Encerrados en el metro de Moncloa


Los pasajeros del suburbano abrieron por la fuerza una de las bocas en obras ante la sensación de que estaban atrapados
Metro Moncloa con entrada levantada

Metro de Moncloa con la persiana levantada. Foto: M. J.

El viernes 30 de enero, aproximadamente a las doce y media de la noche, los viajeros que bajaron del metro en Moncloa se toparon con la boca de la calle Princesa cerrada. Ese día empezaron las obras para reformar la salida, noticia poco conocida entre los usuarios habituales. Además, no había personal de la empresa pública ni seguridad privada que recordase a los usuarios la particularidad de aquella noche.

A esa hora, entre los viajeros hay notable predominio de jóvenes etilizados, ya sea por la bebida o por la emoción ante la copa que les espera en alguna discoteca del barrio. Tienen la desinhibición necesaria para tomar decisiones en momentos de incertidumbre sin pararse en consideraciones secundarias.

La claustrofobia por el encierro bajo tierra hizo que nadie se acordase de lejana salida de la calle Arcipreste de Hita. Máxime cuando el primer obstáculo para la salida en obras de la calle Princesa era una pálida membrana verde. La gente, paralizada por la sensación de estar encerrada, salió del estupor cuando unos forzudos decidieron probar su músculos levantando la valla que se interponía entre ellos y la salida. Entre sorprendidos y emocionados, los viajeros empezaron a cruzar aquella persiana abierta:

-Pero tronco, mira al tío ese

-¡Vamos, vamos!

-Joder,¡que está levantado la puta puerta!

-Vamos, tú tira».

Se abrió la puerta a una rampa escombrosa que hacía las veces de escalera. Los cascotes de la obra la hacían más empinada, como una pirámide azteca por la que podían caer cualquiera de los tacones inseguros o de los cuerpos con sobrepeso que intentaban llegar hasta la acera firme. La subida se hizo con menos jolgorio que el instante de la apertura. Si el cruzar la persiana se vivió con una secreta comunión de estar haciendo algo prohibido, en la escalada apareció cierto individualismo de «sálvese quien pueda», unido a los primeros gruñidos por una gracieta que empezaba a ser pesada:

-¿Pero esto qué es? Está todo roto, ¡qué vergüenza!

-Menuda mierda. Ten cuidado con el escalón cari, no te vayas a caer»

En un ejercicio de espontánea solidaridad, los forzudos encontraron seguidores que les sustituyeran a la hora de mantener el escape abierto, sosteniendo con una mano el peso del hierro y con la otra el de su cubata.

Alguna buena persona debió de avisar a la policía, que se personó diligentemente en el lugar de los hechos. El espectáculo de un tropel de gente avanzando por una salida que se suponía cerrada tuvo que  torcer la noche al guardia. Aquello no procedía de una protesta contra los recortes sino de una señal de obras poco visible. O de una no señal. Por allí se encontraba algún ciudadano despistado, que por preguntar qué pasaba, se llevó una ración de simpatía de la autoridad. El policía le pidió el DNI, algo encrespado ante tanta curiosidad. Y todo se zanjó cuando le informó de que la multa, no se sabe si por preguntar o por echar fotos de la persiana rota, podía llegar a los 700 euros.

Para Metro de Madrid, el incidente nunca ocurrió. Según el departamento de comunicación, no hay «constancia de ningún incidente registrado» en Moncloa.

Para los que no son de la capital, viajar en metro ofrece la emoción de lo exótico, la reproducción en cuerpo propio de sensaciones imaginadas desde provincias y sólo intuidas a través de  películas. Son emociones que duran poco. Cuando uno se acostumbra, el metro acaba siendo un transporte reptil y telúrico, rehabilitado únicamente por el gesto de humanidad que supone ceder el asiento a otra persona. Hay noches en las que esa humanidad se inflama y es capaz de abrir puertas donde no las había.

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Texto por: Miguel Jorquera Garcilópez

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