Hagan sus apuestas


Desde su irrupción en 2008, el fenómeno de las casas de apuestas no ha dejado de crecer en Madrid
Un joven realiza una apuesta. Foto: R.M.F.

Un joven realiza una apuesta. Foto: R.M.F.

Un gol en los últimos minutos de un encuentro de máxima rivalidad, el sprint final en una carrera de caballos o el punto definitivo de un partido de tenis siempre resultan atractivos e interesantes para el espectador. Ahora, el grado de emoción puede ser todavía mayor si van acompañados de una pequeña apuesta. Una combinación que en la Comunidad de Madrid es posible desde el 30 de noviembre de 2006, cuando el Gobierno Regional aprobó el Decreto del Reglamento de Apuestas. Posteriormente, la Ley 13/2011, de 27 de mayo, sería la que pasase a regular el juego en todo el ámbito nacional.

De este modo, se ponía fin al vacío legal que existía en esta materia y se abría la puerta a la aparición de numerosos locales en los que cualquier persona mayor de edad podía apostar mientras veía el evento deportivo. Llegaban a España las casas de apuestas que tanta tradición tenían en otros países como el Reino Unido.

Madrid fue la primera ciudad de nuestro país en legalizar este tipo de establecimientos al conceder el 16 de abril de 2008 una licencia a la empresa Victoria. A partir de ese momento y hasta la actualidad, los empresarios del sector han visto una gran oportunidad de negocio en las apuestas deportivas y no han parado de solicitiar licencias y abrir locales. Los juegos de azar dejaban de ser un espacio exclusivo reservado a bingos y casinos.

Los dos primeros apostantes en Madrid en 2008. Foto: Ernesto Agudo

Los dos primeros apostantes en Madrid en 2008. Foto: Ernesto Agudo

Una evolución que tuvo su reflejo en cifras. En 2008 los madrileños invirtieron 3.477 millones de euros en tragaperras, cartas, ruletas y carreras de galgos o de caballos, según datos oficiales recogidos por la Dirección General de Tributos y Ordenación y Gestión del Juego. Las apuestas suponían únicamente 20,6 millones o, lo que es lo mismo, el 0,5% del total.

La crisis económica hizo que en los siguientes años se invirtiese por completo la tendencia. Así, en 2012, las máquinas recreativas, los casinos y los bingos registraron una caída generalizada. Sin embargo, las apuestas dispararon su volumen hasta los 191 millones de euros, que suponían un incremento del 827%. Un año después, en 2013, el número de locales de apuestas ya había superado los 300 en la capital.

Este auge también se ha dejado notar en el madrileño barrio del Pilar. En un radio inferior a un kilómetro de distancia se pueden encontrar hasta tres establecimientos en los que realizar apuestas deportivas. Pertenecen a dos de los más grandes operadores: Sportium y Codere. Ambos ocupan las posiciones más altas en cuanto a porcentaje de ingresos y número de locales abiertos.

Una variada oferta

«En las apuestas, el fútbol también es el deporte rey», asegura una de las empleadas de la tienda de Sportium de la calle Sangenjo. Una experiencia que comprobé de primera mano. Aposté en el partido de Copa del Rey del pasado miércoles que tanto el Atlético de Madrid como el Barcelona marcaban al menos un gol cada uno. Descubrí que ver el fútbol con un boleto en la mano le da a un encuentro en el que no juega tu equipo una emoción extra. El resultado final de 2-3 me hacía ganador. Comprendí la adrenalina que se siente con el juego aunque solo gané un euro y medio.

Sin embargo, hay vida más allá del fútbol. La oferta es de lo más variada: baloncesto, tenis, Fórmula Uno o hockey hielo son solo algunas de las decenas de disciplinas en las que se puede jugar. Asimismo, se mantiene todo un clásico como son las carreras de caballos. La emoción que se vive en un hipódromo se traslada a las pantallas de las casas de apuestas. «En el mundo de la hípica los apostantes suelen ser expertos que conocen bien a los jockeys y que apuestan cantidades de dinero elevadas», explica la empleada de la casa de apuestas.

A este tipo de competición se han unido, cada vez con mayor fuerza, las carreras de galgos. Todos los días, desde las 12.03 horas del mediodía y hasta las 22.22 horas de la noche, no dejan de sucederse las competiciones. «Son muy populares entre los más jóvenes porque por un euro pueden apostar por uno de los seis galgos y en menos de tres minutos saber si han ganado o no», apunta.

Antonio, desde una de las máquinas del fondo del local, asiente con la cabeza. «A mí lo que me gusta es apostar sobre fútbol porque es de lo que entiendo, pero una vez que estás aquí pruebas echando alguna moneda a los perros», dice entre risas. A sus 21 años, asegura que únicamente se gasta lo que haya podido ganar la vez anterior.

«Bueno, alguna vez me dejo parte de la paga, pero nada más», matiza, a la vez que apunta que el problema lo tendría si trabajase y tuviese más dinero para gastar. «No sé si sabría controlarme». Y es que uno de los aspectos que ha traído consigo el crecimiento de las apuestas es un cambio en el sector: la media de edad de los jugadores ha bajado considerablemente. «El perfil medio del apostante tiene entre 18 y 30 años», explica la dependienta de Sportium.

Luces y sombras

Por este motivo, el número de adolescentes que llegan hasta las asociaciones que tratan la ludopatía no deja de aumentar. Es el caso de Jorge. Con 19 años descubrió que el juego se había convertido para él en una enfermedad. «Mientras tienes dinero cierras ojos a la realidad. El problema aparece cuando tienes que recurrir a vender tus cosas o robar a tus padres para seguir apostando. Ahí descubres que has tocado fondo y no tienes más remedio que confesar tu situación», afirma.

En la actualidad, Jorge asegura que lleva una «vida normal», pero sin poder jugar. Todavía recuerda los primeros días tras confesar su adicción, cuando «no podía ni ver un partido de fútbol porque solo pensaba en qué equipo ganaría para apostar por él».

En Madrid, la asociación sin ánimo de lucro Jugadores Anónimos organiza reuniones en grupo en las que se comparten de manera anónima las experiencias vividas con el juego. «No damos el alta a nadie ni contamos con terapeutas, lo que intentamos es ayudar a la gente», indica uno de sus coordinadores.

Un objetivo que comparten con el Grupo Date una Oportunidad, una organización que también se basa en el anonimato de las personas que acuden hasta ellos. «Lo que define a un ludópata no es el juego en sí, es que actúa cada vez con una mayor compulsividad», explica uno de sus miembros, quien tiene claro que la ludopatía es «una enfermedad incurable».

Un simple juego o una adicción, el negocio de las casas de apuestas no deja de crecer.

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Texto por: Raúl Martín

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