El renacer de la pasión cofrade en la Semana Santa madrileña


Los 230 cofrades de la Hermandad de los Siete Dolores, con más de cinco siglos de vida a sus espaldas, mantienen la tradición castellana pese a sus orígenes flamencos
Hermanos de la Cofradía de los siete dolores ensayando para Semana Santa. Foto: HAY QUE PONERLO

Hermanos de la Cofradía de los Siete Dolores ensayando para Semana Santa. Foto: @Siete_Dolores

El olor a incienso, flores y cirios se propaga desde los templos hasta casi todos los rincones del centro de la capital según se acerca el Domingo de Ramos. Esta fecha marca el inicio de la Semana Santa. Y con ella comienza el «momento más anhelado del año» para los cerca de 230 cofrades de una de las tres Hermandades penitentes más antiguas de la ciudad. La Congregación de los Siete Dolores, con más de cinco siglos de vida a sus espaldas, mantiene la tradición castellana pese a sus orígenes flamencos.

A las puertas del Madrid de los Austrias, en la iglesia de la Santa Cruz -calle Atocha Nº6-, la Virgen de los Siete Dolores aguarda a que los anderos la alcen la tarde del Viernes Santo. Durante los preparativos, los rostros colmados de ilusión de los cofrades se alejan de la imagen triste y seca que puede transmitir el duelo de la Pasión. «Lo que más me llena es el sentimiento de ser parte de algo que empezó hace siglos. Me enorgullece ser ese pequeño eslabón de una larga cadena de tradición, cultura y devoción popular», señala Eduardo Fernández, uno de los tres vestidores de la talla de la Dolorosa.

Virgen

La Virgen de los Siete Dolores. Foto: Eduardo Fernández

Con sumo cuidado dan vueltas alrededor de la imagen y colocan las diferentes capas que conforman el complejo atuendo de la Virgen. Siguen las pautas de los antiquísimos patrones de la estética castellana. Además, este año la Virgen estrenará un rostrillo y una larga toca confeccionada a partir de bordados antiguos. «La condesa viuda de Ureña fue la primera -en 1560- en cubrir la talla con las ropas de luto que llevaban las mujeres de la nobleza. Desde entonces, existen en España infinidad de Dolorosas vestidas de esta forma», explica Fernández. Su devoción por la Dolorosa le llevó por decenas de ciudades para documentarse y conocer a fondo el verdadero origen de la vestimenta de la Virgen. Tras años viajando y recopilando información escribió el libro La Virgen de luto y elaboró un completo documental que traslada al espectador hasta el siglo XVI.

No obstante, vestir a la Virgen es el último trámite, el resto de preparativos y ensayos comienzan meses antes, «casi desde que termina la Semana Santa anterior». Las faenas que les ocupan ahora van desde limpiar faroles, cortar velas y coser hábitos hasta pegar carteles, medir capirotes o diseñar los arreglos florales. «Esta una de las principales celebraciones para los que somos cristianos. Por eso, tenemos que emplear mucho tiempo a tareas muy terrenales si queremos que salga todo perfecto», declara Cristina Navazo, la Hermana Mayor de la Congregación a la que pertenecieron sus abuelos y en la que entró siendo una niña.

El «orgullo», sentimiento común

El callejón de Santo Tomás, próximo a su sede canónica, es testigo del esfuerzo que realizan una veintena de entregados y fervorosos porteadores. Juntos tratan de levantar y trasladar perfectamente sincronizados los 500 kilos que supone el paso. Varios sacos con arena simulan el peso real de la imagen de la Virgen, los candelabros y demás elementos de orfebrería que adornan la figura. Un radiocassette con la música que tocará una banda de cornetas marca el ritmo de los movimientos de los anderos.

La meticulosidad y la concentración son esenciales para desempeñar esta labor. Cualquier mal paso puede ocasionarles lesiones, además de deslucir la procesión. Los hermanos cargan sobre sus hombros unas varas que exceden la longitud de la caja sobre la que se porta a la Dolorosa. Además, cada andero lleva un bastón con una horquilla en su extremo. Este simple y genuino instrumento servirá para ayudar a hacer los relevos durante la marcha cuando el cuerpo no aguante más. «El momento más complicado para nosotros es la salida de la iglesia porque tenemos que cubrirnos la cara y pasar por un espacio muy limitado», relata Arturo González, uno de los anderos más veteranos. «Es muy emocionante ver a toda esa gente esperando en silencio. Lo que se siente en estas fechas es muy especial», añade con la voz temblorosa después de hacer una pausa para respirar hondo.

Una promesa que hizo a la Virgen para que la enfermedad de su mujer remitiera le acercó a la Cofradía hace doce años. Ahora, sus hijos quieren seguir sus pasos. «Es un gran orgullo que ellos quieran seguir la tradición y que me pidan volver de las vacaciones para llegar a tiempo a la procesión del Viernes Santo… Se me pone la piel de gallina solo de pensar que formo parte de algo tan grande», expresa.

Su caso no es una excepción, ya que algunos cofrades tienen tan solo meses de edad. El relevo generacional no es un problema para los cofradías madrileñas. Y la cantidad de llamadas que recibe la Hermana Mayor durante la entrevista para participar en la procesión como nazarenos, costaleros y penitentes avalan estos datos.

Cuando se les pregunta qué significa pertenecer a la Cofradía todos coinciden en que es «un gran orgullo». A la Hermana Mayor la emoción le roba las palabras y el recuerdo le inunda los ojos: «Desgraciadamente, perdí a un hijo cuando tenía 29 años. A su mujer, a sus hijos y a mí nos pidió que pusiéramos en su esquela que era economista y hermano de la Congregación de los Siete Dolores. Este es el motivo que me empuja a venir aquí todos los días y trabajar por mantener esto que tanto nos llena».


PROCESIÓN DE LA COFRADÍA DE LOS SIETE DOLORES

Fecha: viernes 18 de abril de 2014 – 19.30 horas

Recorrido de la procesión: C/ Atocha, Pza. Provincia, C/ Imperial, C/ Latoneros, C/ Cuchilleros, C/ Maestro Villa, Pza. Conde de Barajas, Pza. Conde de Miranda, C/ Puñonrostro, C/ Sacramento, C/ Cordón, Pza. de la Villa, C/ Mayor, C/ Ciudad Rodrigo, Pza. Mayor, C/ Gerona, Pza. Provincia y C/ Atocha.


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Texto por: Marta R. Domingo

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