El PSOE no se fundó en un Burger King


Las tabernas centenarias forman parte de la historia viva de Madrid por haber dado lugar al debate político en la clandestinidad. «Casa Labra», en el 135º aniversario del PSOE y en riesgo de desahucio, es un ejemplo
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«Casa Labra», en Tetuán n°12. Foto: J. C.

La mañana de un domingo cualquiera no es buen momento para caminar tranquilo por la calle Preciados. Desde Callao, el paseante debe sortear una multitud de hombres anuncio incrustados entre la gran masa de turistas ávidos de compras. Solo faltan unos metros para pisar la Puerta del Sol. De pronto, una larga cola interrumpe perpendicular la traza marcada por los escaparates del Corte Inglés. Allí aguardan hambrientos decenas de «domingueros» seducidos por el aroma de los soldaditos de Pavía (frituras de bacalao rebozado) de «Casa Labra» que resiste como un bunker la competencia del Burger King de al lado. Esta taberna centenaria de fachada marrón, donde se fundó el PSOE hace 135 años, no rima con el gris de los comercios. Y como ella, solo una veintena más aguanta en Madrid el desgaste del paso del tiempo.

En «Casa Labra», dos chicas coreanas se aproximan a la barra señalando la foto de los soldaditos de bacalao recogida en su guía de viajes. Desconocen de qué se trata, pero para estas jóvenes Madrid tendrá siempre ese sabor. Transcurren apenas diez o quince minutos desde que atravesaron la entrada hasta que continúan con su ruta por Madrid, después de pagar la tapa que le han servido los dos hombres de americana blanca y corbata negra situados tras un reducido mostrador. «Nos interesa que el tránsito sea rápido, no que se pidan una caña en dos horas», explica Fernando, vigilante de la cola de Casa Labra y cliente «de toda la vida». Ocho mesas fuera y ninguna en el interior, solo es posible sentarse en el restaurante o en otra sala donde se piden las mismas tapas pero con un recargo de diez céntimos. «La gente prefiere quedarse aquí de pie, les gusta el bullicio», añade Abdenor, de origen marroquí y camarero de la taberna como lo fue su madre.

No parece el lugar indicado para fundar un partido político, y menos de la importancia del Partido Socialista. Pero sí. Fue el 2 de mayo de 1879, cuando se celebró de forma clandestina «un banquete de fraternidad internacional» con Pablo Iglesias al frente de otras 25 personas -16 tipógrafos, cuatro médicos, un doctor en Ciencias, dos diamantistas, un marmolista y un zapatero-. De esta manera, la taberna levantada por asturianos en 1860 pasaría a formar parte de la historia de España.

El posible desahucio del Casa Labra porque terminaba su contrato de alquiler en 2014 preocupó a la gran familia que forma la taberna. La inmobiliaria propietaria del edificio, Restaura, se encuentra en concurso de acreedores desde 2011, y Manuel Molina, al frente de Casa Labra, explica que se llegó a un acuerdo en verano de 2012 por el que tendría derecho a arrendar el local hasta 2030. Sin embargo, con la entrada de la Sareb, «el banco malo», todo se complicó puesto que exige quedarse con todo el inmueble en su precio total, con la idea de venderlo completo a un inversor, según se recogió en la prensa hace algunos meses. Esto podría provocar el desalojo de los actuales inquilinos.

La taberna es la continuación de los cafés donde la masa obrera se reúne para socializar y formarse políticamente. Ello lo explica el catedrático de Historia Contemporánea y gran conocedor de la primera mitad del siglo XIX, Alberto Gil Novales —ya jubilado—. Sociedades que se forman en cafés, pero que también forman cafés, una simbiosis de actividades y tertulias a partir de la lectura del periódico de partido para la mayoría analfabeta. En ese momento, el historiador se acuerda del papel del anarquista italiano Giuseppe Fanelli, que vino con la revolución de «La Gloriosa» de 1868. Un hombre muy temperamental que convenció a la gente más por el furor que por las ideas, lo que explica que el anarquismo calara más que el marxismo: estos últimos textos estaban escritos en alemán.

El número 12 de la calle Tetuán se encuentra próximo a la antigua sede de la Dirección General de Seguridad (DGS), órgano responsable de la política de Orden público, y que hoy alberga la Real Casa de Correos. Por ello, ha sido lugar de conflictos políticos variopintos.

El bar tenía un coche que, con el estallido de la Guerra Civil, debía estar disponible para los desplazamientos de los jefes policiales, según narra Carlos Osorio, escritor especializado en el patrimonio histórico del centro madrileño. Martín Pérez Bermejo, entonces dueño del local, tuvo que aceptar las órdenes de varios oficiales de hacer de chófer en cierta ocasión para que los llevase a las cercanías de Paracuellos del Jarama. Osorio también recuerda cuando Santiago Carrillo, líder de los comunistas, volvió a España tras el exilio disfrazado con una peluca. Al ser detenido por la policía y llevado a los calabozos de la DGS, los militantes acudieron a manifestarse pidiendo su liberación. Fue entonces cuando los grises cargaron contra ellos y se refugiaron incluso en los urinarios en «Casa Labra».

«No es buen lugar para el obrero»

El número de tabernas alcanzó las 1977 en el momento de la inspección promovida por la Ley del Descanso Dominical que fue promulgada en 1904 durante el gobierno de Antonio Maura. Sin embargo, la decadencia llegó a partir de la década de los cincuenta del pasado siglo, hasta no superar las 20 de la pasada década. Ignacio Urquizu, profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y colaborador en Fundación Alternativas, supone que se reunían allí porque no podían organizarse para reclamar mejoras laborales ni en la fábrica ni en la iglesia. Necesitaban un local laico donde disimular sus inquietudes. Pero no es un fenómeno exclusivo de España sino que los partidos socialistas de centro y oeste europeo se fundaron en tabernas. «Siempre han sido lugares de nacimiento de ideas políticas, incluso de derechos».

Sin embargo, no hay que caer en el exceso de romanticismo. Para Agustín Martínez de las Heras, profesor de Historia del Periodismo Español en la UCM, el declive se debe a que desde los aparatos de los partidos obreros se propugnó no dejarse llevar por el ocio y la ebriedad como método alienador de la burguesía. Se alejaron de las tabernas para preferir los Ateneos o las casas del pueblo.

En estos días, la crisis arrecia. «Antes, la cola siempre solía llegar Preciados, ahora solo los domingos por la mañana», señala el guarda Fernando. Los clientes internacionales son mayoría, sobre todo franceses, según cuenta. Sin embargo, también hay madrileños que llevan acudiendo a esta taberna más de 70 años.

«Porque el PSOE se fundara en Casa Labra, no quiere decir que no entraran gentes de otras ideas», aclara el guarda de la entrada del lugar, «y tampoco quiere decir que sea el partido de los actuales dueños». En los últimos tres años, cuando el número de manifestaciones se ha triplicado, según Urquizu, su proximidad a la Puerta del Sol y al 15M le ha permitido de alguna manera reverdecer tiempos pasados. «Se quejaban de que perjudicaban a los comercios; sería a los grandes porque a nosotros nos vino muy bien», defiende Fernando.

Tabernas históricas, tabernas lúgubres

Menos conforme se muestra Paco, uno de los camareros de otra de las tabernas centenarias de Sol. En la calle de la Fontana de Oro de Galdós, «La casa del abuelo» es conocida por sus gambas. Como incluye en su web, con la Guerra Civil, y la escasez de pan y hambre mayoritario, los dueños decidieron introducir este marisco en el menú, y por 1,60 pesetas se servían a la plancha junto a un vaso de vino. Les llevó al éxito por lo que hoy solo ofrecen gambas y vino. «El 15M y estas protestas ahuyentan a los turistas que se acercan aquí gracias a las guías. Dan mala imagen», apunta Paco porque los visitantes suponen una porción muy importante de la clientela. «La casa del abuelo» tampoco tiene mesas y el consumo es rápido. Eso sí, está prohibido cantar como indica una antigua placa que Paco atribuye a la alegría desmedida de tiempos pasados. Explica que cada taberna de la época tenía su advertencia como en la «Venencia» donde «no se debe escupir al suelo».

Foto: Javier Calero

En «Casa del abuelo», prohibido cantar. Foto: J. C.

Bajo la lluvia intensa del pasado miércoles, jornada de partido de Champions League del Real Madrid, un anciano de larga barba canosa y melena desaliñada toca su armónica por Antón Martín directo a Sol. Una figura misteriosa con ropa deportiva de colores chillones deteniéndose en el Cine Doré después de salir de la taberna extremeña «Conspiradores». Continúa su ruta por las calles vacías movido por la melodía del instrumento. Pasa por la calle Echegaray, echa un vistazo al interior de la «Venencia».

Lúgubre. Insólito. Fachada minúscula. Un portón de madera vestido con cortinas blancas oculta el interior al caminante. Atravesar la entrada supone adentrarse en los viñedos andaluces con su olor inconfundible y luz tenue. Bodega añeja como sus botellitas de vino repletas de polvo, de historia. «Se enfadan si no pides vino al entrar y es famoso por su gato negro»; «no se pueden hacer fotografías y no les gustan las entrevistas ni para las guías de viajes»; «solo hay vino»… Un lugar de leyendas, como de pertenecer a otra época. Lugar de sombreros, largas barbas y gafas oscuras a la medianoche. Un joven se acerca a pedir una copita de vino blanco. «¿Blanco fino o manzanilla?», pregunta la camarera. Al final una manzanilla para llevarse con ella unas aceitunas y comenzar a describir el ambiente único de la «Venencia».

Conspiradores

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Foto: J. C.

 

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Texto por: Javier Calero Sánchez

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