Cómo sobrevivir a un apocalipsis zombie en Madrid


Dos redactores de Madrilánea participan en la Survival Zombie de Quijorna

Hecho por: Eva Bárcena y Raúl Martín

Un paseo zombie por Quijorna. Foto: Pepe Añón

Un paseo zombie por Quijorna. Foto: Pepe Añón

Están en la literatura, en las series de televisión, en el cine… Pero, ¿qué pasaría si llegasen de verdad? ¿Qué pasaría sí, por un error en un laboratorio o una explosión nuclear, los zombies campasen a las anchas por la ciudad? Puede parecer una locura, pero en el pueblo madrileño de Quijorna, cientos de muertos vivientes sorprendieron a los vecinos el pasado fin de semana.

Se trata de una Survival Zombie, un juego organizado por la empresa WRG (World Real Games), que congregó a 550 jugadores en la periferia de Madrid una noche lluviosa de noviembre. Las reglas eran simples: hay supervivientes y zombies. Los primeros tienen que buscar pistas y escapar de los segundos. Los no muertos sólo tienen que cazar a los primeros.

«Es un escondite para mayores», resume Diego de la Concepción, creador de Survival Zombie, quien añade «queremos recordar a los adultos que por serlo no tienen que dejar de jugar». Está claro que por el momento están consiguiendo su cobjetivo.

La empresa comenzó a organizar las Survival Zombie en el año 2012, una primera edición con 1.350 participantes. «Fue toda una sorpresa, no pensamos que fuera a tener semejante éxito tan pronto», reconoce Diego. Pero la fiebre zombie siguió creciendo. En el año 2013, fueron tres las ediciones del juego, y este año 2014 ya van por la décima, y en todas el número de jugadores ha superado las expectativas, aunque «con el calor o el frío varían un poco», asegura Diego.

Sin embargo ya tienen participantes incondicionales, «a los que se les puede dar mejor o peor según la edición», bromea Diego, ya que en cada una varían tanto la historia como los elementos de la misma. «Cuando tenemos más de mil jugadores, introducimos otras herramientas, por ejemplo en Collado Villalba había dos helicópteros que rescataban a los supervivientes», explica.

Un ejemplo de estos jugadores incondicionales son Ana y Ramón, un matrimonio de Pozuelo que, con la de Quijorna, participa en su tercera Survival. «En la primera nos mataron muy pronto, y en la segunda llegamos al final dando vueltas como pollos sin cabeza, sin ninguna pista», rememora Ramón, «es muy importante conseguir las pistas y seguir metido dentro del juego, llegar lo más lejos posible pero siendo tú el protagonista».

Esta misma idea defiende Diego, que el jugador sea el protagonista de la historia. «Nosotros empezamos con la Survival Zombie como un experimento», comenta. Una innovación que surgió en sus mentes a partir de una carrera en la que los obstáculos no eran troncos de árboles o caminos embarrados, sino zombies. «Pero eso no era lo que buscábamos, eso no era real game», aclara Diego.

Comenzaron con combates de Airsoft, un juego de simulación militar que se practica en recintos cerrados y con réplicas de armas, cuya munición ni hace daño ni deja marcas. Pero el espacio se quedó pequeño, y el real game evolucionó a una Survival Zombie, en la que todo el pueblo puede interactuar con los jugadores y, en ocasiones, ayudarles a salvar el pellejo.

La experiencia humana

Definitivamente no le caigo bien a mi jefe. ¿Qué se me ha perdido a mí en Quijorna? Eso de que una empresa esté llevando a cabo experimentos secretos con la población, sobre los que no sabe nada ni el Gobierno, me suena a ciencia ficción. O lo que es peor, a excusa para fastidiarme el fin de semana y la escapadita romántica con mi novia.
Encima este pueblo parece que está desierto, no son ni las ocho de la tarde y no se ve un alma por las calles. A ver a quién le pregunto para guiarme un poco, que no me ha dado tiempo ni a coger un mapa de la zona. Bueno al menos ahí parece que hay un poli o algo parecido. No todo tenía por qué salirme mal.

– Disculpe, estoy buscando una empresa. No sé el nombre concreto, pero se supone que se ha instalado recientemente en la zona para llevar a cabo unas investigaciones que…
– Diríjase inmediatamente al gimnasio del colegio. Gire a la derecha en la rotonda. Es una orden.

Pero, ¿quién demonios era ese tío? ¿Un militar? ¿Y por qué me apuntaba con un arma? En fin, será mejor que no me meta en líos y vaya al gimnasio ese a ver qué está pasando en este pueblo. Al final igual hasta mi jefe tiene razón y de aquí sale una buena historia.
Vale, ahora entiendo porque no había nadie por las calles, si todos están aquí.

– Hola. Perdona, ¿sabes qué está pasando? ¿Por qué nos han traído a todos aquí al gimnasio?
– ¿Pero tú de dónde sales? ¿No te has enterado de lo de los malditos zombies?
– ¡¿Los qué?!
– Ahí arriba, ¡silencio!

Un grupo de supervivientes. Foto: Pepe Añón

Un grupo de supervivientes. Foto: Pepe Añón

De acuerdo, todo esto no puede estar pasando. ¿Muertos vivientes? ¿Una organización que se hace llamar WRG y que promete paraísos seguros y sin zombies? O todo esto es una gran broma para reírse de nosotros o con todo esto tengo una historia que me va a llevar directo al Pulitzer. Si es que no me comen por el camino.
Aunque está la noche como para andar buscando nada, si al menos me hubiese traído un mapa del pueblo o una linterna… ¿Eso es un walkie-talkie? Sí que está bien equipada la gente en este pueblo.
Bueno, lo primero que debería hacer es ir a la comisaría a ver si la Policía me aclara un poco las cosas. Prefiero no saber qué es la Resistencia y por qué hay pequeños grupos de vecinos debatiendo si ir al campo de golf para unirse a ella.

– Si queréis yo puedo llevaros al campo de golf, está muy cerca de mi casa.

¿Una niña pequeña está guiando a un grupo de adultos? No sé si en Quijorna habrá zombies, pero lo que está claro es que aquí pasan cosas demasiado extrañas. Por no hablar de la moda de ir todos vestidos de negro, si no se les distingue entre las sombras.
Estoy empezando a emparanoiarme. No puedo seguir así, girando aterrado en cada esquina, con sudores fríos. Igual no es buena idea preguntarle a nadie cómo llegar a comisaría. O sí. Ese grupito no parece tener las prisas que el resto, aunque anden un poco raro.

– Disculpen…

¿Es sangre eso de sus caras? Me parece que todo esto iba realmente en serio, lástima que no vaya a tener la oportunidad de escribir sobre muertos vivientes… en fin, tampoco tendré que verle el lunes la cara al jefe.

La experiencia zombie

Ser zombie es muy curioso. Comerme a este chaval, que creo que era periodista o algo así, y convertirle en uno de los nuestros, no deja de ser raro. Especialmente cuando yo fui una de las suyas.

Pero además de curioso, ser zombie es muy pesado, tiene también unas reglas muy claras y concisas. No se puede correr, apenas puedes mover bien tus articulaciones y tienes que ir arrastrando las piernas, ya no se puede hablar, solo gruñir, y me molesta la piel podrida de la cara. Los habitantes del pueblo nos miran raro, como si nunca en su vida hubieran visto a uno de los nuestros. «¡Por fin Quijorna en el mapa!», grita una mujer a nuestro paso, quien en las horas de la madrugada aún está en la calle con sus hijos pequeños, atendiendo a una macabra cabalgata.

Pero no todos nosotros somos iguales. Yo no puedo correr, ni gritar, y técnicamente tampoco morder (mucho). Hay otros, una raza superior, conocida como Z, que si que corren, y muy rápido. Tienen una velocidad increíble, y en ocasiones nos ordenan que tendamos emboscadas en las calles más estrechas, para que puedan apresar a los supervivientes que aún quedan por ahí, escondidos de nosotros, de los militares, de sus propios compañeros…

Uno de los zombies que participó en el evento. Foto: Pepe Añón

Uno de los zombies que participó en el evento. Foto: Pepe Añón

Porque hay supervivientes muy capullos, que se delatan unos a otros y recuerdan que esto va de supervivencia. También hay padres capullos y niños que se parecen a sus padres, esos que están todo el rato con la cámara en alto y gritando a los vivos dónde estamos escondidos los muertos, para que no se metan por ese callejón en cuestión. Para dejarnos sin comida.

Ser zombie es muy curioso, puede que hasta sea incómodo, pero también extremadamente simple. «Los supervivientes vienen a Quijorna a pasar miedo, vosotros estáis aquí para pasarlo bien y cazarlos», explica nuestro líder, «incluso aquellos que hace apenas diez minutos que erais humanos, aprender a divertiros y a vivir como zombies». Eso significa que tu horda es tu familia, y empezará con cuatro zombies, pero para el final de la noche seremos posiblemente cuatrocientos los que nos enfrentaremos a los militares, a los supervivientes y a todo aquel que se ponga en nuestro camino. También asustaremos a los locales, aquellos que no nos dejan comer en paz e intentan proteger a los humanos dentro de los bares.

Aprenderemos a morir como zombies, a caer ante los disparos de la Resistencia en el suelo frío y mojado de Quijorna, en esta madrugada de noviembre, y a levantarnos varios minutos después porque la muerte, para nosotros, es la vida.

«Mira mamá, tiene los dientes negros, no se los ha lavado», chilla una niña vestida de rosa, mientras me señala. Le gruño un poco con mi líder, y ella se ríe y nos pide una foto. «Eres una zombie buena, ¿a que sí?», me pregunta con dulzura. «Bueno, esta noche me he comido con mi horda a un niño un poco mayor que tú», le respondo. La niña me mira extrañada, niega con la cabeza y me dice que «fijo que era un niño malo».

No, si al final, los zombies vamos a ser los buenos.

Humano o zombie, lo importante es pasarlo de miedo

Algunos de los organizadores que vigilaban el juego en Quijorna aseguraban que la mejor forma de participar en una Survival es «empezar como humano y acabar siendo zombie». De hecho, son muchos los participantes que ceden a la presión, a los nervios, y al miedo de que un no muerto salte de detrás de un coche o un arbusto para comerlos.

Sin embargo, hay supervivientes que tienen una segunda oportunidad. En el Colegio Príncipes de Asturias, donde la organización de la Survival Zombie tenía su campamento base, daban dos opciones a los derrotados: pasar por maquillaje y convertirse en un zombie aterrador, o pagar 10 euros por una «vacuna» que les permite volver al juego como humanos.

Tampoco es una decisión tan transcendental como parece, ya que este sábado 6 de diciembre es la Survival Zombie de Ayllón (Segovia), dando la última oportunidad del año para jugar al escondite.

La Resistencia se enfrenta a los zombies. Foto: Pepe Añón

La Resistencia se enfrenta a los zombies. Foto: Pepe Añón

Survival Zombie en Quijorna

Imagen 1 De 7

Ataque a los zombies. Foto: Pepe A.

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