Adiós a la última pantalla X de Madrid


Laura Martínez lleva seis años inmortalizando el cine en sus fotografías. Rafa Sánchez lleva 28 proyectando las películas. Pero a esta sala le queda muy poco tiempo para desaparecer y dejar huérfanos a espectadores, trabajadores y curiosos.
Bobinas de películas X en el piso de arriba de la sala. FOTO: B.F.R.

Bobinas de películas X en el piso de arriba de la sala. FOTO: B.F.R.

«Caray con el mayordomo que largo tiene el maromo» o «El que hace incesto hace cien», son el tipo de cartel que uno puede ver si se acerca a los cines de la calle Duque de Alba número 4. Un largo y sórdido pasillo te conduce hacia el interior de la sala. En el suelo una gran X y un maniquí te dan la bienvenida. Los carteles con títulos de películas porno llegan hasta la taquilla, a partir de ahí lo que se lleva es el cine convencional. Un póster de la española «Stockholm» o «Stuart Little» decoran un despacho en el vestíbulo. Una frase se repite varias veces en la pared: «La felicidad no se compra, ni se vende. Se comparte». Durante un instante podrías olvidar donde te encuentras de no ser por los gemidos que se escuchan de fondo y la atenta mirada de Cicciolina (exactriz porno y expolítica italiana) desde el póster de una pared.

La de Duque de Alba es la última sala X de Madrid. De las 11 que comenzaron en la capital allá por 1984, solo queda esta. En otros tiempos fue una tarea dura sacar adelante este tipo de cine. Con la Ley Miró, de 1985, surgieron multitud de salas. Hasta entonces el cine era más casto aunque la situación había cambiado bastante desde el 75. El público ya podía ver hombres y mujeres desnudos e, incluso, en actitud cariñosa. Pero no era suficiente, faltaba ese «final feliz».

Este tipo de cine tenía sus clientes regulares, pero nunca llenó del todo sus salas. De hecho, si pregunta a conocidos y allegados si alguna vez pasaron por sus butacas, lo más probable es que respondan que no. «Vamos, lo conozco de oídas, yo no iba ahí». Luego, si es muy insistente preguntando, probablemente acaben confesándole que una o dos películas sí que vieron. «Una vez fui con un amigo, me arrastró a ver “Emmanuelle” y otra malísima», confiesa Luis, un vecino de Malasaña. Esta película erótica de 1974, fue uno de los films pioneros. «Cuando fui a ver “Emmanuelle” al cine solo había una serie de hombres disgregados por la sala. Recuerdo que uno cogió y se sentó a mi lado. “¡Qué sospechoso!”, pensé, y entonces me cambié», cuenta Luis.

Un maniquí te da la bienvenida en la sala de Duque de Alba, número 4. FOTO: B.F.R.

Un maniquí te da la bienvenida en la sala de Duque de Alba, número 4. FOTO: B.F.R.

No se trata del ascenso y declive de un gran negocio. Las irregulares cifras económicas y la aparición de internet fueron los responsables de acabar con los cines X definitivamente. Solo quedaban tres en los últimos años, contando con el de Duque de Alba. Uno en la calle Postas, al lado de la plaza de Sol. Otro en la calle Corredera Baja de San Pablo, en el barrio de Malasaña. El primero es ahora una tienda de Souvenirs para turistas; el segundo, un supermercado DIA.

Pero parece que el tiempo también se le agota a esta sala. Es más que probable que a lo largo de este año se reconvierta. Con él, desaparece la sesión continua y también una figura clásica de los bajos fondos decadentes de la ciudad.

Seis años fotografiando la sala

La mezcla de sala de cine decadente, carteles hechos a mano para anunciar las películas y la belleza del edificio fueron lo que atrajeron la atención de Laura Martínez. Esta fotógrafa andaluza lleva seis años inmortalizando el lugar.

Su relación con la sala de Duque de Alba comenzó en 2008. El cine estaba abierto para un evento cultural y la fotógrafa vio la situación perfecta para colarse. Al asomarse a la sala de proyecciones, la voz del encargado del cine  preguntó a sus espaldas «¿Has visto “Cinema Paradiso”?». Es una incondicional desde aquel momento. Explicó a Rafa Sánchez, el proyeccionista y alma del cine, que quería llevar a cabo un proyecto, fotografiar el lugar y retratar a la gente que pasaba por ahí. «Me vine una tarde y ya no me fui nunca», admite entre risas. El proyecto que tenía en mente fue variando. Conoció la sala por dentro y perdió el interés en contar las historias de la gente. Vio que allí había mucho más que fotografiar.

Desde entonces, siempre que su trabajo se lo ha permitido, ha regresado a hacer fotos. Definen su obra como decadente, pero mientras la gente ve outsiders, ella ve autenticidad. «Creo que llevaré toda la vida y no sabré qué es de lo que hablan mis temas».

Como fotógrafa ha retratado un circo, la lucha libre y el elemento de las máscaras, en la actualidad trabaja sobre el tema de la transexualidad… pero esta sala ha significado un antes y un después en su vida. Una exposición, un libro y DÚO, [un proyecto periodístico editado por PHREE] son algunos de sus proyectos relacionados con la sala. El tema de la identidad es una constante en sus fotografías. «Una vez entras dentro nadie te va a preguntar aquí si eres casado, si eres soltero, si eres gay, si tienes hijos, si nada. No se va a juzgar, puedes ser quien tú quieras», explica. Para ella, lo que muestran sus fotos son «espacios de teatralización de la realidad muy relacionados con la identidad de cada uno».

Admite que en muchas ocasiones ha pensado que el hecho de que fuese una sala X era algo negativo para su trabajo. El propio tema predispone a la gente a pensar que van a ver ciertas cosas que no son. Aunque Rafa Sánchez cree que puede ser también algo positivo. «A nadie se le hubiera ocurrido hablar de este cine. No hay que negar la atracción de lo que es, porque si hubiera sido un cine de barrio: ¿a quién le hubiera interesado venir?».

Más que una pantalla divertida

Rafa Sánchez, el encargado de proyectar las películas, está cansado. Lleva veintiocho años trabajando la sala de Duque de Alba. Desde los tiempos en que se proyectaba en 35 milímetros hasta ahora, que solo hay que poner un DVD. Tal vez por el futuro incierto del cine, o por la gran cantidad de veces que le han entrevistado, se resiste a hablar del tema una vez más. Pero cuando empieza a hablar de sus años allí, su lengua se dispara.

Al encargado del cine le gusta compararse con Totó, protagonista de su película favorita, «Cinema Paradiso». Comenzó igual que el personaje, como ayudante de cabina, cuando tenía 16 años. La sala es su casa y por eso se cabrea cuando alguien lo llama «cine porno».

«¡Que no es un cine porno, es el que tiene la pantalla más divertida!», repite a modo de reproche. Hay un goteo constante de gente. Solo entran hombres, la media de edad se sitúa en torno a los 40 años y la gran mayoría entra con el abrigo lo bastante subido como para que sea difícil reconocerles. Rafa Sánchez explica que el cine es un «pequeño refugio» para esas personas. Entran buscando compañía, contacto físico y, en la mayoría de ocasiones, también sexual. Pero el cine es mucho más que una «pantalla divertida».

El edificio es antiguo pero conserva su belleza. La calefacción aún funciona con carbón. No hace tanto tiempo fue la sede del periódico liberal El Imparcial. El piso de arriba, sobre la sala de cine, hace las veces de bar. Una barra y máquinas expendedoras con cerveza para que los parroquianos puedan charlar, beber o ver la televisión. Hasta cuenta con una pequeña terraza donde echar un pitillo o hablar de cine. Porque, aunque sea una sala X, de lo que más se habla aquí es del cine de toda la vida. «El Padrino», «La naranja mecánica» o «Tomates verdes fritos» son las películas favoritas de alguno de los habituales. «A lo mejor como anécdota hablamos de si Rocco Siffredi [actor pornográfico italiano] la tiene más grande o menos grande, pero realmente hablamos de cine convencional y clásico, que es el que nos encanta», explica Rafa Sánchez.

Otro de los puntos que llama poderosamente la atención en este lugar son los carteles que se utilizan para promocionar las películas. En España, las películas porno no pueden anunciarse con imágenes, por este motivo Rafa Sánchez lleva tantos años dibujando los carteles. Conserva más de 400. Prácticamente todos han sido inmortalizados por Laura en algún momento.

Todo tipo de elementos surrealistas se juntan en ellos. Los títulos de las películas traducidos en español, ya de por sí delirantes; algún dibujo de una chica, un contorno o una silueta, añadidos por Rafa, y de un tiempo a esta parte también frases de cine clásico que puedan pegar con el título de la película.

El  cine X ha sido en los últimos tiempos un reclamo para curiosos, periodistas e incluso cineastas. A pesar de que siempre existieron rumores de trapicheos o yonquis, el ambiente que se respira es diferente. Los espectadores entran y salen constantemente. Clásicos del cine decoran el vestíbulo. Los maniquís te dan la bienvenida. El pasillo, con una de esas sórdidas luces que parpadean, da cabida a una docena de carteles elaborados por Rafa. El sonido de fondo siempre es el mismo: orgasmos, gemidos y frases lascivas. Al principio el ruido ambiente sorprende, contaba el taquillero de uno de estos cines. Al final, como a todo, te acostumbras.

Rafa Sánchez enseña uno de los 400 carteles que ha hecho para promocionar las películas X. FOTO: B.F.R.

Rafa Sánchez enseña uno de los 400 carteles que ha hecho para promocionar las películas X. FOTO: B.F.R.

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Texto por: Beatriz F. Rebolledo

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