Madrilánea

La era de la grosería ilustrada

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«Todos estaban encantados con que una mujer independiente y moderna hubiera puesto en su sitio a ese galán trasnochado»

Los caballleros quedaron anticuados en los años 60

Los caballeros quedaron anticuados en los años 60

Ni siquiera estaba cerca de la puerta cuando su belleza me golpeó en la cara y me obligó a realizar un sprint de veinte metros. A la altura de la puerta del Metro, despeinado y con los cuadros de la camisa casi redondeados, desplegué todo mi encanto sureño (a decir verdad más bien era desencanto castellano, pero lo camuflé con un desconcertante acento extremeño) y abrí la puerta con delicadeza. «Por favor, pase usted señorita», comenté mirando a sus profundos ojos azules. La respuesta no pudo ser más violenta: «¡Machista! ¿Qué pasa, que como soy mujer no tengo fuerza para abrir la puerta sola?». Y hasta que no accedí a pasar primero no dejó de gritarme e insultarme ante la aprobación de los peatones cercanos. Todos estaban encantados con que una mujer independiente y moderna hubiera puesto en su sitio a ese galán trasnochado. Un amago de Arturo Fernández que finalmente había recorrido veinte metros solo para colarse a una muchacha que iba a entrar delante.

Me coloque la camisa y traté de peinarme. La mayoría de los pelos consintieron bajar, el resto pensaron más apropiado mantenerse de pie para añadir patetismo a mi figura. Nada puede ir bien cuando uno se levanta con el pie izquierdo y a la altura del metro le lanzan un pisotón. Aquello no iba a remontar. Bajé las escaleras y entré en el vagón con cuidado de no ceder el paso a nadie, pues temía que otra mujer independiente y moderna pudiera estar al acecho. Estaba yo tranquilo buscando cómo olvidar el perturbador incidente cuando entró un ciego vestido con el uniforme oficial de los ciegos. Es decir, con un perro guía, un bastón blanco, unas gafas oscuras y una sonrisa extraviada en dirección al techo. «Siéntese aquí por favor, usted lo necesita más que yo», afirmé al hombre con la cortesía que aquella chica de ojos azules había pisoteado. Y una vez más la reacción no fue la esperada: «¿Quiere decir que yo lo necesito más? ¿Soy distinto a los demás? ¿Soy menos que los demás?».

Traté de amansar al hombre y a su perro que andaba mal encarado y soltando intermitentes ladridos cuando mis excusas le ofendieron del todo. «No se enfade, lo que quería decir es que como es usted ciego….», expliqué justo antes de recibir un bastonazo. «¿Ciego? Somos invidentes o en todo caso gente de visión disminuida» –vociferaba entre insultos–, «¡Imbécil! que eres imbécil». «¿Cómo imbécil? Será persona de capacidad intelectual apagada o fuera de cobertura», contesté con rabiosa malicia mientras huía del lugar donde el maldito hombre de visión disminuida no fallaba un bastonazo en dirección a mi cabeza. Y corrí por los largos pasillos de Avenida de América. Corrí empujando y zancadilleando a cualquier ciudadano sospechoso de padecer sensibilidad lingüística severa.

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