Retales de una guerra en pleno Madrid


En el Parque del Oeste se encuentran tres búnkeres de la contienda civil, uno de los pocos vestigios de lo que fue la Batalla de Madrid. Un excombatiente cuenta sus recuerdos

 

Uno de los búnkeres del parque del Oeste. Foto: M.J.

Uno de los búnkeres del parque del Oeste. Foto: M.J.

Impasibles ante las familias que comen en las mesas cercanas, los niños que juegan a la peonza y los sufridos corredores que mantienen su cuerpo en forma. Así permanecen los tres búnkeres levantados por el «Batallón de Zapadores nº 7»  de la 71ª división del Ejército de Franco, setenta y siete años después de ser construidos para mantener a raya al enemigo, cuando el empuje inicial de una ofensiva que parecía imparable se estrelló ante unos defensores poco ortodoxos.

Madrid fue el escenario de la primera gran batalla de la Guerra Civil española. En la ciudad apenas quedan restos visibles del combate que costó la vida a millares de personas y convirtió a la ciudad en campo de lucha. Salvo los restos del Parque del Oeste.

La sublevación en la capital se inició el 19 de julio de 1936 con el levantamiento del Cuartel de la Montaña, situado en el actual Templo de Debod, a cargo del general Fanjul. Al conocerse la noticia, unidades de la Guardia Civil, Guardia de Asalto y militantes de la UGT y la CNT acudieron a las puertas del acuartelamiento. La guarnición se vio cercada por las fuerzas republicanas, abriendo las puertas del cuartel el día 20 de julio.

Antonio Morcillo, director de la asociación GEFREMA (Grupo de Estudios del Frente de Madrid), recuerda las historias que le contaba su padre, Bibiano Morcillo, militar en el Cuartel de la Montaña en el momento del asalto.

«Mi padre, al ser ayudante de un teniente, podía entrar y salir del cuartel con libertad. Sabía lo que iba a ocurrir y acudió al Partido Comunista a informar. Incluso fue llevado al minsiterio de la Guerra con los comunistas para contar lo que pasaba, pero en la época los rumores eran continuos y no le hicieron mucho caso. Pudo no meterse al cuartel. Pero tenía sentido de la disciplina y fue con sus compañeros».

Ante el fracaso del levantamiento, la tropa quedó encerrada dentro.

«Los pelos como alambres, orinándose pantalón abajo y balbuceando»

«Cuando, al día siguiente, cayeron octavillas llamando a la rendición, discutió con un soldado de derechas. La cosa quedó allí. Cuando se asaltó el cuartel y todos entraron, mi padre fue el que abrió la puerta de Ingenieros y animó a la gente a que entrara. En ese momento se encontró al individuo, se dirigió a él y le dijo: ‘tú eres un fascista’. Uno de los que entraban se acercó al soldado y le encañonó con el fusil. Mi padre dice que nunca vio nada como aquello: un ser humano aterrorizado. Los pelos auténticamente como alambres, orinándose pantalón abajo,y balbuceando ‘no soy un fascista, ¡viva el fascio!, ¡no, no!, ¡viva Largo Caballero!’. Entonces, mi padre, viendo ese espectáculo, quitó el fusil y dijo: ‘anda, vete por ahí’. A lo mejor, ese hombre puede contar esa anécdota desde ese otro punto de vista», recuerda Morcillo.

La Batalla por Madrid

Madrid quedó en poder del Frente Popular. Sin embargo, desde Andalucía subían arrolladoras las columnas de legionarios y regulares, lo más valioso del Ejército español. Estas unidades estaban curtidas en la Guerra de África y atesoraban más experiencia que el resto de la tropa.

La facultad de Filosofía y Letras, destruida por las bombas en 1937

La facultad de Filosofía y Letras, destruida en la Guerra Civil. Foto: ABC

El 6 de noviembre de 1936, ante el avance enmigo, el gobierno del Frente Popular decide trasladarse a Valencia, dando Madrid por perdida. Según Javier Cervera, profesor de Historia en la Universidad Francisco de Vitoria, «Franco considera que lo que defiende Madrid es populacho, voluntarios sin ninguna instrucción militar sólida, pero infravalora la importancia y la “sobremotivación” de quien defiende lo propio y no, simplemente, se limita a cumplir órdenes». En vez de atacar por el Este, Franco ataca por una zona mucho más complicada, en cuesta, por la zona Oeste, y lo hace «porque no concibe la posibilidad de no tomar la ciudad».

Al frente de la Junta de Defensa de Madrid, órgano creado para proteger la Villa, se encuentra el general Miaja. Manuel Chaves Nogales ha dejado escrito, en su «Defensa de Madrid», la soledad de un militar abandonado por su Gobierno y despreciado al principio por los milicianos:

«Olvidado en uno de los lóbregos y desiertos salones del caserón que fue la Capitanía General de Madrid se ha quedado un viejo general que se obstina en ser leal a la República (…) El Excelentísimo señor don José Miaja y Menant, sentado en su sillón dorado de capitán general, preside impotente el desastre esperando resignadamente el desenlace fatal. Espera solo que los milicianos derrotados le asesinen para vengarse de la derrota que invariablemente atribuyen a la traición de sus jefes militares o bien que los generales sublevados se apoderen al fin de Madrid y le fusilen por no haberles secundado en su rebeldía. Esta es la situación del general Miaja el día seis de noviembre de 1936»

Un golpe de suerte permite al General Miaja conocer los planes de ataque enemigos

Pero Miaja no se resigna y organiza la defensa imponiendo disciplina a unos milicianos llenos de ideales, recelosos de los militares, y carentes de experiencia militar. Un golpe de suerte viene en su auxilio. En una de las escaramuzas con los primeros tanques que se acercan a Madrid, un soldado republicano extrae del cadáver de un oficial nacional el plan secreto de ataque. En contra de lo esperado, una embestida total por los puentes de Segovia y Toledo, el verdadero golpe llegará por el Oeste: Ciudad Universitaria, Hospital Clínico y Paseos de Moret, Rosales y Calle Marqués de Urquijo por el barrio de Argüelles.

Militantes ugetistas y del PSUC de Aragón fueron asignados para la defensa del Parque del Oeste. Frente a ellos, la 4ª Bandera del Tercio de la Legión y el 2º y 3º Tabor de Alhucemas. El ejército de África se hará con el Parque y lo convertirá en su línea de combate. El estancamiento de la Guerra hizo que las líneas no se movieras hasta la caída de Madrid en abril de 1939. Esta parálisis propiciará la construcción de un laberinto de trincheras y de alambradas por ambos bandos. Los búnkeres que quedan en Madrid pertenecen a esta serie de fortificaciones levantadas con las estabilización del frente. En uno de ellos todavía se puede leer la inscripción «Zapadores nº 7». Según el profesor Cervera, el batallón de zapadores pertenecía a la 71 División. «Esta unidad está detrás de alguno de los búnkeres más conocidos de Madrid, como el Blockout nº 13 de la Batalla de Brunete. Esta unidad tuvo una actuación destacada en la construcción de fortificaciones y, previamente, a la batalla, incluso en pasarelas para cruzar el Manzanares».

La historia de un veterano

José Luis Rodríguez Viñals

José Luis Rodríguez Viñals. Foto: M.J.

Quedan pocos supervivientes del frente que rodeó Madrid desde noviembre de 1936 hasta abril de 1939. Uno de ellos es José Luis Rodríguez Viñals. Conserva una vivacidad prodigiosa a sus noventa y tres años. Cuando se le pregunta por sus recuerdos, cierra los ojos mientras los desgrana de corrido, con ese toque de su Extremadura mantenido a pesar de tantos años en la capital.

Viñals contaba 18 años cuando se incorporó al ejército de Franco en octubre de 1938. Tras un breve período de instrucción fue destinado a un languideciente frente de Madrid. «La vida de trincheras fue para mí monótona porque ya se estaba prácticamente al final del conflicto. Lo que más nos inquietaba era la guerra de minas. Para evitarlas había una compañía de «gudaris», con su cura vasco, que tenía poco contacto con nosotros. Esta compañía estaba dedicada a realizar obras de perforación del suelo y galerías con objeto de disminuir el efecto expansivo de las explosiones».

Su unidad, el batallón de Cazadores de San Fernando nº 1, estuvo acantonada en una bifurcación entre el Alto de Extremadura y la actual Avenida de Lisboa.

«Durante mi estancia no hubo más que pequeñas escaramuzas. Allí permanecimos hasta el final de la Guerra, cosa que percibimos lentamente», rememora.

«Nos intercambiábamos naranjas, paquetes de tabaco o libritos de papel»

En aquella fecha de la Guerra, el frente de Madrid podía ser un lugar hasta donde confraternizar con el enemigo: «Había zonas en las que nos intercambiarnos naranjas, paquetes de tabaco o libritos de papel. Al cambiarnos comida, me llamaba mucho la atención el pan blanquísimo que tenían. Yo no sé si era de harina de arroz. Nosotros a cambio les tirábamos latas de sardinas. Teníamos conversaciones con la voz un poco subida. A veces, había algún insulto de una parte a otra y empezaba un tiroteo que se corría a lo largo de todas las trincheras. Fue un intercambio muy curioso. Yo creo que en los dos bandos estábamos deseando que aquello terminara, porque fue terrible lo vivido».

La España de entonces estuvo separada hasta por el tipo de canciones que cantaban. Las del bando nacional marciales y castrenses; las del republicano coplillas con aire de verbena. Sin embargo, Viñals tiene un recuerdo distinto al que viene en los libros de Historia, donde la separación es tajante:

«Se cantaba lo mismo en un lado que en otro, como el ‘Ay Carmela, ay Carmela’. Unos les daban un sentido distinto a los del otro bando. También el ‘Rúmbala, rúmbala, rúmbala la rumba del cañón’. Y aquella famosa de ‘Si me quieres escribir, ya sabes mi paradero, en el frente de batalla, primera línea de fuego’. Eran las mismas canciones. Estábamos tan cerca unos de otros, que nos dábamos recados incluso para las familias».

El primero de abril de 1939, su unidad recibió la orden de entrar en Madrid:

«Descendimos por todo el Paseo de Extremadura en dos filas, una por cada acera, con el armamento dispuesto, pero realmente no hubo absolutamente nada. Todo se hizo con la mayor tranquilidad. Ocupamos un edificio y nos trasladamos del Manzanares arriba hasta la Plaza de España. Allí había una pieza artillera debajo de la estatua de don Quijote y Sancho, la que nos hostigaba mientras estábamos en el frente. Mi teniente me ordenó amarrar a la boca del cañón una bandera de España. Hasta cierto punto es el simbolismo de la terminación de la Guerra».

 

 

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Texto por: Miguel Jorquera Garcilópez

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8 Respuestas to “Retales de una guerra en pleno Madrid” Subscribe

  1. pedro 23 marzo, 2014 en 10:59 #

    No sabía yo que la entrada en Madrid fue en abril de 1938…..Siempre se aprende algo

    • Miguel Jorquera Garcilópez 23 marzo, 2014 en 12:02 #

      Ni yo tampoco, ciertamente. Ha sido un error. Ya está corregido. ¡Gracias!

  2. pedro 23 marzo, 2014 en 12:47 #

    De nada Miguel, pasa en las mejores familias, lo siento por la ironía, has escrito un buen artículo, sin banderías, para que los jóvenes conozcan algo de aquella triste guerra contado por sus protagonistas, de los que no quedara nadie en poco tiempo.

  3. pedro benito 23 marzo, 2014 en 19:59 #

    mi papa pertencecio a la columna mangada 32 brigada mixta ….. era teniente de la guardia de asalto ….

  4. pedro benito 23 marzo, 2014 en 20:30 #

    cuando termino la guerra a mi papa teniente de la guardia de asalto le llevaron al campo del at.madrid .se formo como campo de concentracion y despues de pasar un tribunal le dieron un carnet que ponia -rojo peligroso-

  5. paco palanca 23 marzo, 2014 en 22:00 #

    publica una foto de ese carné para ilustrarnos mejor. gracias

  6. Ana Maria Martin Algarra 25 marzo, 2014 en 19:35 #

    He aprendido mucho leyendo este artículo

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  1. Madrid de TinieblasWebVampiro - 23 noviembre, 2016

    […] del Oro del Banco de España, los pasadizos del Ateneo…), así como un número importante de búnkeres y refugios de la Guerra Civil. El paraíso para los Nosferatu y los amantes del secreto y la […]

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