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La maldición de la Ciudad Eterna

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En Roma anochece a las 17h en invierno. Foto: E.B

Roma tiene un problema. Bueno, en realidad tiene varios, como el pavimento destrozado de sus calles, la escasa iluminación de las farolas o que algún monumento está escondido bajo una cascada de andamios. Pero su principal inconveniente son las expectativas que tienen algunos turistas.

Todo el mundo quiere ir a Roma. Y quien no quiere, o ya ha estado o está loco. Visitar la Ciudad Eterna se encuentra justo entre plantar un árbol y escribir un libro en esa lista de cosas que hay que hacer en la vida. Y todo ello antes de tener un niño.

Sin embargo, cuando por fin te encuentras en una de sus estrechas callejuelas de edificios de colores crema con contraventanas verdes, la decepción se asoma por tus ojos. ¿Y ya está? ¿Esto es todo?, te preguntas. Una Piazza de España abarrotada en la que casi no hay escalones donde sentarse. Una Piazza Navona llena. Unos Museos Vaticanos a rebosar, con una Capilla Sixtina donde el ruido de los turistas es ensordecedor. Los Foros y el Coliseo hasta los topes. Vendedores ambulantes ofreciéndote a cada paso un palo para “selfies”, en lugar de venderte miniaturas de los monumentos más famosos. Si esto es Roma, que alguien me saque de aquí.

Con el ánimo por los suelos, chocas con cada persona que se cruza en tu camino en una Via del Corso. Mientras los italianos hacen cola para comprar sus regalos de Navidad, disfrutas de la única calle iluminada de la ciudad.

Como una suerte de Gran Vía a la romana, entre sus edificios cuelgan luces de colores que dan forma a las banderas del mundo, del Vaticano a Israel. Están todas, o casi todas. Al final de la calle, en la Piazza del Popolo, haces recuento: ¿Y la bandera de España?

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Luces de Navidad en la fachada de Fendi. Foto: E.B

Aunque tampoco vas a quejarte. La Via del Corso es la única iluminada, en el resto de calles las bombillas y el espumillón corren a cargo de los comercios. Algunas tiendas muestran sus fachadas engalanadas de tejado a suelo, otras apenas se atreven con un tímido árbol de Navidad y un cartel felicitando las fiestas. Los dueños de estas últimas defienden que no están los tiempos para bombillas de colores, incluso aventuran que el propio alcalde de Roma, Ignacio Marino, piensa como ellos. Por eso, este año no hay iluminación navideña.

Pronto te das cuenta de que sigues teniendo opciones: puedes lamentarte porque Roma apenas tiene luces de Navidad o disfrutar de las farolas, puedes quedarte con la Fontana de Trevi que has visto, andamiada y vacía, o puedes echarle imaginación para ser Anita Ekberg en La Dolce Vita.

Roma vs La Ciudad Eterna

Los romanos lo tienen claro: una cosa es la capital de Italia, y otra la capital del Imperio Romano. Muchos de ellos no pisan el Coliseo desde que fueron con el colegio, y total para qué si ya no queda nada del mármol con el que se construyó. Roma vive a dos velocidades. Y como visitante, tienes que conocer ambas.

La ciudad es también esos niños que juegan al Twister en medio de una callejuela cerca del Tíber. Pequeños que aprovechan el mínimo rayo de sol para salir con sus muñecos, pensando ya cuáles le pedirán a la Befana esta Navidad. Porque en Italia no hay Reyes Magos, es una simpática bruja la que en la noche del 5 de enero llena los calcetines de los ragazzos que han sido buenos con chocolates y caramelos.

Perderse por el barrio del Trastevere es una de las formas de encontrarse con el verdadero espíritu de Roma, despreocupado y alegre en el que las prisas no existen. Donde al girar una calle te das de bruces con una iglesia bizantina que puede sorprender más que la mismísima basílica de San Pedro. Aunque sea por lo inesperado del encuentro.

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Comer una pizza en Baffetto depende de que le caigas bien al dueño. Foto: E.B

Lejos de los lugares más turísticos, en la parte trasera de la Piazza Navona, hay trattorias en las que si no le gustas al dueño, no puedes entrar. Sitios con unas matemáticas especiales, en los que si la suma de la cena da 64 euros, se queda en 60 euros, y si la vuelta es de 1’60 euros, te devuelven 2 euros y punto. En Roma puedes preguntarle a un camarero dónde está el bar que llevas una hora buscando, y no pasa nada: con una sonrisa te explica que tienes que seguir recto y girar al final de la calle a la derecha. Sin molestarse, sin intentar venderte su producto.

Roma merece dos viajes, y así lo aseguran camareros, pequeños comerciantes y empleados de hotel. En el primero, prepárate para esperar. Una hora de cola para entrar en la Basílica de San Pedro; 120 minutos para entrar en los Museos Vaticanos; 3.600 segundos para entrar en el Coliseo. Es tu obligación patear cada piedra de suelo romano con más de 2.000 años de antigüedad y lanzarte desesperado a los trozos de mármol que quedan en el Foro en los que poder sentarte. Créeme, terminarás por definirlos como “piedras cómodas”. Camina, camina, camina y vuelve a caminar, de plaza a plaza. Maravíllate con el Panteón. Cómete un helado. Haz todo eso, sé un guiri en la Ciudad Eterna.

Y luego vuelve. Vuelve para ver Roma. Vuelve para hablar con camareros y vendedores de castañas. Piérdete por las calles de la capital y conoce a los romanos de ahora; que ya bastante te has maravillado con los que vestían togas hace dos mil años. Come pizza y espaguetis hasta aborrecerlos, y siempre en los lugares más cutres, en los más italianos. En los que cuando le pides al camarero dos botellas de agua natural, se va a buscarlas a un supermercado.

Y siéntate en la Piazza Navona al anochecer, agotado, en uno de sus fríos bancos. Fíjate un momento en el señor que, ayudado con el palo de una escoba, roba monedas en una de las fuentes. Mira como un chico intenta conseguirle un peluche a su novia en una de las casetas de tiro. Y luego, cierra los ojos y disfruta del violinista que interpreta La vida es bella. Porque Roma, al fin y al cabo, es eso: un momento eterno congelado en el tiempo.

Un comentario en «La maldición de la Ciudad Eterna»

  • LLevo ya varios años fuera de mi ciudad. Solo regreso a ella en vacaciones pero leer este artículo, con la perspectiva que da residir en Madrid, me ha puesto una sonrisa en la cara. Era hora de leer algo diferente sobre la Ciudad Eterna. Gracias Madrilánea.

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