Cuando las afueras de Madrid estaban a tres paradas del centro


El barrio de Batán se desarrolló hace medio siglo entre la Casa de Campo y la carretera de Extremadura. Una zona que muchos madrileños consideraban el extrarradio
Una familia accede a la Casa de Campo por las vías del metro en 1977. Foto: Luís Ramírez/ABC

Una familia accede a la Casa de Campo por las vías del metro en 1977. Foto: Luís Ramírez/ABC

A principios del siglo veinte, aquellos inmigrantes que entraban desde las provincias del oeste de la Península hacia la capital lo hacían por la carretera de Extremadura. Era un estrecho camino de tierra que por esa época daba acceso a un Madrid que poco tenía que ver con el actual. No eran viajes fáciles. Apretados en los vetustos coches de línea, veían cómo a las puertas de la ciudad el vehículo se detenía y un estirado guardia civil se dirigía a esos asustados hombres de campo: «Quién tenga algo que declarar, que lo haga ahora. Si no, luego será peor». No buscaban testimonios delatores ni confesiones, sino productos rurales por los que se tenía que pagar una tasa si se querían vender después en los mercados de abastos del suroeste.

Esa parada obligatoria se hacía en el cuartel de Carabanchel Bajo (donde hoy funciona la subestación eléctrica, famosa y odiada en el barrio). Madrid estaba ya a la vista. A tan solo cinco kilómetros por un camino sin prácticamente nada alrededor. Hoy, un siglo después, esos cinco kilómetros están rodeados de un bosque de edificios que conforma el Batán, uno de los barrios más jóvenes pero con más historia de la Villa. Tanta que un tranviario de los años veinte encontró restos arqueológicos tan curiosos como unas tortugas gigantes que hoy están expuestas en el museo Ciencias Naturales.

A la sombra de la Casa de Campo, o más exactamente como un apéndice, Batán fue creciendo con los hijos del parque: sus primeros vecinos llegaron en los años cincuenta desde las cuevas de la Casa de Campo. Unas cuevas que habían surgido por la acción de las fábricas de ladrillo que, hasta bien entrado el siglo XX, aprovechaban la arena de la zona para su labor. Los nuevos habitantes formaron la colonia del Rosario en torno a la iglesia del mismo nombre. La primera de las muchas colonias que hoy constituyen este barrio de barrios.

Su estatus actual de barrio obrero no era el destino que deseaba quien construyó el primer gran edificio del vecindario. Un lujoso bloque que aún hoy sigue llamando la atención y que se levantó poco antes que la primera colonia sobre los terrenos de los tejares del Chapa (una antigua fábrica). La calefacción central, los ascensores y su destacada altura no triunfaron: ninguno se vendió. La gente, por aquella época, pensaba que esa zona estaba demasiado lejos de Madrid, «demasiado a las afueras» (hasta 1948 pertenecía a Carabanchel Bajo, que aún no era parte de la capital). Esos pisos fueron comprados por el banco y vendidos años después, pero el proyecto de crear una urbanización de lujo en torno a él se desvaneció.

Vías del metro de batán, en 1968. Foto: ABC

Vías del metro de Batán, en 1968. Foto: ABC

El otro hecho trascendental para que creciera este barrio, encerrado entre la carretera de Extremadura y la Casa de Campo, fue la construcción del Metro. «La gente se extrañaba porque construyeran la estación dentro de la Casa de Campo», explica Rafael Pulido Fernández, experto en la historia y toponimia del parque. Es también autor del libro pendiente de publicación «Un lugar llamado el Batán», el barrio donde además vive. Cuenta que el proyecto del suburbano se entendía porque esa franja de la Casa de Campo se había declarado edificable. El metro se inauguró finalmente en 1961 flanqueado por el muro original que se había levantado en tiempos de Fernando VI. Una valla que permaneció intacta hasta los años 70.

La importancia del nombre

Un pequeño molino trapero (de los que «modelan» las telas a bases de golpe) a orillas del arroyo Meaques (el que atraviesa la Casa de Campo) tiene la culpa del nombre del barrio. ¿El motivo? Un batán es la máquina que, dentro del molino, transformaba las telas. Por eso a esta zona ya se le conocía con este sobrenombre desde antes de 1772, año en el que el cartógrafo Vargas Machuca publicó su mapa de Madrid con la zona de «Batán» incluída.

La importancia de los nombres es algo que preocupa a Rafael Pulido, ya que de ello depende la correcta protección de los tesoros madrileños. En las 1.800 hectáreas él ha encontrado hasta 700 nombres específicos de arroyos, puentes, edificios, enclaves… En 2010 se declaró la Casa de Campo como Bien de Interés Cultural, pero Pulido no estaba conforme: interpuso 250 alegaciones por nombres mal puestos. «La misma cosa está con dos nombres y distintas protecciones, pero en realidad no se sabe con exactitud qué describe. En un sitio se le llama de una manera y en otro de otra».

Para hablar con esta seguridad, Rafael ha pasado más de 20 años revisando los archivos de Palacio desde Felipe II y la hemeroteca municipal. La gran cantidad de errores la achaca al libro de Pascual Madoz, de 1831. Desde su publicación, los nuevos autores han seguido repitiendo aquellos nombres mal aplicados. Algo que ha llevado a que se haya dicho que el Jardín de las delicias de El Bosco o la estatua de Felipe IV estuvieron en la Casa de Campo. Algo que no fue así. En realidad, era la de Felipe III, que en 1850 se trasladó a la Plaza Mayor.

Ha pasado un siglo desde que los coches de línea que llegaban del campo tuvieran que superar esa frontera imaginaria a las puertas de la ciudad. Hoy, el único resquicio de algo rural en el Batán es un huerto urbano a los pies de la carretera de Extremadura. Aquellas afueras de Madrid en los «carabancheles» del extrarradio hoy apenas están a tres paradas de metro del kilómetro cero. No quedan restos de aquel pasado excepto una Casa de Campo que permanece estoica pese al avance del tiempo. Y pese a los nombres que solo la memoria de unos pocos tratan de conservar.

 

Publicidad de Batán publicada en ABC en 1967

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Texto por: Fernando Muñoz

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