANTON …. es un fenómeno … un artista de la calle ESPECTACULAR ….. SI NO FUERA ASÍ, COMO ES POSIBLE QUE EN LAS JORNADAS CERVANTINAS DE ALCALA DE HENARES HAYA
    SEDUCIDO-CAUTIVADO A MAS DE 100 PERSONAS EN CADA UNA DE SUS ACTUACIONES´, manteniendo el aplauso, la atención y la risa de los asistentes. Además …creo que su hijo de 3-4 años le AYUDA en el espectáculo ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡.

    Es un fuera de serie y tiene un futuro inmenso.

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