Real Observatorio Astronómico de Madrid: el templo del espacio


El astrónomo de la institución, creada en 1785, cree que el hallazgo de los primeros temblores del Big Bang «nos recuerda que solo conocemos una parte del collage que es el Universo»

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El edificio Villanueva fue construido hacia 1790. Foto: M. R. D.

Sobre los cimientos de la ermita de San Blas se erige desde hace más de 220 años un templo dedicado a las Ciencias del Espacio. La necesidad de España de mejorar en navegación para poder controlar el gran imperio de ultramar, «donde no se ponía el Sol», obligó a derribar este lugar de culto y peregrinación cristiana en favor de la astronomía. Esta disciplina era imprescindible por su aplicación práctica en la cartografía y las comunicaciones. Así, Carlos III, aconsejado por el célebre marino y cosmógrafo Jorge Juan, ordenó la creación del Real Observatorio Astronómico de Madrid hacia 1785.

Y en este mismo lugar, la cuna de la cosmología en España, el jefe de servicio de espectroscopia del Observatorio, Mario Tafalla, estudia qué significado e implicaciones tendrá el descubrimiento de los «primeros temblores del Big Bang» por el telescopio del Polo Sur el pasado 17 de marzo. «Parecía imposible, pero se ha logrado ver un trozo del collage que conforma el Universo. Incluso lo que pasó en los primeros diez segundos del Cosmos deja huellas. Y nosotros lo que hacemos es interpretarlas. Esto es solo el principio. Ahora empieza la verdadera carrera por conocer todos detalles», explica con una gran sonrisa, mezcla de entusiasmo y admiración. Esta es una ventana al origen del Universo y su expansión sin precedentes, un hallazgo que ya ha sido considerado como el «Santo Grial» de la cosmología.

Cruzar la puerta del Real Observatorio, por la calle Alfonso XII, implica regresar al siglo XVIII para dar un paseo por la historia de la astronomía. Frente a la puerta del Ángel Caído de El Retiro se ubica el edificio que diseñó Juan de Villanueva inspirándose en las ruinas del Templo de Vesta en Tívoli. Allí se custodian muchos de los instrumentos esenciales que permitieron avanzar en el conocimiento de la Tierra y de los astros. Este complejo constituye el último brío de la Ilustración en la capital. Con él se cerró el triángulo de las ciencias que forman el Museo de Historia Natural -hoy Museo del Prado– y el Jardín Botánico.

En el punto más elevado de la colina, se alza un atrio formado por diez columnas corintias, coronado por una gran cúpula. Del techo de la sala principal del edificio Villanueva pende una esfera de 100 kilos. La oscilación continua de la bola por el movimiento rotacional de la Tierra va tirando, siguiendo el sentido de las agujas del reloj, las piezas de madera que están colocadas alrededor de la circunferencia. Este simple pero útil mecanismo, conocido como el Péndulo de Foucault, sirvió para demostrar la rotación del planeta azul.

A su lado, un espejo de bronce desgastado de 60 centímetros proyecta los rayos del Sol, que crean un halo en torno a la figura del científico. Este es el Espejo del Telescopio de Herschel, que se encargó al mismo tiempo que el edificio. El anglo alemán William Herschel fabricó hacia 1800 uno de los mayores telescopios de la época. «Fue el primero en percatarse de que para descubrir algo nuevo había que mirar más lejos. Y la única manera de lograrlo era construyendo telescopios más grandes que capturaran más luz. Con uno de estos descubrió el planeta Urano», explica Tafalla.

El astrónomo Mario Tafalla muestra el funcionamiento del telescopio de Repsold. Foto: M. R. D.

El astrónomo Mario Tafalla muestra el funcionamiento del telescopio de Repsold. Foto: M. R. D.

Pero la fortuna duró poco para el orgulloso Observatorio que acababa de nacer. Las tropas napoleónicas utilizaron este complejo como polvorín durante la Guerra de Independencia. Aprovecharon el plomo que cubría la cúpula para hacer balas. En la misma sala, introdujeron un cañón que en la contienda hizo añicos el instrumento de Herschel.  La gran inversión y el empuje con el que había nacido este complejo quedaron frustrados durante un tiempo.

Pese a todo, aún se conservan las láminas que explican paso a paso el montaje de este espectacular telescopio. No se reconstruyó en su momento porque, cuando se reanudó la actividad del centro -hacia 1950-, ya estaba obsoleto. No obstante, en 2004 se encargó fabricar una copia a los astilleros de Bermeo, en el País Vasco. «Se utilizaron técnicas de construcción naval para volver a levantarlo. En su momento era un instrumento de precisión y de ‘alta tecnología’, ahora ya parece un barco pirata encallado», bromea el astrónomo español.

Ponía en hora el reloj de la Puerta del Sol

La poca tradición astronómica de España obligaba a los físicos y matemáticos autóctonos a viajar al extranjero para formarse y adquirir las herramientas necesarias para la observación de estrellas. Con el fin de romper esa tendencia, se contrató al fabricante de telescopios alemán Johann Georg Repsold para que transmitiera su conocimiento y construyera la sala del Círculo Meridiano, que ahora lleva su nombre. Allí se conserva uno de sus valiosos instrumentos. Pese a que Repsold estuvo presente en las obras, el edificio se levantó en la orientación equivocada. Para subsanar el error y poder medir la posición de los astros se tuvo que hacer una abertura que horadó los muros y el techo de norte a sur.

«Si se mide la hora y la altura a la que está una estrella con respecto al horizonte se puede determinar su posición en el cielo. Estos cálculos sirven para conocer a qué distancia se encuentran los astros de la Tierra», aclara Tafalla. En la actualidad, estos instrumentos están en desuso. Las edificaciones más altas que los 600 metros sobre los que se asienta el Observatorio, el aumento de la contaminación lumínica y atmosférica son tres factores que impiden realizar observaciones precisas.

La colección de relojes que acompaña a este telescopio formaba parte del laboratorio de las horas. Un vetusto receptor de radio permanece allí como testigo del trabajo que se desempeñaba entonces. Desde este lugar se enviaban dos señales eléctricas al relojero de la Puerta del Sol para que soltara la esfera del carillón en el segundo exacto.

España, país puntero

Hubo que esperar hasta 1970 para que se produjera la gran apuesta por la investigación científica. En esta década se levantaron otros centros en Calar Alto (Almería) y Yebes (Guadalajara), que están especializados en Radioastronomía. Este tipo de telescopios permiten el estudio del nacimiento y muerte de las estrellas a través de los objetos que desprenden. Estos suelen ser los más fríos del Universo y la luz que irradian no es visible a nuestros ojos. Por eso solo se pueden estudiar con ondas infrarrojas, de radio o rayos X. El desafío se completó con la instalación del radiotelescopio de 40 metros en Toledo, el Observatorio de Pablo de los Montes -Toledo, también- y el Centro Geofísico de Canarias, uno de los más importantes de Europa.

En España, la Astronomía es la Ciencia del Espacio que más destaca desde los años 70, sobre todo desde que se instalaron en Canarias y Almería los telescopios europeos. No obstante, Estados Unidos sigue posicionada como la mayor potencia mundial en esta materia. «Cuando yo empecé, en los 80, la Cosmología estaba atascada. En las últimas décadas hemos hecho un esfuerzo enorme, tenemos que estar muy orgullosos de lo que tenemos. Lo que sí sería una pena es que después de tanto esfuerzo ahora nos quedemos atrás por falta de medios económicos», se lamenta.

Precisamente, Tafalla considera que el último hallazgo sobre el origen del Universo viene a recordar «todo lo que queda por aprender». «Con estas mediciones no nos estamos preguntando detalles, sino que nos estamos cuestionando de dónde venimos. Y saber el origen es conocer el final. Vivimos un momento fabuloso».

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Texto por: Marta R. Domingo

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