Un Don Juan itinerante vuelve a Alcalá de Henares


El espectáculo teatral triunfó entre los asistentes en la celebración de su treinta aniversario
Fernando Cayo y Marta Hazas se abrazan en la última escena de la obra. Foto: Facebook Don Juan de Alcalá

Fernando Cayo y Marta Hazas se abrazan en la última escena de la obra. Foto: Facebook Don Juan de Alcalá

Un hombre con jubón y calzas rojas se desliza por un escenario. Está rodeado por personas quietas, vestidas según la moda del siglo XIX y con el rostro y la ropa pintados de blanco. Recuerdan a las estatuas de mármol de un panteón. A sus pies, los espectadores se mantienen en silencio y observan atentos, como si nada más existiese a su alrededor. Algunos murmullos cuestionan si el personaje debe mantenerse leal a su maldad o abrazar la moral. Las murallas del Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares rodean a los actores y al público. Aunque es 31 de octubre, la noche no es fría. Una buena oportunidad para ver Don Juan Tenorio al aire libre.

Cada puente de Todos los Santos, y desde hace treinta años, la obra teatral se representa en Alcalá de Henares. Las primeras ediciones se interpretaron en escenarios itinerantes, en un circuito que recorría el centro de la ciudad y que se eliminó cuando la afluencia de público lo convirtió en impracticable. Pero la conmemoración de este año quiso recuperar la esencia original. Desde la Plaza Cervantes al Palacio Arzobispal, con una parada intermedia en la Plaza de los Santos Niños, los asistentes disfrutaron del teatro en tres de los puntos más bellos del casco histórico de Alcalá. A la altura de las circunstancias, el reparto se eligió cuidadosamente. Conocido por sus apariciones televisivas pero curtido en el teatro, donde además se formó, el papel protagonista cayó en manos de Fernando Cayo. Marta Hazas, con su silueta delgada y una larga melena rubia, dio vida a la frágil Doña Inés. La dirección corrió a cargo de Carlos Aladre, director del Corral de Comedias de la ciudad complutense.

La procesión teatral

Los primeros escenarios se situaron en la Plaza Cervantes, corazón de la ciudad desde donde la estatua del autor de El Quijote vigila a transeúntes. Los peatones avispados disfrutan de las cigüeñas que anidan en las iglesias de alrededor. En su centro, el quiosco de La Música, una delicada construcción de hierro de 1898, se eligió para escenificar el inicio de la obra. Muy cerca se eleva el edificio del Círculo de Contribuyentes. Levantado con ladrillo en 1893, sus muros acogieron las reuniones de la burguesía alcalaína durante años. Ahora un restaurante en su interior alberga a burgueses en general. Las tablas de madera de un segundo escenario anunciaban su futuro inmediato.

El viernes la temperatura era serena. Los espectadores, que comenzaron a congregarse sobre las seis de la tarde, agradecieron su suerte; parecía un día de septiembre, de esos en los que el calor disminuye pero el frío no se atreve a aparecer. Los bancos corridos que bordean la plaza fueron ocupados por los ancianos, mientras los niños jugaban a la peonza o trepaban por la estatua de Cervantes, desde donde miraban a sus padres con ojos desafiantes y una sonrisa pícara. Un espectador que pasease a la altura del Colegio de Málaga podía apreciar que el horizonte se recortaba por las boinas de los más mayores y los sombreros de bruja de los adolescentes. Unos celebraban el día de los Santos; los otros, Halloween. Las señoras, vestidas con los mismos trajes con los que los domingos acuden a misa, miraban con desconfianza las túnicas ensangrentadas con las que se disfrazaba la gente más joven. El sol cayó despacio, pero fue como si anocheciese de pronto.

Un matrimonio que paseaba cogido del brazo consideró que era «mucho más entretenido ver la obra en distintos puntos de la ciudad». La mujer parecía nerviosa y mientras hablaba miraba a su marido. «El Tenorio es una iniciativa muy buena para Alcalá», dijo como si fuera una confidencia íntima. Pertrechados con chalecos fosforescentes, los miembros del Ayuntamiento encargados de vigilar el evento no mostraban inquietud. «Este año los actores cantan por la calle, para remarcar el ambiente festivo de la primera escena, que tiene lugar en la Hostería del Laurel, una taberna», informó uno de ellos, y giraba de vez en cuando la cabeza hacia su compañero, que asentía con la mirada perdida. La gente llegaba despacio, pero el flujo de asistentes no se detenía. Desde la torre del reloj salió una voz. Estropeada por el megáfono, anunció que la obra empezaría en cinco minutos, y el público se desperezó, como si obedeciese a la orden de ocupar un asiento que en realidad no existía. Un rumor de voces interrumpió los cuchicheos y se convirtió en canción. Desde los soportales que lindan con la Plaza Mayor, los comediantes se aproximaron y no eran ya actores, sino personajes con ropas cervantinas y cuellos trenzados de blanco. Sus ojos se perdían en la realidad fabricada del teatro y el público desapareció para ellos; ahora, sólo eran elementos ficticios que los observaban con curiosidad.

Cuando los intérpretes subieron al escenario las luces se apagaron a la vez, y un ambiente triste cayó sobre la plaza. Sobre el quiosco una araña de bombillas iluminaba con modestia. Aupados sobre los hombros de sus padres, los niños observaban la obra con la boca entreabierta. En algún lugar, una espectadora susurraba a su madre los diálogos que luego repetían los actores convertidos en el eco de su voz. El protagonista fue detenido y la masa se desplazó con pesadez hacia el Círculo de Contribuyentes. Las ventanas de medio punto y la balaustrada de mármol blanco, asediadas por el público, parecían construidas para servir de atrezo y luego desaparecer. Los comediantes fuera de escena se arremolinaban a los pies del escenario, y su rostro cambiaba cuando se bajaban de él. Algunos espectadores los miraban de reojo, porque conocían a los personajes pero no a quienes les habían prestado su cuerpo. Al caer el telón invisible, el público aplaudió con entusiasmo, y todas las miradas se dirigieron hacia Fernando Cayo.

La catedral se levanta en la Plaza de los Santos Niños, y hacia allí se dirigieron los asistentes. Como si su destino la hubiese imbuido de un súbito sentimiento religioso, la masa siguió a los actores del mismo modo que los sevillanos rodean a sus imágenes en Semana Santa. A lo largo de la calle Escritorios, los más curiosos se acercaban a los intérpretes, y lo más atrevidos les hablaban y animaban. Javier Gil Valle caminaba ligero. El actor, que daba vida al cómplice de correrías de Don Juan, echó mano del zurrón de su personaje y sacó un bocadillo muy real con el que apagó su apetito. Alguien gritó un sentido «¡qué aproveche!». Cayo le seguía de cerca. Su capa ondeaba con cada zancada que daba, y sostenía un cigarrillo entre sus dedos. El actor poseía un aura sacrílega, con su pendiente de pirata y los profundos ojos azules marcados por rayas negras; su imagen respondía a la inmoralidad de su personaje. Parecía un demonio. La comitiva la encabezaba un grupo de actrices vestidas de monja, y era como si nadie más pudiera liderar aquel cortejo. Cuando terminó el primer encuentro entre Doña Inés y Don Juan, la procesión siguió su camino.

«La verdad es que todo está muy tranquilo», comentó un miembro de Protección Civil apostado en las puertas del Palacio Arzobispal, donde se encontraban los dos últimos escenarios. La gente entraba a trompicones. «Nos han avisado de que alguien se ha caído en la Plaza Cervantes, pero no ha sido nada grave», afirmó. El interior del recinto se llenó con la multitud. Entre vítores, los actores caminaron entre los presentes y cruzaron la zona reservada, separada del resto por las vallas. Marta Hazas vestía un hábito blanco, símbolo de la pureza de Doña Inés. Tres chicas disfrazadas de bruja empezaron a dar saltos y a mover las manos, en un intento por captar la atención de la actriz. Cayo parecía pensativo. Se apoyó en un árbol y miró al cielo. Puede que repasara la siguiente escena, la más importante de la obra. Con las manos en la espalda, comenzó a pasear despacio y fijó sus ojos en el suelo. Quizá ya actuaba. Llegado el momento, subió las escaleras que conducían al escenario con paso firme. Pero sobre las tablas, a Don Juan la voz le tembló de emoción. «¿No es cierto, ángel de amor…?». Algunos espectadores respondieron como un coro discreto y murmuraron la frase junto a él. Otros sonrieron, con la expresión de quien recuerda a una persona que creyó olvidada, no por inercia, sino por obligación.

Cuando terminó de recitar, Gil Valle alzó los brazos y pidió un aplauso al público, que no dudó en obedecer de inmediato. Doña Inés recogió el testigo. «Que no podré resistir, mucho tiempo sin morir…». Yolanda Arestegui observó la escena y le brillaron los ojos de orgullo y nostalgia. Aunque esta edición interpretaba a Brígida, la actriz encarnó a Doña Inés hace años. Entre bambalinas, el resto del reparto ensayaba. Nadie parpadeaba entre el público. Un niño abrazó su guadaña de juguete, hasta entonces un simple complemento de su disfraz, cuando Don Luis Mejía fue asesinado.

El antihéroe redimido del odio gracias al amor. Don Juan y Doña Inés se abrazaron sobre el escenario cuando la representación terminó. «Hay un resplandor de luz en cada palabra», apuntilló la voz de Leonard Cohen mientras sonaba Hallelujah. Cayo parecía encantado. «Estoy muy contento con la experiencia y con la reacción del público», afirmó con los ojos resplandecientes. «El Tenorio es uno de los acontecimientos teatrales más importantes de España. Yo, que soy vallisoletano como don José Zorrilla, querría que una iniciativa como ésta se promoviese en mi ciudad», concluyó antes de atender a los espectadores que le pedían fotografías y autógrafos. «¡Has protagonizado el mejor Don Juan de todos!», gritó un señor a lo lejos. Cayo sonrió.

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Texto por: Silvia Nieto

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