Manuel Azaña, un extraño en Alcalá de Henares


Nacido en la ciudad complutense a finales del siglo XIX, el recuerdo del político republicano todavía es conflictivo en su lugar de origen. Su casa, inadvertida para muchos turistas, lo testimonia
Manuel Azaña visita Alcalá de Henares en noviembre de 1937, junto a Negrín y Miaja

Manuel Azaña visita Alcalá de Henares en noviembre de 1937, junto a Negrín y Miaja

«He comprobado una vez más que vuelvo siempre de Alcalá con los humores revueltos, sobre todo si me asomo a la casa triste», escribió el 22 de marzo de 1933 el entonces presidente del Gobierno, Manuel Azaña. Nacido en la ciudad complutense un 10 de enero de 1880, su hogar natal se ubica en la calle de la Imagen, en pleno casco histórico. De fachada amplia, con balcones y ventanales, el imponente edificio del siglo XVI pasa inadvertido ante los transeúntes, que no suelen fijarse en la pequeña placa conmemorativa que recuerda la importancia del lugar.

Por las mañanas, Alcalá de Henares olvida que es una ciudad. Las campanas de la Magistral replican, los universitarios extranjeros se pasean con cara de despiste y los niños pequeños, en edad de correr pero no de ir a la escuela, juegan entre los soportales. En la Calle Mayor, a pocos pasos del hogar de los Azaña, los colegiales de excursión se arremolinan frente a la casa de Cervantes, convertida en museo. El escritor monopoliza la plaza de hijo ilustre de la ciudad. El lugar de nacimiento del político, una propiedad particular que no puede visitarse, permanece relegado en un segundo plano.

Con la dictadura terminada, surgieron algunas iniciativas para recuperar la memoria de Azaña. Una calle periférica recibió su nombre, así como un parque, y se elevó una estatua en su honor en la rotonda de Alcorlo. Poco más. Su figura, sumergida en el olvido, se dejó a un lado. La de su familia también. Algo sorprendente, sobre todo si se tiene en cuenta el destacado papel de los Azaña en Alcalá de Henares durante el siglo XIX. Un ejemplo es el de Esteban Azaña Hernández, encargado de leer ante los complutenses la Constitución de Cádiz tras el triunfo del levantamiento de Riego en 1820. O el del padre del político republicano, el dos veces alcalde y cronista de la villa, Esteban Azaña y Catarineu. Los retratos de algunos miembros de esta saga todavía cuelgan de las paredes de su antiguo hogar. María José Navarro –nieta de Gregorio, uno de los hermanos de Manuel Azaña- es la actual inquilina de la propiedad.

 El hogar de los Azaña

Dotada de un gran patio con columnas, con un oratorio personal y dos plantas, Manuel Azaña siempre recordó su hogar como la «casa triste»; como ese lugar donde conoció el dolor de la pérdida. Con 10 años ya era un niño huérfano, despistado entre salones interminables y recuerdos dolorosos. Su madre murió primero. Y luego Esteban, su padre, el liberal moderado. «La reina María Cristina le quiso conceder un título nobiliario en 1886, porque reprimió la insurrección de Villacampa como alcalde de Alcalá», explica María José. «Su padre Gregorio le prohibió aceptarlo, y solo le fue otorgada la medalla de la Orden de Carlos III», prosigue, mientras señala el documento que atestigua este hecho, enmarcado en la pared de una de las salas de la casa. Gregorio Azaña, más progresista que su hijo y muy querido por su nieto, también falleció demasiado pronto.

Casa natal de Manuel Azaña en la calle de la Imagen

Casa natal de Manuel Azaña en la calle de la Imagen

Ensimismado por la tristeza, el niño Manuel creció entre las estancias de techos altos, espejos de marco barroco, sillones acolchados con ricas telas. Y también entre libros que devoró con disciplina. «Muchos de ellos desaparecieron en la posguerra», comenta María José. Un antiguo armario de madera, situado en la habitación de la planta baja, actúa como testigo mudo de las pérdidas. «Creo que en sus orígenes era una librería, pero cubrieron las puertas de cristal con madera», señala.

Saqueado al término de la Guerra Civil y convertido en sede de la Falange de Alcalá de Henares, los Azaña recuperaron su hogar en los años 50. «Mi padre y yo íbamos a los tribunales, algo que de niña me parecía terrible, para pedir que nos devolviesen la casa», cuenta la heredera. Sorprende la calma con la que relata su historia, la buena memoria para recordar todas las fechas y todos los nombres. También su tenacidad para luchar contra el olvido. Mientras recorre las estancias que conoce al detalle, explora su genealogía con la confianza del parentesco: mi abuelo, su madre, el sobrino. Quien fuera presidente de la República se convierte en el tío Manuel. El mismo que, quizá sin saberlo, contribuyó a salvar parte del mobiliario y de los objetos personales que fueron expuestos al pillaje. «Tenía amistad con una señora llamada Carmen, que se quedó viuda. Entonces quiso comenzar a trabajar en una fábrica, pero le daba reparo por los prejuicios de la época. Él la animó», expone María José. «Esta mujer, que luego se hizo falangista, salvó muchas cosas de la casa, y nos las entregó cuando regresamos». Tras una breve pausa, continúa su historia. «Nos contó que tiraron muebles por los balcones. También desapareció la colección de relojes», concluye.

Una de las cosas que más le sorprende es la arbitrariedad del saqueo. En un largo salón de la planta superior, desapareció una bonita lámpara de techo, pero su pareja permaneció. También el recipiente para brasas de una de las chimeneas, mientras que el de su gemela se conservó intacto. «Este jarrón lo trajo mi tío Manuel de París», dice mientras toma el objeto de una balda. Un recuerdo de la estancia del político en la capital francesa, donde pasó una temporada gracias a una beca de la Junta de Ampliación de Estudios. «Y esta es la medalla de la Orden de Carlos III que dieron a mi bisabuelo Esteban», señala con orgullo, en otra estantería. Algunas salas parecen congeladas en el tiempo, como si el mobiliario del siglo XIX, ajeno a sus peripecias, volviera a reclamar su lugar. Otros espacios se reformaron. «Hemos tenido que invertir mucho tiempo y mucho trabajo, y sin ninguna ayuda», denuncia María José. Con un tono a medias entre el enfado y la decepción, recuerda los ataques y las pintadas insultantes sobre la fachada. «No lo comprendo. La casa de Alcalá Zamora en Priego de Córdoba tiene una gran placa conmemorativa, pero la de aquí es casi insignificante», manifiesta con frustración.

 Memoria del olvido

Para Manuel Ibáñez, presidente de la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica en Alcalá de Henares, «reivindicar la memoria de Azaña es una cuestión complicada». «Era un liberal, fundador de Izquierda Republicana, y su ideología no se ciñe a la de los grandes partidos políticos de la actualidad», explica. A pesar de ello, sí existieron algunos conatos por recuperar su figura. Como el de José María Aznar en diciembre de 1997, durante la presentación de los diarios robados –en manos de la familia Franco hasta entonces- de Azaña. En palabras del entonces presidente del Gobierno, el político republicano tuvo la virtud de luchar contra el ambiente enrarecido de la España de su época. Su grandeza, según apuntó, consistió en su vigor para «cambiar ese clima que por momentos amenazaba con acabar con cualquier esperanza». José Luis Rodríguez Zapatero también defendió su legado. Durante la inauguración de un retrato de Manuel Azaña y de Adolfo Suárez en el Congreso de los Diputados, en septiembre de 2011, el político socialista afirmó que sin ambos personajes «no se entiende la Historia de España».

Jorge es miembro de Turismo Alcalá. Desde su perspectiva, el problema con la casa de Azaña está ligado a los conflictos que todavía genera la Guerra Civil. «En un tour de visita alrededor de la ciudad, su figura puede provocar rechazo en algunas personas», considera. Una sensación que ya experimentó, pero en sentido contrario. «En la fachada del convento de las Bernardas todavía quedan dos placas que honran la memoria de los caídos ‘por Dios y por España’; ante ellas, ciertos asistentes se sienten incómodos», explica. Concluye que la creación de un museo en el hogar del presidente republicano sería muy interesante, «pero también problemático». María José Navarro admite que la cuestión se ha planteado en algunas ocasiones, pero nunca ha prosperado. Con todo, esta descendiente de los Azaña participa en jornadas de estudios históricos sobre su tío abuelo y analiza con detalle la trayectoria de su familia.

En la más reputada biografía sobre el político, escrita por Santos Juliá y titulada Vida y Tiempo de Manuel Azaña, el autor describe las últimas horas del alcalaíno. Murió en el exilio, en la localidad francesa de Montauban, el 3 de noviembre de 1940. Amortajado por la tristeza y la nostalgia, «recordó El Escorial y sus campanas, y quizá Alcalá y sus monjas». Puede que algún día su ciudad natal también se acuerde de él.

 

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Texto por: Silvia Nieto

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