Donde policías y erasmus conviven con bohemios


Una pareja italiana discute por un amor interrumpido mientras una patrulla rodea un coche estacionado en la calle de Atocha

Fachada del Cine Doré. Foto: J.C.

Puerta de Valencia. Luz tenue en Embajadores. En la Glorieta, donde normalmente una señora de paso lento impide la huida del tardón, no hay nadie o casi nadie en la medianoche de un viernes cualquiera. La postal se rompe cuando varios jóvenes elegantes se adentran en la boca de metro con un discreto tono de voz acorde al silencio de las calles vacías.

En Ronda de Valencia, los pocos que pasean van a diferentes marchas dependiendo del destino. Con rumbo a Atocha, tres mujeres se dirigen apresuradas por separado: alguien les esperará. En sentido contrario, todo va más lento al ritmo de dos amigos que no tienen prisa en retirarse.

La primera fiesta no llega hasta la calle de los artistas. Desde un balcón de Doctor Fourquet, el alboroto de un botellón irrumpe en el orden tranquilo de las galerías cerradas. La bohemia madrileña parece empezar ahí.

Callejeando hacia Antón Martín, a la salida de un albergue juvenil, una multitud de europeos y americanos celebran e incluso gastan bromas a un vagabundo que intentaba dormir. No lo dejaron.

En Santa Isabel ya había más fiesta aunque en sus tentáculos solo queden latas abandonadas. Allí hay un par de cafés y bares con ritmos mientras que un joven de pelo rizado largo, chaqueta de cuero y perro fiel a su lado consulta la cartelera del Cine Doré.

La ruta de la Puerta de Valencia va despidiéndose. En la calle de Atocha se siente ya el centro de la ciudad, con sus disputas y sus atascos, con sus risas y sus pasos ya ligeramente zigzagueantes. Allí mismo se da una estampa paradójica. Dos coches patrulla rodean a un conductor, apenas hay curiosos observando, y si los hay, miran unos segundos y se van. Pero hay otro enfrentamiento que disputa el foco: una pareja de italianos, erasmus probablemente, discuten a lágrima viva. Sobre todo la chica. Él le habla sujetándole del cuello de la camisa y mirándole a los ojos. Para ellos no existe lo demás; en una de las calles más concurridas a la medianoche, entre la policía y los que van con prisa, ellos gritan le corne, le corne (cuernos)…

Plaza Jacinto Benavente y Sol. Ahí sí hay fiesta, pizzas las 24 horas y hombres anuncio. La ruta ha llegado a su fin. Seguro que hay más jóvenes discutiendo y policías vigilando el centro, pero nadie se fija en ellos, hay demasiada gente, hay demasiado barullo.

 

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Texto por: Javier Calero Sánchez

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