Fuencarral apático


Uno puede pasar dos veces por allí y tener la sensación de caminar por dos calles distintas. Las tiendas cierran a tan solo un mes de abrir y los bares cubanos conviven con comercios nórdicos

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Nada queda de la esbelta y elegante puerta de granito que custodiaba la glorieta de Bilbao desde 1625. Por sus arcos, franceses y castellanos intercambiaban miradas cargados de mercancías, mensajes y cartas cuando Madrid aún no tenía un nombre ni una identidad propia. Cayó en 1865 cuando la villa comenzó a tener hambre y devoró desagradecida las puertas y los muros que la habían guardado durante tantos años.

La glorieta de Bilbao da paso a la centenaria y eterna calle Fuencarral, que desemboca en Gran Vía. El 109 (actual 95) le dio una inmerecida fama con el famoso crimen de la calle de Fuencarral, con el asesinato en 1888 de la acaudalada viuda de Vázquez Varela para robarle su dinero. El suceso se convirtió en un hito que ha llegado como leyenda negra hasta nuestros días. La condena y ejecución de la criada Higinia Balaguer fue el último ajusticiamiento público de Madrid y cambió para siempre la forma de hacer periodismo en España, inaugurando los juicios paralelos.

Hoy no queda nada de ese Fuencarral teñido de negro. Por sus calles transitan miles de compradores compulsivos de todas las nacionalidades, con varias copas de más o unos cafés de menos, dependiendo de la hora del día. A las 11:50 de cualquier día entre semana, uno se siente raro paseando por este Fuencarral tan vacío y desangelado. Las tiendas de muebles y adornos nórdicos se alternan con bares cubanos o con tiendas de cadena. Da igual, los comercios duran cada vez menos. La crisis se lleva una parte importante de ellos, mientras los jóvenes empresarios se conforman con no darse por vencidos y con seguir abriendo.

El transeúnte divisa el Mc Donalds de Gran Vía desde la esquina. Para los más jóvenes el logo se ha convertido en un emblema bajo el que quedar con sus compañeros.

Tras pasar por Montera, uno llega a la Plaza de Sol con la misma sensación de situarse sobre el Monte do Gozo. La señal bajo el reloj que señala el kilómetro cero se antoja ahora como un enorme templo de peregrinaje, donde turistas y compañeros que han quedado se encuentran para hacerse una foto junto a la placa. Sosa, absurda, pequeña, pero de enorme valor. Todo el mundo quiere proclamar ante Facebook que estuvo en la Puerta del Sol.

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Texto por: Sara Montero Minguez

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