Princesa tiene un olor especial


A las once de la noche, la calle Princesa es una sucesión de espectros que no cobran vida hasta llegar a la Gran Vía, señora de la vida madrileña
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Iglesia del Buen Suceso. Foto: M. J. G.

Princesa es una calle de comercios, llena de vida y estudiantes, que se recoge en una modorra silenciosa sobre las once de la noche. Todavía es pronto para ver las colas de jóvenes ebrios, muchachas extranjeras en grupos de cuatro y Erasmus blanquecinos, que guardarán la preceptiva espera para entrar en una discoteca que separa la calle en dos. Entonces se oirán canciones desafinadas que no acaban de cantarse por completo y se verán parejas expresando su amor en abrazos que desembocan en delicadas caricias en el trasero. Pero eso será más tarde, entrada la noche. Ahora, como siempre, permanece vigilando la iglesia de Nuestra Señora del Buen Suceso. El templo es un bloque forrado de lo que parecen planchas de metal y aparenta estar diseñado por un arquitecto forofo de Star Wars y su «Halcón milenario». Espero que los seguidores de la saga de George Lucas no lo conviertan en su lugar de peregrinación. Entre los sacerdotes que allí ofician hay alguno que no dudaría en considerarlos feligreses de alguna secta peligrosa, respondiendo a sus rituales con una buena ducha de agua bendita. Pero es posible que el arquitecto no fuera un cinéfilo empedernido y simplemente cumpliera con los desvaríos estéticos que siguieron al Concilio Vaticano.

Un encuentro

A las once de la noche, en la primera mitad de la calle Princesa, sólo hay algún mendigo que, ahora más que nunca, vaganbundea en su soledad. Su imagen provoca el recelo y la inquietud en las almas materialistas. En la calle apenas hay gente y una barba hirsuta con pantalones rotos y camisa abierta se encuentra a diez metros y acercándose:

¿Me pedirá dinero?, ¿me pedirá tabaco?, ¿me contará algo de su vida? Y como sea peligroso aquí no hay nadie…

Cinco metros. Cuatro metros. Tres metros. Se puede ver su cara, llena de arrugas por la mala vida que no por la edad. Es menos fiero en la cercanía. En un momento dado se cruzan las miradas. Es un instante incómodo. En esa fracción de segundo en la que se distingue la irritación de sus ojos, dos mundos se encuentran en una plaza desierta, bajo la presencia impasible del «Halcón Milenario». Pareciera que del fondo de sus pupilas se desprendiese una mansa petición de limosna. Una limosna que implora cualquier cosa menos una ración de indiferencia.

No sabría decir qué secreto resorte acelera el ritmo en esa fracción de segundo. Al final, lo único que queda de aquel hombre es el tufillo que deja a su paso. Un olor muy distinto al hedor que emana de la Plaza de los Cubos. Allí, cerca de la Plaza de España, la calle cobra vida envuelta en la pestilencia que expulsan los restaurantes de comida rápida. Freidoras con aceite recalentado y planchas para hamburguesas a ritmo constante espesan la atmósfera, convirtiendo el aire en una elemento denso y pesado. La siguiente y última parada en esta improvisada ruta de olores se encuentra en la Plaza de España. Mientras los grupos de chavales se sientan en las escalinatas, unos vapores de comida china emanan del suelo. Parece ser que en los bajos del parking subterráneo hay un notable restaurante de comida asiática que no conoce horarios. A estas alturas, mi camisa podría ser una mezcla de olores demasiado cosmopolita hasta para el mayor hippie.

Rumbo a Sol

Entre los grupos de la Plaza de España, los jóvenes botelloneros no parecen percatarse del aroma a sopa de tiburón. Su tiempo se ocupa en selfies a cada instante. En uno de los corrillos, debajo de la estatua de Don Quijote, esta moda llega a convertirse en un grito galvanizador:

 ¡Selfie, selfie!

 Y al instante, un griterío juvenil se arremolina en torno a un móvil de enésima generación, con una mueca a modo de sonrisa. Ya hay una nueva foto para repartir entre redes sociales.

Y, después… después la Gran Vía. ¿Qué se puede decir de ella? Hacerlo es como creer que uno ha descubierto la pólvora por alabar el «tócala otra vez» de Casablanca. Está todo dicho. Quizá, resaltar que hay un ruido singular: el de los cubiertos de las terrazas.

Al final, en la Puerta el Sol, el atiborramiento deja una poso de impostura y artificio. Se echa de menos el encuentro bajo la iglesia del Buen Suceso. Fue breve, pero con la soledad necesaria para perdurar más que cualquier espectáculo.

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Texto por: Miguel Jorquera Garcilópez

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Una respuesta to “Princesa tiene un olor especial” Subscribe

  1. Andrés Borrero 3 mayo, 2014 en 12:38 #

    Desde que te pusiste aquella castiza capa en la Plaza Mayor, Mich, te has convertido en un elemento inseparable de Madrid y, por lo que parece en este artículo, parece que también Madrid te posee y bien la conoces. Enhorabuena! Un artículo tan sincero como ameno.

    Andrés

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