Una gran maquinaria de músicos


La Orquesta de la Comunidad de Madrid, que nació como un pequeño grupo de becarios que ensayaban en un garaje, se ha convertido en un referente dentro del género

Comienzan a acomodarse en sus lugares. Gente mayor, jóvenes, familias, niños. El teatro de La Zarzuela está lleno. Todo está listo. «Les recordamos que queda prohibido filmar o tomar fotografías durante el espectáculo», recuerda una voz y las luces se desvanecen. El silencio se apodera del lugar, las miradas expectantes se vuelven las protagonistas. Por fin sube el telón y desde las entrañas del escenario nace la música. Son ellos, la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid ORCAM.

La historia de la orquesta se construyó paso a paso. Fue por el año 1987 cuando el proyecto comenzó a tomar forma para convertirse en el primer grupo de músicos de la Orquesta de Madrid, lo que sería el pistoletazo de salida para la conformación de la actual orquesta. «Surgieron como un grupo muy pequeñito formado por becarios que apenas cobraban un dinero y que se juntaban en un garaje», cuenta Concepción San Gregorio una de las integrantes actuales del grupo. En aquel lugar comenzó a forjarse la idea de construir un espacio en el que la música fuese el denominador común. La dedicación y el esfuerzo de estos músicos dio sus frutos. Once años más tarde la ORCAM, con sede en el barrio de Hortaleza, se convirtió en la Orquesta Titular del Teatro de la Zarzuela de Madrid. Así aumentó rápidamente su número de integrantes y se posicionó como máximo exponente del género.

Orquesta Comunidad de Madrid/Foto: ORCAM

Orquesta de la Comunidad de Madrid/Foto: ORCAM

Concepción es percusionista y llegó a la orquesta en 1992 cuando el grupo aún era pequeño. En aquellos días las presentaciones empezaron a crecer y se sumó gente. Así, tuvo su oportunidad, esa que perseguía desde el momento en el que empezó a estudiar música: «Siempre tuve la convicción de formar parte de la orquesta. Tanto que cuando llegué ahí supe que no me iba a ir más», cuenta.

Conchi está en la última fila, allí atrás en el sitio de la percusión donde encuentra su lugar, donde lleva adelante su tarea que no siempre resulta sencillo, pero que al final la llena de satisfacción. «El desgaste que requiere tocar en una orquesta es tremendo, hay estudios que lo comparan con deportistas de élite», dice. Pero lejos está de ser una queja y rápidamente se explica: «Hay momentos en los que es un goce tan grande, en los que dices: ”qué suerte que estoy dedicándome a lo que me gusta”. Y otros en los que tienes tanta responsabilidad que se pasa mal. Pero cuando acaba dices: “qué maravilla, es un poco de todo”», analiza una de las primeras integrantes femeninas de la orquesta.

Otra de ellas es Cinta Varea, que llegó a formar parte del grupo en la misma época que Conchi y hoy son más que simples compañeras. Entre sonidos, notas y melodías han forjado una gran amistad. Cinta es contundente:«Llegar a la orquesta es llegar a lo más alto». El estudio y la preparación son la llave para acceder a este mundo motivado por las miles de sensaciones que despierta la música. «Se necesitan mínimo quince años y muchas horas diarias para alcanzar el nivel profesional», sentencia. Porque al igual que su amiga, esta flautista pondera y enaltece el trabajo que conlleva ser parte de este proyecto. Pero ellas dos son distintas, Concha disfruta de los aplausos a los que define como un reconocimiento, «sabes que los has conmovido» dice. Para Cinta es distinto, aquel simbólico momento la incomoda: «Cuando te aplauden y tienes que pararte a saludar no me gusta», cuenta ante la carcajada de su amiga que parece no entender la situación.

El público cumple un papel fundamental, ellos son los destinatarios, son distintos y han ido cambiado. «Cuando empezamos hacíamos muchas visitas a los pueblos de la Comunidad de Madrid. Tocábamos en iglesias o en centros culturales. Siempre eran sitios muy pequeños y nos encontrábamos con la orquesta puesta en el altar y al lado una señora que venía de la compra que se enteraba que íbamos y de paso se metía. Para esa gente era impactante vernos. Se quedaban alucinados», cuenta Conchi. Pero no todos son iguales, por ejemplo en el Auditorio Nacional el público es otro porque no los encuentran de casualidad, van hacia ellos. La percusionista de la ORCAM reflexiona, «Antes el público era muy elitista, ahora no».

Sede Orquesta y Coro Comunidad de Madrid en Hortaleza/Foto: ORCAM

Sede Orquesta y Coro Comunidad de Madrid en Hortaleza/Foto: ORCAM

Antes del espectáculo, Cinta carga con su instrumento al hombro en un estuche negro. Nadie podría imaginarse que allí dentro lleva un repertorio inagotable de melodías. El trabajo individual es tan importante como el grupal; en una orquesta todas las piezas del engranaje deben funcionar a la perfección y lo saben. «Hay que hacer un trabajo personal muy fuerte, a conciencia, para que cuando se llegue a estar con los demás solo sea ensamblar todo», dice una de las flautistas.

Vivir de lo que se ama

Vivir de lo que se ama suele llamarse privilegio. Y así se defienden, como privilegiadas por poder dedicarse por completo a su gran pasión. Pero claro, no están solas, atrás quedaron esos primeros años en los que el grupo de la orquesta era pequeño. Ahora se ha sumado gente al equipo.

Las oposiciones para ingresar a la orquesta no son sencillas, requieren de una combinación de factores. Pero allí, son todos iguales. Cualquier persona, con estudios en el tema, puede pugnar por un lugar. Cada vez que se abren las pruebas se presenta gente de todas partes del mundo y a pesar de la dificultad el resultado suena lógico: el que mejor toca es el que aprueba y se queda.

Alejandro Kreiman llegó a España desde Argentina hace 25 años. Este ya cargaba con experiencia del otro lado del océano. Venía de ser músico en la Orquesta Sinfónica Nacional Argentina, en la Orquesta Estable del Teatro Colón y de la Filarmónica de Buenos Aires y una vez en el país su primer espacio fue la Orquesta Nacional de Cataluña. Una vez más decidió armar su maletas y así aterrizó en la capital madrileña donde el 31 de marzo de 1992 hizo sus primeras pruebas y empezó su trabajo el 21 de abril de ese mismo año, hace casi 23 años.

Alejandro tiene una visión particular acerca de los músicos que llegan a integrar un orquesta sinfónica: «Una orquesta no necesita virtuosos; si los tiene, y si ésos saben amoldarse a un trabajo de equipo, bienvenido sea; pero si no, se preferirá un instrumentista menos sobresaliente pero más flexible».

Este violinista, que también pasó por México, no habla de su situación con respecto a la música como un privilegio, pero sí se considera un afortunado por poder trabajar de la profesión que eligió. «Siento que estoy en el lugar que me corresponde, que estoy en un lugar donde hago falta, donde soy necesario (de la misma forma que lo son mis compañeros, claro). No es lo mismo que sentirse un engranaje más. Siento que los años de esfuerzo merecieron la pena», dice.

Las palabras esfuerzo, práctica y formación se vuelven comunes en los integrantes de la orquesta sinfónica de la Comunidad de Madrid. «Puedo decir que, en relación al esfuerzo que realicé para conseguir el nivel suficiente para profesionalizarme, no puedo quejarme: siempre tuve un techo, comida, abrigo en invierno, un poco de vacaciones (ningún lujo), doy de comer, vestir y estudiar a mis hijas, lo normal», cuenta el violinista. Además tira por la borda una de esa leyendas urbanas que rodean a los músicos: «Nosotros no vivimos del aire; hay un mito con respecto a la bohemia de los músicos, que andamos de noche de bar en bar buscando la inspiración pero no es cierto», sentencia.

Gran parte de los músicos que conformar la ORCAM son extranjeros, como Osmay Torres que llegó a España en el año 1994 porque en su país, Cuba, la situación económica era bastante difícil, eran años muy duros. Las pruebas para Osmay y su violín fueron duras y no consiguió su plaza en el primer intento, pero «al final las horas de estudio y esfuerzo dieron su fruto y pude sacar la plaza en noviembre de 2005», cuenta.

Son un grupo, un equipo, todos vestidos de negro para la ocasión. Son protagonistas pero intentan quitarse ese traje. «La sensación de tocar en una orquesta sinfónica es única, y la percepción no tiene nada que ver si la escuchas desde fuera. Estar dentro es como si estuvieras en una gran maquinaria. Mientras tocas estás escuchando todos los instrumentos a tu alrededor, cada uno con su sonido característico y con la melodía que le corresponde tocar. Todo esto se une y da el resultado final, que es lo que llega al público», explica con sencillez Osmay. Y es esa la sensación que se percibe en la sala del Teatro de la Zarzuela donde ellos están allí abajo, en una especie de foso donde el único que se puede ver a simple viste es al director.

Ese es su mundo. Allí donde todos ordenados como fichas de ajedrez saben exactamente lo que deben hacer y cuándo. En el escenario, los actores cantan, bailan e interpretan los personajes de la obra «Lady Be Good/Luna de Miel en el Cairo». El espectáculo llega a su fin, los aplausos sostenidos inundan la sala. La Orquesta de la Comunidad de la Comunidad de Madrid ya se prepara para su próxima función.

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