Madrilánea

Librerías a dos zancadas de distancia en Lavapiés

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Discos de vinilo, novelas gráficas y obras sobre anarquismo confluyen en el barrio madrileño

A pocos metros de distancia, conviven en el barrio madrileño de Lavapiés libreros que hacen uso de diferentes fórmulas para que sus negocios sobrevivan.

El dueño de Bajo el Volcán, Fernado, optó desde el primer día (la librería nació en 2010) por vender a partes iguales discos de vinilo y libros. Asegura que es lo que mejor funciona en la tienda: «Quizá porque en Lavapiés hay veintitantas librerías y, por tanto, mucha dispersión de público». El local debe su nombre a una de las novelas preferidas de Fernando que narra las «24 horas de alcoholismo puro» de un cónsul británico en México.

El aroma a café, que roza la nariz del cliente nada más entrar a la librería La fugitiva, da cuenta de otra forma de entender el negocio. Se conocen como librerías-café, locales donde puedes sentarte a tomar una taza de té o café mientras ojeas un libro desde la silla de tu mesa. Para Jacobo, uno de los empleados, es una forma de ampliar el abanico de clientes.«Lo que se trata es de abrir el melón y que venga todo tipo de gente», afirma. Algo necesario porque según Jacobo en España «se lee mucho pero poca gente lo hace».

Interior de la tienda. Foto: J.S.M

Interior de la librería Venir a Cuento. Foto: J.S.M

Leer en España

Concretamente, según el último barómetro del CIS, un tercio de los españoles no lee libros «nunca o casi nunca». Un dato nada halagüeño para un sector en el que se cierran dos librerías cada día, según el último informe de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Editores (CEGAL).

En Lavapiés ya han cerrado diferentes librerías. La Marabunta es una de ellas. Fundada entre 2010 y 2011, desde el pasado 15 de febrero ya no abrirá sus puertas a futuros clientes.

La presentación de libros, la organización de talleres u otro tipo de actividades se han convertido en una forma de captar nuevos clientes para los libreros. La librería Burma, regentada por «Chus» y Alfredo, ha optado por hacer uso de estas actividades para atraer público y así vencer el«respeto» que les da atravesar su puerta.
Otras se mantienen aún en el negocio por su especialización, como es el caso de La Malatesta, librería política y de temas sociales. Lleva siete años en activo. Marcos, uno de sus dueños, cuenta que su nombre se explica por un juego de palabras. Por un lado, hace honor a Errico Malatesta, un anarquista italiano y por el otro a la palabra «malatesta», que significa «tener la cabeza muy mal amueblada para montar una librería», afirma Marcos. Según su dueño, La Malatesta se instaló en Lavapiés por ser «uno de los pocos barrios no gentrificados, que todavía mantiene una vida de barrio real en el centro de Madrid».

En Burma, al igual que Venir a Cuento, la novela gráfica es la gran protagonista de una época en la que «fundar cualquier negocio es una locura», como afirma el dueño de Venir a Cuento, Enrique.

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