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Labios como espadas: la tradición del debate oral en la universidad

La Universidad Complutense de Madrid vive una «fiebre» de debate luego del fenómeno Podemos, y las antiguas facultades de ciencias sociales y letras ofrecen cada vez más espacios donde se conversa en animadas tertulias y duelos sobre todas las cuestiones. Es común ver en cada facultad foros de debate, decenas de pancartas y la necesidad de participar en cada sesión.

El escritor Tom Wolfe recordaba en su novela «Yo soy Charlotte Simmons» cómo se diferenciaban las artes liberales de los saberes aplicados en el mundo antiguo. Entre estas artes el Trivium, los tres caminos, eran las tres puntas de ese triángulo conocido como la elocuencia: la gramática, la dialéctica y la retórica. Éstas, cuyo objeto según los filósofos clásicos era la persuasión, eran vedadas a los esclavos que sólo podían tener oficios aplicados. El gran medio de la elocuencia siempre fue en Roma la palabra.

Cicerón, el gran orador clásico - ABC
Cicerón, el gran orador clásico – ABC

Según María Jesús Casals, catedrática de Ciencias de la Información, ésta suele tener menor precisión ya que «nosotros no pensamos igual que escribimos. Los razonamientos de manera oral tienen menos importancia que escritos». Quizá por esa razón la oratoria y el debate conecte tanto con las grandes audiencias, ya que la implicación emocional supera a la razón y cualquiera puede sentirse conmovido. Rubén Darío comparaba la oratoria del político Emilio Castelar con los grandes cantantes de Ópera, con el auditorio entregado a su palabra en un fenómeno que tenía mucho de artístico. Las imprentas hasta bien entrada la Edad Moderna era monopolio de reyes, gobernantes y eclesiásticos, y eso permitió la pervivencia del orador. Éstos servían como oráculos de las ideologías en boga y permitían resquebrajar con sus exposiciones el viejo pensamiento medieval.

La revolución francesa en 1789 hizo añicos el monopolio de la palabra que tenían las viejas aristocracias feudales. Sus debates construyeron un imaginario clave en la difusión de las ideas liberales a lo largo del siglo XIX. Una figura como Mirabeau, que con sus formas y fiereza podía mover las masas, fue clave en constituir un tipo social que hacía de su principal arma algo tan inofensivo como la palabra.

Las universidades poco a poco tomaron el lugar de los púlpitos en el dominio de la palabra. La legislación en la década de 1850 en la Universidad Complutense de Madrid (la antigua Universidad Central de Madrid), que suprimió temporalmente las facultades de teología,  es el verdadero momento de cambio y a lo largo de esta década los catedráticos progresistas y conservadores se enfrentaban en duelos de palabra que suponían todo un espectáculo teatral. Esos duelos no los instaba la propia universitaria, sino que el propio espacio público de la sociedad liberal, el café, llevaba implícito un debate que se trasladaba a las aulas.

 Jóvenes con futuro

Como recordaba Hernández Guerrero, profesor de la Universidad de Cádiz: «La oratoria tiene lugar en un espacio común, compartido entre el orador y los oyentes. Posee un carácter teatral y, por lo tanto, la sala está dividida en dos ámbitos desiguales, enfrentados y situados en diferentes planos o niveles».

El carácter teatral de estos actos se muestra en la melancólica reconstrucción que hace el catedrático Miguel Morayta de las Academias Sabatinas. Allí, en una habitación de la capilla de San Isidro, se realizaban debates oficiosos donde asistían los jóvenes políticos que habrían de batirse en duelo en las Cortes años después.  Por el lugar pasaron Cánovas del Castillo, el citado Emilio Castelar, Ruiz Zorrilla o Cristino Martos. Estas discusiones se llevaban en ocasiones al Café la Esmeralda en la calle de la Montera y duraban hasta altas horas de la noche.  Continuaban muchas de ellas, ya desde inicios de siglo, en el Ateneo de Madrid, donde se disertaba a través de largos periodos en sesiones concurridas por tipos de toda clase.

Conferencia de Emilia Pardo Bazán en el Ateneo de Madrid - Joaquín Vaamonde
Conferencia de Emilia Pardo Bazán en el Ateneo de Madrid – Joaquín Vaamonde

Los debates retóricos, nervio de la Universidad Central por aquel tiempo, eran fundamentales en facultades como Filosofía y Letras o Derecho, ya que se consideraba el dominio de la exposición oral como un método definitivo de genio y talento. La obsesión con la retórica ampulosa durará en política hasta la II República, siendo duramente criticada por el político Francisco Silvela o el escritor Benito Pérez Galdós.

Para autores como Josep Pla este régimen político«nunca pasó de ser una charla de Ateneo», y contaminó a toda la sociedad. Era un país donde todo el mundo quería ser un orador y predecir el borroso futuro de los años venideros.

Los tiempos mediáticos

La dictadura de Franco es el fin de esta retórica de «salón»: el régimen controló los ámbitos públicos de difusión. La represión universitaria, estudiada recientemente por Luis Enrique Otero Carvajal,  dejó la discusión en la férrea sumisión a los principios doctrinales. Los viejos tiempos de los oradores utilizando metáforas poéticas en el Ateneo dejaron paso a los partes oficiales, las disertaciones sin turno de preguntas y la retórica propia de un régimen militar.

A finales de los 70, a través de la televisión, el criticado y pauperizado debate tomó las pantallas a través de programas como «La Clave» de José Luis Balbín. Esta tertulia, todavía anclada en los cánones del viejo catedrático franquista ofrecía exposiciones que permitían recuperar el espacio público de opinión luego de años sin democracia.  Como decía Juan Pecourt, el programa «seguía el modelo de Apostrophes, el prestigioso programa cultural de la televisión francesa dirigido por Bernard Pivot, y al mismo tiempo recogía el testigo de los debates que hasta entonces habían organizado periódicamente determinadas revistas de la oposición al franquismo sobre los temas más candentes de la política española».

Fotograma de »la Clave - ABC
Fotograma de la Clave – ABC

Con los años este discurso se ha empobrecido, y ha ganado en espectacularidad mediática y conmoción pública. El auge de las televisiones de TDT, con debates en inicio conservadores, ha traído la política a cada pequeño aparato receptor. Para Casals existe un problema en «convertir esto en un espectáculo para atraer cierto tipo de masa», pero es parte del fenómeno reciente del Homo Videns, que teorizara el politólogo Giovanni Sartori. Este autor llega a afirmar que «la vídeo-política reduce el peso y la esencialidad de los partidos y, por eso mismo, les obliga transformarse».

La comprensión de estos preceptos, y la necesidad de dominar las artes oratorias, llevó a gran parte del partido político Podemos a ejercitar sus dotes retóricas. En la Facultad de Políticas en Somosaguas se creó un sistema de debates, cerrado en opinión de Antonio Elorza y demás profesores críticos, pero que tenía mucho de recuperación del espíritu de la universidad del XIX. La proyección de este fenómeno a las televisiones y redes sociales ha amplificado al máximo toda la difusión que alcanzaba un simple discurso en el siglo pasado. Como afirmaba Pablo Iglesias citando a Borges en su tesis, «la plasmación de las ideas, incluso en el propio recuerdo, termina siempre mediada por palabras». Cerca de Somosaguas la actividad «Comunícate: Aprende a debatir» se organiza este mes de febrero en la Facultad de Ciencias Económicas en la Universidad, y demuestra que esta moda está aquí para quedarse. Se pretende que los alumnos «mejoren la oratoria, el debate en grupo y aprendan argumentación», en definitiva, «perder el miedo a hablar en público».

Para Estrella Trincado, organizadora del evento y profesora de la Facultad de Económicas, «es fundamental introducir la oralidad y el debate en la universidad como forma de crear una sociedad civil sana. Hoy en día existen debates en internet a través de twitter o de los blog que, sin embargo, desvirtúan el sentido último del debate: muchos se basan en el anonimato y otros, aunque estén firmados, no exponen en un cara a cara sus ideas. Además, muchos de los que escriben se limitan a exponer las ideas de otros o «cortar y pegar».  Esta mayor implicación emocional se demuestra para ella en el debate de Kennedy con Nixon en 1960. Trincado cree también que esta pérdida oral se debe a la progresiva sofisticación social: «la retórica ha tendido a perderse porque cada vez hay más la conciencia de que la economía y técnica rigen el mundo, y la política y buenas ideas son meras utopías».

La Facultad de Políticas y Sociología en Somosaguas – JULIO TOVAR

Estas iniciativas no tienen todavía una aplicación «oficial» en la universidad pública, y la mayoría de grados implantados con Bolonia no tienen asignatura de debate o exposición. Es la propia iniciativa de los profesores la que decide si se presenta un tema en clase, y hasta hace poco era común ver estas disertaciones detrás de un monitor, sin buscar el intercambio de opiniones de la clase. El propio éxito de la UNED, con más de 100.000 alumnos matriculados, es ejemplar de esta situación.  Recuerda Casals «que la tradición oral se pierde con la masificación: un examen oral a tantos alumnos es imposible, y es difícil con las faltas de asistencia tener este método de evaluación». Esta tradición, finaliza la Casals, no se ha perdido «en los países anglosajones que siguen la tradición retórica griega y latina. Además la han cultivado, conservado, pero también en Alemania, Francia o Italia».

La democracia mediática americana, con tradición televisada, es el gran modelo de proyección de la palabra y los debates. Es el concepto de «política espectáculo», con debates muy alejados de la pretensión intelectual y que van directamente a los electores potenciales. Como afirmaba el politólogo estadounidense Nelson Polsby: «los debates modernos son la versión política de una carrera de NASCAR en Indianápolis. Todos estamos allí para ver alguien arder en llamas». El resultado final de todo esto son las tertulias en televisión, que como  escribía recientemente Teresa Ródenas en ABC han acabado siendo un «método de obtener un sueldo».

La política de los media es ya una realidad presente en España: viene de la Universidad y esa palabra declamada por nuestros televisores, parafraseando al pensador Marshall McLuhan, es medio y mensaje.

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