Mi primera vez en Tinder


Dos desconocidos: un chico, una chica, un domingo cualquiera. Las maneras han cambiado; las intenciones no

Ya no pido fuego, un cigarro o la hora, ahora tengo Tinder. Ahora soy Teresa, 22 años. 16 Km o 22 Km de distancia. Depende. Porque ya no tengo novio y quiero conocer a chicos. Mi amiga Alba me contó que se había hecho un perfil y en una semana había conseguido 42 posibles parejas. No entendía nada. Yo jamás había ligado tanto. Ni siquiera en mi verano de los 15. Decidido, me descargo Tinder.

Me gustan mucho los preliminares. Las miradas de reojo y las medias sonrisas eran mi truco infalible. Con esta aplicación móvil para ligar me es imposible. Tengo que reinventar mi repertorio de cortejo. No sé muy bien cómo hacerlo. Ya he dado a unos 30 corazones verde en fotos de chicos de entre 20 y 30 años, esto significa que me ha gustado su foto, su nombre, edad y distancia. No sé nada más de ellos aún pero ya me gustan. A las cuatro horas ya tengo 12 coincidencias, es decir, 12 chicos y yo nos hemos intercambiado un corazón verde. Me resulta súper divertido. Comienzan los holas, buenas, qué tal, sales guapa en la foto, ¿eres así de verdad?, ¿qué estudias?, ¿trabajas?

Todavía no conozco a nadie pero según doy a más corazones resulta que tengo más posibles parejas, dice Tinder. El catálogo de hombres en esta aplicación es interminable, parece el rastro de Madrid. Una auténtica locura. Ya llevo tres días con ella descargada, y estoy deseando quedar con alguno. No me satisface hablar por un chat del móvil. Me resulta, cuanto menos, aburrido. Tengo muchos prejuicios al respecto de esta nueva manera de pasarlo bien pero está de moda. La gente lo tiene, todo el mundo habla de ello. Decidido, voy a proponer a Borja, una de mis posibles parejas, quedar cara a cara. Me apetecen unas copas, quiero conocerle. Él, algo reticente, accede.

Tinder es un camino

Tinder es un camino Foto: T.D

Decidimos vernos el domingo a las ocho. Yo, sentada en la terraza de La Tertulia, un bar situado en Paseo de la Habana, temblaba de los nervios. Era mi primera vez. Mi primera vez en Tinder, y cada vez estaba más sonrojada. Borja se retrasó, así que pedí un gin tonic y me encendí un cigarro. Miré a la derecha y apareció un chaval parecido a la foto de perfil de Borja. Se acercó a mí sonriendo, imaginé que sería mi cita. Pensé que no me gustaba pero ya estaba ahí sentada, no podía levantarme. Él se pidió otra copa y se encendió otro cigarro. Dos desconocidos, nerviosos, expectantes, sin saber qué sucederá, sin saber qué quería el otro. Una copa o algo más.

Resultó ser un chico encantador, consiguió hacerme reír. Teníamos cosas en común: la edad y la soltería, pero poco más. Después de dos copas y diez pitis tuve que volver a decidir. Podía despedirme con un cordial saludo y prometer seguir hablando por Tinder, besarle o invitarle a mi casa. Opté por la primera opción. Él por la segunda. Decidí dar un paso atrás; hasta luego Borja, adiós Tinder.

Le conté a mi amiga Alba que la experiencia no me gustó nada, me preguntó si había sido un desastre en la cama. No llegamos a la cama Alba, le contesté alarmada. Ella me explicó que lo utilizaba para eso, sexo fácil. Es la forma más directa. No das explicaciones, tampoco las pides. No existen los compromisos. Son tardes, mañanas o noches, a veces apenas dos horas. Eliges a una de tus posibles parejas y se lo propones. «Teresa, es muy sencillo, así que ya sabes». Sentí que desde mis 18 las maneras habían cambiado demasiado. O, tal vez, fuera yo. Me había estancado en el sueño de la cola del súper, el vagón del metro, el compañero de trabajo, el amigo de un amigo.

Le fui con la cantinela de mi aventura a mi compañero de piso en cuanto llego a casa. Estaba con su amiga María, que esperó a que terminara de contar de principio a fin mi cita y me dijo «Teresa yo conocí a Jorge en Tinder». No me lo podía creer. Su novio desde hace ocho meses, del que está enamorada, lo conoció en una aplicación del móvil. Ella no buscaba novio me dijo, solo conocer gente. Él acababa de llegar de Málaga y no conocía a nadie en la capital. La soledad hizo el resto.

Igual que en una discoteca o en una librería, las miradas en Tinder se quedan prendadas o se esquivan.

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Texto por: Teresa Díaz

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