¿Es ético hacer programas como «Operación Palace»?


Coincidiendo con el aniversario del 23-F, La Sexta estrenó un falso documental sobre el golpe de Estado realizado por Jordi Évole. ¿Se deben realizar este tipo de programas?
D. NEBREDA - SÍ

SÍ – D. NEBREDA

Estamos hablando de un «show» televisivo y, como tal, se trata de un espectáculo y no de periodismo. Obviamente, don Eduardo, si estuviéramos hablando de periodismo le tendría que dar la razón, pero Operación Palace era un falso documental. El género de ficción no está obligado a cumplir con la norma número uno del periodismo, con nuestra razón de ser: el principio de veracidad. El programa de Jordi Évole se emitió como una crítica ante la imposibilidad de relatar lo que verdaderamente ocurrió el 23-F y que lamentablemente ningún medio puede contar. El Tribunal Supremo no autoriza la consulta del sumario del juicio hasta que hayan transcurrido 25 años desde la muerte de los procesados o 50 años desde el golpe. Jordi Évole explicó que se trataba de una ficción, por lo que tildarle de farsante es una falacia. El pacto de Salvados con el público sigue intacto. Otros medios de comunicación han publicado cosas falsas. Afamado es el caso de la devolución del Pulitzer que hizo el rotativo estadounidense The Wasghinton Post. Tras la publicación del reportaje de la periodista Janet Cooke basado en la falsa historia de un niño de ocho años adicto a la heroína a nadie se le ocurrió cuestionar la reputación de este histórico periódico. Por favor, no confundamos periodismo con ficción. Son géneros opuestos. Y que así siga siendo.

NO - E. DE RIVAS

NO – E. DE RIVAS

Que se dedique al cine. Desde que dejó Buenafuente, Jordi Évole no ha hecho más que dar bandazos, buscando su propio periodismo –el que le viene bien, no el otro– y autoproclamándose defensor de los derechos –de unos, pero no de otros–. Era algo permisible, pero con Operación Palace se ha pasado de rosca. No solo faltó al respeto a la sociedad española de entonces, que vivió y sufrió aquel día, sino que se burló de la sociedad actual. Y encima de mala manera, con un espectáculo cutre, mal hecho y sin coherencia. Dudo que alguien creyera al verlo que el 23-F fue realmente un montaje, porque el documental no fue más que un intento de disfraz de Orson Wells a la española. Y Évole lo ha pagado, perdiendo la credibilidad que tenía. Vaciló durante 50 minutos a una audiencia de cinco millones de personas, una cifra que ni él soñaba antes de emitirse el programa. Cifras pasajeras que no estarán pendientes el domingo de ver a un oportunista que pretendía «descubrir» que el sumario del 23-F no se hará público hasta el 23 de febrero de 2031 –gracias, señor Évole. Eso ya se sabía-.

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