El viejo en el claro


«El sopor de agosto es una mortaja si no te sientas a la sombra de una encina. Y aquella tan grande y quebrada estaba rodeada por un flotador de aire fresco»
«El sopor de agosto es una mortaja si no te sientas a la sombra de una encina» Foto: turut (Flickr)

«El sopor de agosto es una mortaja si no te sientas a la sombra de una encina». Foto: turut (Flickr)

El sopor de agosto es una mortaja si no te sientas a la sombra de una encina. Y aquella tan grande y quebrada estaba rodeada por un flotador de aire fresco aún en medio de aquel fragor de chicharras y tomillo. Me senté bajo las hojas, echando a un lado todos los veranos que pasaba junto a aquel árbol. El viejo tenía la vista perdida en los barcos que brillaban en su lento camino a Génova.

—¿En qué piensas?

—En el mar, como siempre. —El cielo traía el azul entero y la risa salada de las gaviotas, pero por mucho que mirase, el viejo estaba ciego.

—Pero, ¿qué ves?

—Veo a unos niños jugando con su perro en la playa. El muy idiota les seguía a todas partes agitando la cola. Les lamía y luego estornudaba, intentando escupir la sal. — Estiré la cabeza para ver la cala, un poco más abajo. Allí no había nadie. —Solían venir mucho, hasta que aquellas casas blancas se quemaron y tuvieron que irse.

—¿Qué más?

—Veo las velas blancas navegando como palomas por el horizonte. Transportando hombres y bestias, aceite, vino y cerámica. Veo sus cascos brillando y sus caras orgullosas curtidas por el sol y el viento. Eran hombres tenaces.

—¿Pero cuánto llevas aquí, viejo?

Sshh, calla. —Sus ojos opacos seguían clavados en el mar. —Eran hombres tenaces, pero dejaban viudas en los puertos. — Una pausa. —Todos sus recuerdos, perdidos en el mar. ¡Ah! Pobres infelices. Imaginaron las ciudades, escribieron las leyes. — El viejo se calló. Desvié la mirada hacia la playa. Una pareja caminaba de la mano justo donde las olas dejaban paso a la arena.

—Míralos, su vida pendiendo de un hilo y aún así se aferran el uno al otro. ¿No es un milagro?—El mar iba borrando las huellas que dejaban a su paso. Asentí. — Sí que lo es.

El viejo siguió con su voz quejumbrosa. —El hombre vive, pero el mar dispone. Calma chica, galernas y corrientes traicioneras. Un auténtico cementerio. Un océano de penurias, solo por la promesa de tesoros al alcance de la mano.

Me quedé callado, con la pluma en vilo sobre el papel. Nadie sabía cuánto tiempo llevaba el viejo en el claro. Cientos de años encaramado a un saliente, con el tronco inclinado sobre la cala. Las ramas caídas suspirando con sus duras hojas por volar. Había visto pasar muchas generaciones, pero en los últimos años ya nadie se paraba bajo su sombra. Me despedí de la áspera corteza y enfilé el camino de vuelta. Aquel era el último verano de aquella porción de tierra, antes de que las excavadoras arrancaran las rocas y las raíces para levantar un hotel monstruoso. Ante la pasiva mirada del mar. A fin de cuentas, el hombre siempre se ha reflejado en sus aguas.

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Texto por: Gonzalo López Sánchez

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Una respuesta to “El viejo en el claro” Subscribe

  1. Marta 13 septiembre, 2015 en 16:13 #

    Como va tornando en decadencia sin remedio! Pero al fin y al cabo evoluciona, lo único que no tiene solución en esta vida es la muerte :)

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