El amor despistado de Reina Cristina


Un banco de no fumadores, un cilindro que canaliza diez años de ausencia... Mientras Madrid se debate entre salir de copas o ponerse el pijama, sus calles acumulan mil peculiaridades
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Monumento en honor a las víctimas del 11-M en Madrid. Fotos: J. S. C.

Cuenta Mesonero Romanos en su libro Manual de Madrid. Descripción de la Corte y de la Villa que «junto al convento de Atocha» había «una pequeña puerta por donde antes entraban coches». Se refería al Portillo de la campanilla, que debió desaparecer por 1868 cuando los madrileños decidieron crecer más allá de la muralla. Hoy no hay portillo ni hay campanilla, pero el sitio conserva un aire respetabilidad vieja. Un aura por el que los foráneos perciben que están cerca del Madrid más auténtico, del Madrid armado en granito, adoquines y aceras amplias.

parada-2048-emtCruzando la Avenida Ciudad de Barcelona, la travesía donde debió estar el Portillo de la campanilla, la calle Gutenberg llega en cuesta arriba al Paseo de la Reina Cristina. En esta primera rampa, tres terrazas se llenan de gente para aprovechar la primera noche cálida del año. El postureo, en su expresión más primigenia, debió surgir en lugares como este. Cenar en una terraza es para la gente corriente lo que un taco de sushi en Instagram para los modernos. Es un ejercicio de autoridad culinaria, la manera en que exteriorizamos lo mucho que nos gusta cuidarnos. En el Paseo de la Reina Cristina, calle que rodea la parte sur del Retiro, inocente como ella sola, la EMT decidió colocar su parada de autobús número 2048. Casualidad o no, el número que dio nombre al juego que a punto estuvo de comprometer la viabilidad del Máster ABC-UCM y la salud mental de su XXV Promoción. Justo detrás, en el número 22 de esta misma calle, cuelga del buzón de publicidad una especie de hilo plateado. Resulta ser una esclava seminueva pero rota, fruto de un amor despistado o que nació frágil. En una cara «8 – 4 – 2014», en la otra, un «Te quiero» como una catedral.

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A esta hora la ciudad se debate entre salir de copas o ponerse el pijama. Para llegar a Sol quedan todavía 2 kilómetros en línea recta, lo suficiente para cruzarse, todavía en Reina Cristina, con un banco de no fumadores. Después, ya en Atocha, un cilindro canaliza diez años de ausencia y el Ministerio de Agricultura derrocha elegancia de puertas para afuera. Queda por caminar la calle Atocha en cuesta arriba, donde el jaleo que rodea al teatro Kapital invita a pensar que Madrid se ha decidido finalmente por salir. Después llega la plaza de Jacinto Benavente y la calle Carretas, que viene a ser como la puerta trasera del kilómetro cero. Una forma disimulada de llegar a la Puerta del Sol sin darse de bruces con el reloj.

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Texto por: Jorge Sanz Casillas

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