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La sobriedad de Madrid

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La Puerta de Segovia estaba en la misma calle Segovia, concretamente en el cruce de la Ronda del mismo nombre. Era de ladrillo, constaba de dos arcos y no tenía ornamentación excesiva. Por algún motivo caprichoso, quizás el mimetismo con el pasado, la zona que albergaba la puerta es exquisitamente sobria. Su austeridad convive con sus tintes señoriales, reales. Al alzar la vista, el puente de Segovia nos muestra su espalda renacentista y nos recuerda que no muy lejos se yergue imponente el Palacio Real.

Pero antes de llegar allí, me detengo en el Manzanares. Me asomo y veo la ciudad a través de sus ojos. Me fundo con las luces y los edificios temblorosos. Me olvido del río y luego de una corta meditación vuelvo de mi abstracción y ya no veo Madrid en un espejo, solo veo un río balanceándose tímidamente. Lo abandono y como si en vez de una ciudad, estuviera en un bosque, me pierdo en unas lomas vertiginosas, de un verde furioso que no piden permiso para llevarnos la vista hasta sus cimas…Caen como alfombras enormes sobre la calle Segovia, que a medida que abandona el Manzanares, se hace más Madrid, con sus curvas angostas, sus farolas color ámbar que hacen la ciudad más antigua y sus pequeños locales, llenos de historias, cervezas y conversaciones que solo son ruido para los transeúntes que entran para quitarle el frío a la ropa y al alma.

El Rincón del Arte Nuevo aparece tímido por Segovia. Los espejos y los sofás rojos invaden el lugar. Un escenario diminuto acoge a un hombre cano con acento argentino que envuelve a los espectadores con música y relatos eternos.

La calle empieza a olvidarse de su pasado y se parece cada vez más al resto: callejuelas intentan atravesarla, bares que se multiplican y confunden entre sí devoran a los madrileños que, sobre todo por la noche, se entregan sin resistencia a su voracidad. La Mordida, los espera con unos carnosos labios carmín en la puerta. El Café Monaguillo pide recato y la vuelta al pasado con sus sillas de madera y mesitas de mármol sostenidas por pies de hierro.

Una tienda de bicicletas rompe el paisaje y me recuerda que Madrid está llena de secretos aunque sea pequeña y los taxistas se empeñen en creer que conocen cada rincón de su curvo cuerpo.

Al llegar a la calle Toledo, dejo atrás el pasado, el Madrid sobrio y tembloroso del Manzanares y me adentro en la vorágine de la que tanto reniego cuando me alejo unos kilómetros de la ciudad y me acuerdo del ruido, las bocinas, el asfalto y el frenesí de una ciudad con «mal carácter».

Subo la cuesta de la calle Toledo que se une con la Plaza Mayor y atravieso el llamado Portal de cofreros. Me reconcilio con Madrid al ver la plaza rebosante, llena de vida y de malabaristas, de magos y cabras siniestras que intentan vanamente hacer reír a algún turista perdido.

Llego a Sol por la calle Postas. La multitud me hace sentir sola y otra vez maldigo el día en que adopté esta ciudad como mi hogar. En el km 0 busco el encuentro y una cara conocida me dice que estoy donde tengo que estar…

 

 

 

 

 

Un comentario en «La sobriedad de Madrid»

  • Una hermosa foto del Viaducto, al que ni se menciona. Ahí al lado, nació Larra, y muy cerca, arriba tiene su estatua. No sé qué se quiere decir con «cabras siniestras».

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